Capítulo 1 (1616) 

En medio de los calores de mayo que derriten los pensamientos hasta hacerlos pegajosos, Andrea Jerusalem se derramó sobre la superficie cristalina y templada del ojo de agua. En medio de huamúchiles, guayabos y un añoso mango, hundió en el líquido sanador sus carnes desnudas y fuertes, como fruta madura, del color del ébano. Y, así, de cara al cielo moteado de nubes, flotando, tuvo un incontrolable antojo de mango. Toda ella era un manojo infinito de deseos si bien en amores nada marchaba ni en curso le podía tener. En todo caso inútil era empeñar el corazón cuando vivía aterrada de que con violencias la hubiese tomado don Pedro de Izaguirre, su amo. Este era un gachupín que cuando hablaba con su esposa, doña Leonor, traída al propósito del puerto de Cádiz, fingía voz aniñada y dulce. Sin embargo, con la negrada y la indiada demonio blanco era, atroz e iracundo. Fama tenía, entre las esclavas violadas, de tardarse más en desabotonarse pantalón y calzones largos que en derramarse sobre sus víctimas. ¡El Diablo Blanco! El mismo que con sus manos y la sangre extenuada de los negros había obtenido licencia real y transformado un trapiche sin importancia en la fertilísima hacienda de Cocoyoc, por el camino que pasaba por Oaxtepec. Y con los lomos de africanos variopintos y de procedencias varias, reventados a látigo, los paladares de Europa endulzaban con el elixir de la caña. 

Andrea Jerusalem rabió por un momento reprochándose el no lograr desprenderse, como si de sangre seca se tratase, de aquellos pensamientos que efectivamente se pegaban al cuerpo y a las entendederas y no se iban solamente con el agua del manantial. Las manos cangrejo, la baba caracol recorriendo su piel forzadamente, los mordiscos porcinos, la penetración ecuestre-ratón final y la renuncia a cualquier posibilidad ya no de gozo sino de control e identidad, la desapegan de las aguas en que su hermoso cuerpo flotaba. Cicatriz sobre cicatriz. Como si el calimbo de fuego no fuese ya marca suficiente sobre la piel y sobre el alma.  

Por fin pudo, en medio de ese paraíso de guayabas, guamúchilies y mangos, fusionarse con el agua a partir del recuerdo bello de su madre, Sabo, y su hermana, Endele, en medio de las aguas del río Congo en su tierra natal. Una risa asomó traviesa por sus ojos y boca. Porque Andrea sabía también reír con los ojos y esto multiplicaba la luminosidad que tan locos ponía a españoles, criollos y mestizos… Siara, que era el nombre no cristiano de Andrea Jerusalem, por un momento, flotando como una ramita perdida en el ojo de agua, apacible y prístino, se fugó en recuerdos felices correteando selva adentro con su hermana mientras su madre las miraba risueña. Ellas, que se quedaron a más de doce mil kilómetros de distancia cuando Siara fue arrancada de su familia por los esclavistas junto con cientos de hombres y muchachas de la región. Y así, cantando en su mente con la pequeña Endele, la melodía no se conformó con habitar la cabeza y rodó por la lengua y embelleció el claro del manantial. Andrea abrió los párpados y nuevamente el deseo por el redondo mango la hizo salivar; y sonrió con boca y ojos. 

Salió entre las piedras enormes y redondas, se puso blusa, un calzón de holanes, su falda la amarró como turbante en la cabeza y subió con la sensualidad de una pantera por los troncos del inmenso árbol. Algunos frutos casi rozaban la superficie del manantial, sin embargo, la pertinaz muchacha había puesto la vista en un mango en particular, en alta rama. Hasta ahí trepó, columpiándose con agilidad infantil y atlética, alcanzando al fin lo que el ojo felino había fijado como presa. Comió con unas ganas que, quien la viere, hubiese jurado que pecado carnal con la fruta cometía. Tal gozo y placer acabó pronto; uno y otro mango se sucedieron hasta hartarse. Era su día libre y nadie debía echarla en falta en la cocina de la hacienda cañera. Doña Leonor y don Pedro, los amos, a Puebla de los Ángeles habían acudido a una fiesta que el obispo de aquella ciudad ofrecía a hacendados de la región siempre y cuando tuviesen el santo sacramento de un bañito de agua salada de la mar. A los criollos se les invitaba sí, y sólo sí, su fortuna era de tal tamaño que les dispensaba no tener el sacramento de haber nacido en la madre España. 

Andrea, cuya cabeza se llenaba de mil deseos como el de llegar a la luna o hacer una cazuela que le dejase respirar bajo el mar, se propuso recolectar mangos para inventar recetas con sus amigas de la cocina de la hacienda: Pepa, Guadalupe y Felisa, trío que cuando el trabajo relajaba hacían tertulia y comían delicias que se reservaban para los amos aunque eran sus manos las que preparaban. Ya iba imaginando una combinación entre la fruta y el melao que podía tomar del trapiche antes de que se endureciese del todo para formar el piloncillo o panela. Uno tras otro, fue tirando los mangos al agua para luego recogerlos. Tan hábil era la muchacha que apenas sus enaguas lograrían soportar el peso de tanta fruta. Y en el último preciso momento, un traspié hizo que un gran mango botijón saltara de rama en rama y fuese a dar al lado opuesto del árbol. Un grito la previno de daño provocado y asomó apenas por la cara norte del tronco principal y alcanzó a ver a un hombre regordete, negro como ella aunque vestido estrafalariamente, que se dolía de la cabeza. Una muchacha mulata lo socorría muerta de risa. Andrea Jerusalén no puedo evitar las carcajadas que en ella eran amplias y francas, mostrando su perfecta mazorca blanca. 

– Pérfida muchacha, habéisme roto la sesera – soltó dolorido el regordete e infrecuente señor, en nada parecido a un esclavo de hacienda.  

– Y en teniendo poca materia dentro… – replicó burlona la mulata disfrazada de blanca. 

– ¡Baja de ahí, niña, que reprenderos quiero! –dijo severo el negro. 

Andrea Jerusalem, en respuesta, tomó el fruto más próximo y lo arrojó con tal tino que de no haberlo esquivado el hombre, sus partes pudendas habrían de doblarlo. La otra joven se mofaba mientras recogía la fruta recién tirada y le pegaba un buen mordisco. Entre ajos y cebollas que de la boca del hombre salían y comprenderle era cosa ardua, la acompañante tendió la mano a Andrea como simbólico saludo. 

– Somos cómicos de la legua, amiga, aqueste que veis famoso autor de comedias de muñecos y adivinador es… 

– Me nombran… ¡¡¡Domingo Angola!!! –y añadió caravana teatral sacudiendo el tricornio que recién recogía del piso. 

– Y yo soy Lucía…  

– Siara – alcanzó a decir Andrea sin darse cuenta que su nombre africano había usado y no el cristiano. 

– ¡Boquita y voz tenéis, Siara! –replicó el comediante que de inmediato se fijó en lo bella que era la princesa de ébano que ante él se presentaba. Miró las piernas desnudas de la muchacha en lo alto. Notó también, apenas asomando entre el escote, que un calimbo la marcaba en propiedad y se condolió de su esclava condición. Ella, mientras desenredaba su falda de la cabeza y cubría sus piernas, hubiese querido corregir su nombre, decir que se llamaba Andrea Jerusalem, que así la habían bautizado al poco de bajar del barco esclavista y ser comprada por el hacendado… Sin embargo, algo dentro de ella se llenó de un sutil y aromático calorcillo. La voz de su madre, quizá, que las prístinas aguas del manantial le trajeron. El caso es que le gustó cómo sonaba su nombre real, el de nacencia, en los labios bembones de aquel regordete simpático.  

– Ansí me llamo… Si-a-ra – y le repitió nuevamente mientras bajaba del árbol para convencerse de que aquellos fonemas y sílabas eran realmente como le habían puesto al venir al mundo, incluso antes, cuando su madre Saba la pensara, le asignara una canción de vida y luego la concibiera. De nueva cuenta sonrió con boca y ojos, iluminando aún más el paisaje. 

– Vamos para los rumbos de Temimilcingo, niña… Nos hemos perdido un tanto –dijo Domingo Angola mientras le tomaba la mano y una energía especial daba paz a la joven esclava. 

– Porque vuestros atajos siempre son los más largos –socarrona espetó Lucía con leve recelo de las manos demoradas en separarse.  

– No le conozco –contestó Andrea que no tenía ninguna prisa por soltar la mano del comediante hasta que se percató que Lucía le extendía otra vez la suya. 

– ¿Tlaltizapán, quizá? –preguntó la mulata mientras que con una sonrisa le estrechaba la mano. 

– Agora sí habla en castilla su merced – agradeció la esclava al escuchar referencia conocida. 

Andrea Jerusalem, señalando con el brazo, añadió: 

– Seguid el camino real y en llegando a Yautepeque podréis preguntar a los vecinos. 

– Adiós, Siara… Me gusta tu nombre –dijo en despedida Lucía mientras hacía caminar a una mula vieja que bultos y un arcón llevaba en los lomos. 

– Te veré, Siara, y muy pronto si mis artes de adivinador no equivocan la suerte. 

“Siara”. ¡Qué bonito le retumbaba en la cabeza su propio nombre no pronunciado por tanto tiempo. Y qué personas tan distintas, siendo de su misma “raza”, eran éstas que no tenían en el seño la marca de la esclavitud. “Raza” que los españoles no cejaban de repetir para que no se pensaran personas ni dueños de un alma propia. Pero éstos que conocía recién, por el contrario, espíritus mariposa o águila le parecieron.  Le impresionó el garbo y soltura de Lucía con el que no había topado salvo el de las niñas criollas, hijas de otros hacendados amigos de doña Leonor y del amo don Pedro. Jovencitas berrinchudas no obstante, que no tenían esta forma libertaria de pararse frente al mundo que parecía tener la cómica. Comedias y muñecos eran cosas de las que había oído mentar a la vieja Felisa que alguna vez trajeron a la hacienda pero que el confesor de doña Leonor, Fray Alonso de Benavides, había reprochado las permitieren.  

Andrea, que ingenio le sobraba, recogió del borde de la represa natural los mangos que se habían acumulado ahí, flotando, sin poder seguir el curso del agua. Y como ave que torpemente va a levantar el vuelo, en las enaguas recogidas llevaba cantidad de mango que harían las delicias que ya inventaba en su cabeza. Camino a la hacienda, corazón contento y silbante, su mente reproducía la voz de ese hombre tan ajeno a todo lo que conocía y que se desenvolvía tan dueño de sí mismo y que podía pronunciar “Siara” de tal manera que la hacía sentir una cosa desconocida: la calma. 

* Fragmento de la novela con la que el autor se hizo acreedor al Premio Internacional de Narrativa “Ignacio Manuel Altamirano” 2025, misma que ha publicado la Universidad Autónoma del Estado de México y que fue presentada este domingo en la FIL de Minería/UNAM. 

JAIME CHABAUD MAGNUS