Cultivar el asombro 

Erik Esparza* 

La política cultural, cuando es viva, no se impone: se reconoce. Debe ser un espejo de los sueños, los saberes y las andanzas de quienes, día con día, construyen sus realidades. No como un discurso lejano o meramente administrativo, sino como una práctica que se siembra, se riega y se cosecha en comunidad. 

Entre los campos de cacahuate, maíz y sorgo; entre Júpiter, la nebulosa de Orión y la luna, estamos todas y todos: la suma de nuestras identidades y de los esfuerzos colectivos por comprender el mundo que habitamos. En el campo, mirar el cielo nunca ha sido un acto abstracto. “Cuando la luna viene recia, será un gran año para la siembra”, dicen quienes han leído el tiempo y el territorio mucho antes de que existieran los telescopios, y que hoy observan el firmamento con la misma atención con la que cuidan la tierra. 

Con esas mismas manos que cultivan, mujeres y hombres ajustan lentes y enfocan cuerpos celestes. Participan en un proyecto que recuerda algo esencial: el asombro también se cuida, y se procura su subsistencia. En el poblado de Tlacotepec, municipio de Temoac, el colectivo BINA impulsa una experiencia comunitaria donde la ciencia, la cultura y el desarrollo local dialogan de forma horizontal. Se trata de una iniciativa que articula voluntades, afectos y conocimiento para generar experiencias de goce y descubrimiento, al recibir a personas interesadas en explorar contextos naturales, realidades socioculturales y, por supuesto, observar el cielo nocturno en la región oriente del estado de Morelos. Esta iniciativa ha sido apoyada y acompañada por la investigadora Edna Galindo, quien ha sabido entrelazar el rigor científico con el trabajo comunitario mediante el aporte de conocimientos técnicos, capacidad de gestión y una firme convicción en la defensa de los cielos oscuros como patrimonio común. 

A partir de estas prácticas surge una pregunta central para las políticas culturales contemporáneas: ¿qué hacemos frente a las iniciativas emergentes que construyen comunidad desde el conocimiento, la ciencia y el territorio? ¿Cuál es la responsabilidad institucional ante propuestas que no separan cultura y ciencia, sino que las conciben como partes de una misma experiencia colectiva? 

Desde la ciencia, un telescopio amplifica la luz y permite observar con mayor detalle planetas, estrellas, constelaciones y nebulosas. Pero en el territorio su función va más allá de lo instrumental. Mirar a través de él transforma la experiencia: ilumina preguntas y coloca a quien observa frente a la vastedad del universo, desde donde se reconoce como parte de algo mayor. En ese instante, la ciencia deja de ser ajena y se convierte en una vivencia compartida. 

Entre surcos y estrellas ocurre algo fundamental: la cultura deja de ser un bien de consumo y se convierte en un proceso que se cultiva. La observación astronómica opera como un puente experiencial entre la vida cotidiana del campo y la comprensión científica del universo. Lo que sabemos, lo que sentimos y lo que somos confluyen en un mismo acto. 

Este tipo de iniciativas plantea retos significativos para la política cultural contemporánea. El desafío no se limita a su acompañamiento institucional, sino que exige repensar los mecanismos mediante los cuales se les apoya, se les reconoce y se les dota de condiciones reales de continuidad. Son procesos que desbordan las categorías tradicionales de la gestión cultural al articular ciencia, saberes comunitarios, territorio y prácticas culturales vivas en dinámicas que no siempre resultan traducibles a indicadores convencionales. Generar sinergias entre estos ámbitos requiere tiempo, escucha, confianza y una comprensión situada de los contextos en los que emergen. Medir su impacto supone un ejercicio complejo: no solo cuantificar, sino interpretar; no tanto contabilizar asistentes o actividades, sino atender a los vínculos que se tejen, a las narrativas que se construyen colectivamente y a las comunidades que, a partir de estas experiencias, comienzan a reconocerse como parte de un horizonte compartido más amplio. 

Pensar la transversalidad no es una consigna técnica, sino una necesidad ética y política. Implica diseñar programas donde la cultura y la ciencia convivan, dialoguen y se fortalezcan mutuamente; donde el telescopio no sea un fin, sino un punto de partida. Una metáfora cultural. 

Porque cuando una comunidad se reúne a mirar el cielo, no solo observa estrellas: construye sentido colectivo, produce conocimiento y recuerda que las políticas culturales pueden y deben ampliarse tanto como el universo que buscan comprender. 

* Equipo operativo de la Secretaría Técnica de la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos 

La Jornada Morelos