
Ética y estética social
Vicente Arredondo Ramírez*
Mencionar los conceptos de ética y estética en los tiempos que vivimos pareciera que es algo fuera de lugar, algo abstracto, de no muy clara comprensión, poco funcional y de baja aplicabilidad en nuestras vidas.
En efecto, el modelo deseable de vida personal y comunitaria que nos ha impuesto la reciente modernidad, en su versión neoliberal, tiene como sustrato el consumo generalizado, masivo e irrestricto de todo tipo de bienes y servicios, necesarios o innecesarios. El modelo le apuesta a la producción industrial de manera indiscriminada (ahora más eficiente con la robótica y la inteligencia artificial), sin tener mayor cuidado y precaución por atenuar los efectos negativos que eso pueda causar en la naturaleza, y el medio ambiente.
En la dimensión sistémica, el tipo de capitalismo vigente es financierista y extractivista, que facilita la acumulación de riqueza en pocas personas y corporaciones. Más que un modelo económico que en efecto “administre la casa en favor de todos sus miembros”, es un mecanismo de especulación que opera como casino, sin medida y sin control. Se trata de hacer más dinero con el dinero, y no de utilizar el dinero para atender las necesidades reales de las personas. Todo se vende, y sólo lo compra el que tiene dinero, y para lo que le alcance.
En la dimensión personal, el modelo induce a que las interacciones humanas sean sólo utilitaristas y campo obligado de transacciones económicas. Nos hace adictos al consumo, y gracias al crédito, tenemos satisfacciones inmediatas, aunque con ello hipotequemos, en diverso grado, nuestra libertad y nuestro futuro. El universo de internet nos desvirtúa como personas, y hace que confundamos la realidad virtual con la realidad real. Nos hace adictos a la imagen y a su velocidad de recepción y modificación, y atrofia gradualmente nuestra capacidad de reflexión y de pensamiento crítico. La verdad es cada vez algo más difícil de conocer, mientras que el miedo es el alimento diario que nos ofrecen los medios virtuales y tradicionales de comunicación.

Frente a esto, qué postura consciente y libre podemos tomar como personas, asumiendo que aún estamos en capacidad de hacerlo. ¿Cuál debe ser nuestro marco conductual? ¿Qué cosas buscar y cuáles rechazar en nuestra vida cotidiana?
Responder a estas preguntas nos conduce a dos dimensiones claves en el ser y el acontecer de las personas: por un lado, la dimensión ética y moral en la vida, y por otro, la dimensión estética de la existencia. Por ética se entiende el terreno en donde se determina qué es lo bueno o malo, lo correcto o lo incorrecto en el actuar humano en general, y por moral, la serie de prescripciones concretas y aceptadas que guían la conducta de las personas en una sociedad particular. Esta dimensión es un componente clave en el desarrollo de la parte racional de nuestra condición humana.
En cuanto a la dimensión estética, la entendemos como la cualidad de la experiencia personal interna frente a nuestras conductas y las de los demás, y frente a hechos o fenómenos que suceden en la realidad, independientemente de qué o quiénes los causan. En la definición clásica, es la manera en que reaccionamos frente realidades inmateriales como la verdad, la bondad y la belleza. Comúnmente se le refiere a las obras de arte, pero su espectro es mucho mayor, ya que abarca también la forma en que vivimos. Es el campo de las emociones agradables o desagradables, de la creación, del asombro, del enojo, de la solidaridad, del sentido de justicia. Es el ámbito de nuestra percepción de la realidad, y la forma en la que la procesamos, más que en la reflexión sobre ella.
A pesar de que la ética y la estética son dos dimensiones distintas, la relación entre ellas es estrecha, y han sido materia de reflexión existencial a lo largo de la historia de la filosofía, y, ya en la modernidad, por pensadores y escritores tan importantes, como Fiódor Dostoievski (1821-1881), Friedrich Nietzsche (1844-1900), Jean Paul Sartre (1905-1980), Albert Camus (1913-1960), y Michel Foucault (1926-1984). Dicha relación es hasta simbiótica en nuestra vida personal, ya que vinculan en algún grado nuestro pensar, sentir y actuar. Ellas se encuentran, cuando nos parece bella una manera de actuar de los demás, o bien, todo lo contrario. Una ética sin estética puede generar conductas fanáticas e intolerantes, y una estética sin ética, puede ocasionar caos interior y desorientación conductual.
Lo que estamos viviendo actualmente como humanidad nos obliga a un ejercicio de introspección y a preguntarnos a nosotros mismos cuál es nuestra postura frente a ello. ¿Qué de lo que está sucediendo a nuestro alrededor, y más allá, nos parece un problema que debamos y podamos resolver? ¿Qué relación guardan nuestras conductas cotidianas en los distintos ámbitos de la realidad en la que cada uno de nosotros se mueve, con lo que consideramos algo valioso a conservar, o algo que creemos que se debe combatir y erradicar?
Tratándose de la comunidad en la que vivimos, ¿qué modelos de conducta colectiva nos parecen dignos de estimular y reforzar para que nuestra vida sea más gratificante, y, por el contrario, ¿cuáles habría que denunciar, neutralizar y desaparecer porque rompen el tejido social? Estas mismas preguntas deberían hacerse a nivel de una nación, y las respuestas tendrían que reflejarse en sus documentos constitucionales.
Reconocer la importancia de buscar siempre la verdad de las cosas, de actuar sin la intención de dañar a los demás, y hacer aquello que nos produce un satisfacción profunda y duradera, es vivir existencialmente en la dimensión ética y estética de la vida, en lo personal y en lo social.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.
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