
Cuando el avispero se alborota
De niño, en un acto de imprudencia compartida con mis amigos, lancé una piedra contra un panal. La escena fue inmediata: un zumbido creciente, una nube oscura que se desprendió del árbol y, en cuestión de segundos, decenas de aguijones clavándose en mi piel. El panal reaccionó conforme a su naturaleza.
Con la muerte del líder del CJNG, la metáfora cobra presencia. Bloqueos carreteros, vehículos incendiados, los enfrentamientos aislados, los mensajes cruzados en redes sociales que amplificaban rumores y temores. El avispero se alborotó. Durante la noche, las sirenas, los retenes improvisados y la circulación de información fragmentaria generaron una sensación de incertidumbre que se extendió más allá de los puntos específicos de violencia.
La mañana del día 23, en varias ciudades donde se sabe que hay presencia del CJNG, el ambiente se parecía al de un estado de sitio. Calles vacías en zonas habitualmente transitadas, persianas metálicas cerradas, instituciones educativas suspendiendo clases por “precaución”, transporte público operando de forma limitada o simplemente detenido. En los rostros de quienes sí salieron a trabajar se leía el miedo contenido. El silencio urbano hablaba de la fragilidad cotidiana de comunidades enteras ante un estado de ingobernabilidad.
Los especialistas en seguridad coinciden en que cuando cae un liderazgo criminal de alto perfil se abren varios escenarios. El primero es la violencia demostrativa a través de actos rápidos y visibles cuyo objetivo no es ganar territorio, sino enviar un mensaje. Es una señal dirigida tanto al Estado como a los propios miembros del grupo: “seguimos aquí”. Bajo esa lógica, el fuego en las calles es lenguaje.
El segundo escenario es el repliegue táctico que, lejos de ser debilidad, es de cálculo. Las organizaciones criminales no son turbas desordenadas; operan con análisis de riesgo. Si perciben coordinación federal, presión internacional y vigilancia financiera, bajan su perfil mientras redefinen mandos y rutas. El silencio también comunica.

Existe además el riesgo de fragmentación. La historia reciente muestra que la caída de un jefe puede generar disputas internas por plazas y mercados. Y la violencia de la fragmentación suele ser más impredecible que la de una estructura centralizada. Paradójicamente, un mando fuerte puede producir un “orden” estable; su ruptura desata una competencia sangrienta.
El Estado también calcula. Puede aprovechar la coyuntura para profundizar operativos y desarticular células regionales, o puede optar por una contención estratégica que evite una espiral prolongada. El gobierno no actúa en el vacío: enfrenta tensiones económicas, polarización política y presión externa, particularmente de Estados Unidos, cuyo interés en el combate al narcotráfico y al tráfico de fentanilo es evidente. La respuesta debe hablar a dos audiencias, a la nacional y la internacional; tarea nada fácil ni envidiable.
Si el liderazgo cae, pero las finanzas, las redes logísticas y los brazos operativos permanecen intactos, el sistema criminal se reconfigura. Y un sistema que se adapta puede volverse más difícil de contener. Es justo aquí donde se puede canalizar la acción del Estado si tiene voluntad de acabar con esta violencia organizada.
La lección que aprendí bajo aquel árbol no fue solo que las abejas pican. Fue que todo organismo organizado responde de manera colectiva cuando se siente amenazado. La pregunta que hoy debe hacerse el Estado es si ha entendido la naturaleza del panal alborotado que está enfrentando.
Porque en materia de seguridad no basta lanzar la piedra. Se requiere anticipar la dinámica que vendrá después. Y esa, más que fuerza, exige inteligencia, coordinación y una estrategia que vaya más allá del zumbido inmediato. ¿Usted qué piensa?


