Mi amiga está enamorada de un sapo 

Mi amiga está enamorada de un sapo. Literal. El tipo miente, manipula, desaparece y reaparece como si fuera un personaje mal escrito de telenovela noventera. Y aun así, ahí está ella: viéndolo con ojos brillosos, justificando lo injustificable, creyendo que detrás de esa piel fría hay un príncipe incomprendido. 

Le dije que huyera. Que dejara al sapo en su pantano comiendo moscas, como le corresponde. Que no se va a transformar, ni aunque le sigamos agregando canciones a la playlist de despecho. Pero luego respiré (y me puse a buscar explicaciones). Porque resulta que el amor, en sus primeras fases, sí nos vuelve un poco… tontis. Y pues no, no quiero justificar las decisiones de mi amiga. Porque esto es neurobiología pura. 

Cuando nos enamoramos, nuestro cerebro se convierte en una feria de neurotransmisores. Belinda lo sabe bien: la dopamina se dispara como fuegos artificiales en pleno año nuevo, haciéndonos sentir euforia, deseo y urgencia por la persona que tenemos enfrente (aunque esa alguien sea más pantano que promesa). Esta sustancia está asociada al sistema de recompensa del cerebro, así que cada mensaje, mirada o migajita de atención, activa el mismo circuito que responde a la comida, el sexo o incluso algunas drogas. El amor nos da un rush

Pero eso no es todo. Entra en escena la oxitocina, conocida como “la hormona del apego”. Esa que te hace sentir conexión profunda, ternura, ganas de cuidar (y eso le encanta a los sapos). También ayuda a apagar un poco la alarma del miedo, porque disminuye la actividad de la amígdala, que es la parte del cerebro encargada de decirnos “esto puede salir mal, pensémoslo bien”. ¿El resultado? Tomamos decisiones con más corazón que cabeza, y a veces confundimos cercanía con seguridad. 

No es raro, entonces, que alguien pueda enamorarse de un sapo emocional. Y lo peor, justificarlo. Porque el cóctel neuroquímico del amor, además de nublar el juicio, también puede generar apegos que nos cuesta soltar, incluso cuando ya estamos viendo la charca entera. En los extremos, estos mecanismos pueden derivar en relaciones peligrosas: celos, control, dependencia disfrazada de “cuidado” y violencia. 

Pero ojo, porque esto no significa que el amor esté condenado a ser una trampa biológica. Significa que necesitamos entender cómo opera el cuerpo para poder tener relaciones más conscientes. La química hace lo suyo, pero también importa la narrativa que construimos sobre lo que merecemos, lo que buscamos y lo que elegimos tolerar. 

Mi amiga, como muchas personas, está atrapada en esa fase en la que el cerebro canta rancheras mientras el corazón quiere escuchar funk japonés. Una disonancia emocional patrocinada por neurotransmisores descontrolados. Pero el hechizo del sapo (o sapa), se puede romper. El cerebro cambia y cuando los niveles de dopamina bajan y la oxitocina se estabiliza, la charca se ve con más claridad. Y el sapo… bueno, sigue siendo un sapo. 

Este 14 de febrero, celebremos el autocuidado, la risa con amigas, el desbloqueo estratégico y la posibilidad de mirar con ternura lo que hemos sido… incluso cuando también besamos un sapo creyendo que era otra cosa. 

Porque el amor puede ser mágico, pero nunca debe ser un hechizo que nos impida ver. 

Karime Díaz