

Mucho arte, poca cultura
(Y el estatus como elefante en la sala)
Cristo Contel *
Durante la Semana del Arte Contemporáneo, la Ciudad de México se convierte en una coreografía perfectamente ensayada: ferias llenas, inauguraciones saturadas y una narrativa insistente de sofisticación cultural. La ciudad parece vivir un momento excepcional. Pero detrás de la hiperactividad estética hay una verdad menos celebrada: para una parte significativa del público, la asistencia a estas ferias no responde al interés por el arte ni a su comprensión, sino a una lógica de estatus.
No se va a ver, se va a estar. Estar en la feria correcta, en la inauguración correcta, en la foto correcta. El arte funciona como contraseña social, como marcador de pertenencia, más que como experiencia crítica. Y cuando el arte se reduce a signo de distinción, la cultura pierde su capacidad de incomodar, de cuestionar y de transformar.
Este fenómeno no es casual ni superficial. Es el resultado de un modelo cultural que ha privilegiado la circulación social del arte por encima de su dimensión reflexiva. La Semana del Arte opera con gran eficiencia como plataforma de mercado y validación simbólica. Activa economías, concentra capital cultural y refuerza jerarquías. Nada de eso es ilegítimo. El problema surge cuando este modelo se normaliza como el principal —o único— referente de lo cultural.

La sobreproducción de eventos crea la ilusión de dinamismo, pero no construye profundidad. El público asiste, pero no participa; consume, pero no se apropia. El lenguaje se vuelve excluyente, la mediación casi inexistente y el diálogo con la vida cotidiana mínimo. El arte circula entre los mismos cuerpos, los mismos espacios y las mismas conversaciones, generando una sensación de movimiento que rara vez se traduce en comprensión.
El resultado es paradójico: nunca hubo tanto arte visible y nunca fue tan frágil su impacto cultural. Lo contemporáneo se vuelve un fetiche, no una pregunta. Y sin preguntas incómodas, no hay transformación, solo repetición sofisticada.
La Semana del Arte no es el problema. El problema es haber aceptado que una semana concentre el deseo de pertenecer, y que el estatus sustituya al entendimiento. Porque cuando el arte sirve más para distinguir que para dialogar, deja de ser una experiencia cultural y se convierte en un accesorio social.
Y entonces la pregunta inevitable se impone:
¿vamos a las ferias para mirar arte o para mirarnos a nosotros mismos dentro de ellas?
Porque una ciudad puede verse muy cultural durante una semana. Pero si el arte solo funciona como fondo para la selfie, lo que queda no es cultura: es pose.
* Director del MMAC y artista.

Foto: Cortesía del autor

