José Manuel Meneses Ramírez 

La serie Animal kingdom (Jonathan Lisco, 2016) describe lo más abyecto de la sociedad norteamericana. Es una versión extendida de la exitosa película de David Michod protagonizada por Ben Mendelsohn (2010). Se trata de una mirada crítica de los excesos asociados con las drogas, la delincuencia y la muerte, en un escenario que no palidece cuando muestra la miseria humana ante otras versiones literarias o cinematográficas. Cada uno de los capítulos nos recuerda que somos habitantes y protagonistas de un reino animal en donde la primera clasificación es entre presas y depredadores. 

Se trata de setenta y cinco episodios ordenados en seis temporadas que se unen a través de una estructura ágil y directa, con prolepsis y analepsis que giran en torno a la figura de Smurf o Janine Cody, la celosa matriarca de un clan de delincuentes. Desde luego, se trata de una versión perversa del matriarcado descrito por Johann Jakob Bachofen, es decir, un modelo de organización sustentado en la fuerza femenina. La serie precisamente muestra las dificultades que una joven rubia encuentra para abrirse camino entre el mundo asquerosamente machista de los delincuentes.  

Bajo esas condiciones, se desarrolla una deliciosa confrontación de normas, principios y prejuicios en una maraña que se resuelve a cada paso, siempre a través del tamiz de la sacrosanta familia norteamericana. Un pilar inamovible, incluso para los delincuentes. En este caso Smurf actúa como la líder que le da sentido a los actos de unos niños convertidos por su propia madre en criminales. El significado poliédrico del sobrenombre nos deja ver las dimensiones de este personaje.  

A lo largo de la serie, la densidad de la Auri sacra fames es descrita magistralmente en toda su furia y sin sentido. Puede verse como una sórdida concesión a la Eneida de Virgilio o como una representación gráfica del egoísmo hobbesiano.  La estética propuesta va en contra del mainstream norteamericano, es decir, la superficialidad narrativa y la pobreza en la caracterización de los personajes en las producciones de bajo presupuesto. Nada de superhéroes, chistes superfluos o invencibles justicieros planos y repetitivos. Por el contrario, en la serie los personajes son consistentes y logran transformarse a lo largo de la diégesis. Los monstruos se revelan cuando las ambiciones se profundizan y crecen bajo el fuego de los intereses que persiguen. 

El hecho detonante es la muerte por sobredosis de la hija de la matriarca (Angela Cody).  Su hijo, Joshua Cody, tendrá que navegar a través de un mar infestado por tiburones. Poco a poco, revelará el rostro perverso e insensible, retorcido y sanguinario del hijo que fue capaz de inyectar a su madre la droga que provocó su sobredosis. Por otra parte, observamos el viaje interno de Pope (Andrew Cody) en sus abismos. Mientras tanto, Craig y Deran avanzan en su resistencia, vemos su infructuosa lucha contra las fuerzas que los atan al destino de su familia. Son una especie de plataforma que enfatiza la banalidad del mal, tantas veces pregonada por las academias. Uno de los elementos centrales de la serie es la fuerza del recuerdo de los personajes, lo que es posible a través del recurso de la analepsis. En el momento preciso (después de la muerte de Smurf) el pasado dará el sentido exacto a cada uno de los traumas que han matizado los altibajos de nuestros personajes. Este jaloneo entre el presente y el pasado imprime un dinamismo a la narración y el efecto de sutura que, como espectadores, buscamos saciar en el siguiente episodio.  

En cuanto al espacio vemos que la frontera entre Tijuana y san Diego es todo un universo. Con sus propias reglas más allá de los discursos oficiales. Esta fauna crece, coloniza y parasita ambos lados. Así, policías, adictos y delincuentes se comportan de manera semejante. Ocurre de todo en esas calles y la acción policiaca es lenta, corrupta e ineficiente. De tal modo, Animal kingdom nos presenta un espacio más poroso y permeable que lo que descrito por las administraciones estatales. Se trata, en su conjunto, de un cronotopo enloquecido que viene bien con el guiño aristotélico-hobbesiano en el título de la serie. Si el hombre es un animal político, entonces el sitio donde vivimos es, en efecto, un reino lleno de animales y, como tales, unos y otros están dispuestos a celebrar pactos, empujados por el miedo a ser devorados por sus semejantes. En fin, se trata de una serie altamente recomendable para comprender la complejidad de un país que, en la realidad, está muy lejos del paraíso descrito por las falacias del sueño americano. 

* Filósofo y politólogo 

La Jornada Morelos