
En Zacualpan de Amilpas el agua tiene voz. Nace en las faldas del Volcán Popocatépetl, baja entre bosques fríos de pino y oyamel, cruza barrancas y tierras de cultivo, y recorre más de 60 kilómetros antes de unirse a otros ríos del oriente de Morelos. En su camino atraviesa la Subcuenca Barranca del Amatzinac, un territorio que no solo es geografía: es historia viva, organización comunitaria y cultura compartida. Aquí, el agua no solo riega la tierra; sostiene tradiciones, economías locales y formas de entender el mundo.
Para comprender por qué la gestión del agua es tan importante, hay que imaginar la cuenca como una gran casa común. Lo que ocurre en la parte alta —donde el clima es más frío y los suelos volcánicos capturan la lluvia— afecta directamente a las comunidades de la zona media y baja. Si en las montañas se deforesta o se desvía el agua para cultivos intensivos, el caudal que llega a Zacualpan disminuye. Así de sencillo y así de complejo. La cuenca funciona como un sistema interconectado donde cada decisión tiene consecuencias aguas abajo.
En la memoria colectiva de la región permanece un momento clave: durante el gobierno de Lauro Ortega Martínez se impulsaron proyectos agrícolas en comunidades de la parte alta que demandaban grandes cantidades de agua. Con el tiempo, comenzaron a aparecer mangueras y tuberías que captaban manantiales y escurrimientos antes de que el agua llegara a la zona media. Para muchas personas en Zacualpan, ese fue el inicio visible de la disminución del caudal del río Amatzinac. Más allá de las cifras técnicas, lo que cambió fue la sensación de equilibrio y justicia en el reparto del agua.
Hoy, la situación sigue siendo desafiante. No todas las viviendas cuentan con red formal de agua potable, y muchas familias dependen de pozos comunitarios o domiciliarios que implican altos costos de energía y mantenimiento. Además, la contaminación por descargas residuales y el funcionamiento irregular de algunas plantas de tratamiento afectan la calidad del agua. Cuando el agua escasea o llega en malas condiciones, no solo se complica la vida diaria; también se debilitan actividades productivas y culturales que dependen directamente de ella.
Uno de los ejemplos más claros es el trueque, una tradición profundamente arraigada en Zacualpan. En el tianguis, productos como maíz, frijol, café, lenteja o guayaba se intercambian sin dinero de por medio, fortaleciendo la solidaridad y la identidad comunitaria. Pero si falta agua, disminuye la producción agrícola, se reduce la diversidad de productos y el trueque pierde fuerza. Así, la gestión del agua impacta directamente en la continuidad de una práctica ancestral que forma parte del patrimonio biocultural morelense.
Las mujeres juegan un papel fundamental en esta dinámica. Son quienes organizan el intercambio, administran el agua en los hogares y sostienen buena parte de la economía familiar. Sin embargo, muchas veces no participan plenamente en las decisiones sobre la gestión hídrica. Incorporar su voz y su experiencia no es solo un asunto de justicia, sino una condición para lograr soluciones más efectivas y sostenibles.

Hablar de patrimonio biocultural significa reconocer que la biodiversidad y la cultura están entrelazadas. En Zacualpan, el agua conecta el bosque con la milpa, la barranca con el tianguis, la montaña con la mesa familiar. Gestionarla de manera integrada —pensando en toda la cuenca y no solo en un municipio o sector— es clave para garantizar que las futuras generaciones puedan seguir sembrando, intercambiando y celebrando en torno al río.
En el fondo, la pregunta es sencilla: ¿queremos ver el agua solo como un recurso que se extrae y se reparte, o como el hilo conductor que mantiene viva la identidad de Morelos? En la Subcuenca del Amatzinac, cada decisión sobre el agua es también una decisión sobre el futuro del patrimonio biocultural morelense.
* @victor.bios. Consultor ambiental. Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos


