

Sin saberlo, me convertí en madre buscadora
Alicia Escobedo López, Colectivo La Voz de los desaparecidos en Puebla*
La tarde del jueves 28 de diciembre del 2023, mi hijo volvía a casa del trabajo alrededor de las 7:30. Pero a las 7:40 ya iba de salida para visitar a su supuesto amigo Ulises en Chachapa, Amozoc, donde él le compraría una laptop que mi hijo vendía. Para las 8:30, la novia de mi hijo nos dijo que la ubicación del GPS ya no aparecía: su teléfono estaba apagado. Desde esa noche, sin saberlo, me convertí en una madre buscadora. Soy Alicia Escobedo López y busco a mi hijo Guillermo Raúl López Escobedo. En aquel entonces él tenía 27 años, con una licenciatura en diseño gráfico y mercadotecnia, pasión por la fotografía, el video y las motos. En su momento le prestó una moto a Ulises con la condición de que la comprara, pero al pasar el tiempo sin tener nada claro, Raúl decide recogérsela en octubre, dos meses antes de lo ocurrido. De allí la posible motivación para desaparecer a mi hijo: su resentimiento. Hoy hay dos detenidos gracias a la última ubicación en casa de ese supuesto amigo, y a los mensajes donde ese tipo preguntaba cómo desaparecer a alguien. Pero, ¿de qué me sirve que haya detenidos si no sé dónde está mi hijo? No me queda más que seguir haciendo ruido, visibilizando, para que su conciencia no los deje tranquilos. El camino ha sido largo: marchas para que las autoridades se apliquen, porque una cosa es que te escuchen y otra que actúen. He buscado en barrancas y pozos; para una madre, asomarse a un pozo es aceptar que lo puede encontrar sin vida. En este trayecto nos revictimizan; las autoridades preguntan «en qué pasos andaban», como si la ropa o las amistades justificaran un crimen. Mi Raúl era un profesionista que no tomaba ni iba a antros. Todo lo que tenía era por su trabajo. Ese tipo no sólo le robó, le privó de su libertad. Por eso cargo mis cartulinas y archivos que he rescatado de redes sociales: son mi prueba, mi forma de documentar que mi hijo existió y que lo sigo buscando con evidencia en mano. La llegada al colectivo fue rápida, aunque al inicio yo estaba en shock. Varias personas me hablaban de la señora María Luisa. Porque en una situación así, todos sugieren. Pero a la tercera vez que oí su nombre, me decidí: me senté en la orilla de mi cama e hice la llamada. Mari ya sabía quién era yo porque una vecina había pegado la ficha de Raúl en el Árbol de la Esperanza sin que yo supiera. Cuando la vi por primera vez, ella llamó al comisionado frente a mí para exigir una mesa de trabajo. Con eso, me di cuenta: esta vieja pesa, pensé. Al hablar con ella de su hijo desaparecido, sus ojos se llenaron de lágrimas. Me contó cómo lo encontró ya sin vida. Ahí decidí que, si yo encuentro a Raúl, voy a seguir en el colectivo, porque estar con ellas es una bendición, es sentirme abrazada por el mismo dolor. Sólo otra madre con la recámara vacía entiende este vacío. Cuando mi hijo desapareció, me encerré ocho meses por el qué dirá la gente, pero ya no me callo. He aprendido a través de la historia de Job que no debo cuestionar por qué me pasa esto. Espero en el tiempo perfecto de Dios, mientras sigo trabajando y compartiendo nuestra mala experiencia para ayudar a otros. Esta fue la segunda navidad sin mi niño y su cuarto lo espera intacto. Sólo pido una llamada anónima que nos diga dónde lo dejaron. A donde quiera que estés, Raúl, gracias por ser mi hijo. Nuestro amor es eterno.

Fotografía cortesía de la autora.
* Transcripción de Stacy Rojas (LC/N) / Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

