Gonzalo Lira Galván

Jennifer López pertenece a una estirpe rara de figuras públicas: artistas cuya biografía no se limita a una cronología de éxitos, sino que se convierte en un relato moral sobre el cuerpo, la ambición y la mirada. López no solo actúa, canta o baila, sino que administra una imagen en permanente estado de exposición. Por eso resulta pertinente que el director Bill Condon haya elegido ponerla en conversación con El Beso de la Mujer Araña, la obra de Manuel Puig donde el deseo es clandestino, el cuerpo es sospechoso y la fantasía se vuelve un acto de resistencia política.

Puig escribió desde una certeza brutal. Para él los melodramas no son una forma menor, sino una tecnología emocional. En la celda que comparten Molina y Valentín -dos presos políticos encarnados por la revelación actoral Tonatiuh y el veterano Diego Luna, respectivamente- el cine no es escapismo, es oxígeno y el punto donde sus ideologías e identidades se encuentran.

En El Beso de la Mujer Araña, los recuerdos de las películas que tanto ama Molina son una manera de retrasar la muerte, de sostener la identidad cuando el Estado decide reducirte a un expediente. El artificio, en Puig, no es mentira: es refugio. Y ahí aparece el primer punto de contacto con Jennifer López, una artista que ha entendido que, en la cultura contemporánea, sobrevivir implica diseñar cuidadosamente el espectáculo de una misma.

“El Beso de la Mujer Araña es un proyecto muy diferente a otros que he hecho antes”, explica Jennifer López en entrevista. “Cada vez que hacía un número musical era una versión diferente del personaje de Ingrid Luna. Pero también está el personaje de Aurora, que quiere enamorarse, y el de la Mujer Araña, que espera paciente su momento. Cada una de ellas exigía cosas distintas, desde lo corporal hasta lo psicológico”, continúa.

En El Beso de la Mujer Araña, el cuerpo disidente es castigado, vigilado y disciplinado. El deseo se convierte en prueba, en delito y en amenaza al orden. En el caso de Jennifer López, el cuerpo ha sido celebrado hasta el exceso, pero bajo una condición implícita: que nunca deje de rendir, de responder, de justificar su lugar. La hipervisibilidad no es libertad, sino otra forma de control. Entre la celda y la alfombra roja hay una distancia material enorme, pero una cercanía simbólica inquietante. En ambos espacios, el cuerpo es observado, evaluado y utilizado como signo.

Jennifer López construye personajes —la diva, la amante, la mujer indestructible— porque sabe que la identidad, en el mercado cultural, no es esencia sino montaje. Puig entendió antes que muchos teóricos que la identidad es una narración reiterada, una puesta en escena sostenida por la emoción. López, con su insistencia en volver una y otra vez sobre los mismos temas —amor, traición, éxito, caída, resurgimiento—, practica una versión pop de esa misma idea en la que repetirse no es estancarse, es afirmarse.

“Creo que la película tiene una visión muy hermosa sobre el amor como lo más importante en nuestras vidas”, expresa la actriz y cantante neoyorquina. “Es una historia sobre cómo las narrativas en el cine nos ayudan a superar los momentos más difíciles de nuestras vidas. Y es algo que entiendo muy bien porque tengo algo similar con mis propios fans. Muchos de ellos se han acercado a mí para decirme que les he salvado o ayudado a superar momentos difíciles. Y yo siempre les digo que ellos han hecho lo mismo conmigo”, confiesa.

En El Beso de la Mujer Araña, volver a contar una película es una forma de resistencia íntima. En la carrera de López, volver sobre su imagen es una forma de control en un sistema que suele devorar a quienes envejecen, dudan o se salen del guion. Ambos mundos comparten una verdad incómoda: sentir es peligroso. Amar es exponerse. Sin embargo, el melodrama insiste.

Y aunque se suele despreciar el melodrama por considerarlo exagerado, femenino, poco serio. Puig lo reivindicó como un lenguaje de los marginados. López lo habita como un lenguaje de masas. En ambos casos, el exceso emocional no es torpeza, sino estrategia. Llorar, bailar, cantar, desear con intensidad es una forma de decir “aquí estoy” en contextos que preferirían el silencio o la obediencia.

“Me gustó mucho trabajar con Sonia y repetir la experiencia unos años después. Hace no tanto que filmamos la película Shotgun Wedding juntas de nuevo”, recuerda Jennifer. “Lo que me encanta de Sonia es que sea tan auténticamente libre consigo misma. No sé si es una característica brasileña pero ella es así. Es la mujer más hermosa y femenina. En esa feminidad está su gran sensualidad. Porque la edad no le importa. Ella trasciende esos conceptos. Y creo que lo he aprendido de estar tan cerca de ella es su autenticidad. Me recordó en quién es que quiero convertirme. Porque a medida que más me adentró en este negocio, que maduro y las cosas cambian, solo me queda aferrarme a la mujer que soy. Y Sonia me recuerda que se vale ser auténtica sin ofrecer disculpas por ser quien eres. Ese es un súperpoder: ser tú misma, amarte y celebrarte”, concluye.

Tal vez el punto de encuentro definitivo entre Jennifer López y El Beso de la Mujer Araña sea este: la convicción de que el artificio no es lo opuesto a la verdad, sino una de sus formas posibles. Que el espectáculo puede ser una trinchera. Que narrarse —en una celda, en una canción o frente a millones de espectadores— es una manera de no desaparecer. Y que, contra todo pronóstico, el beso de la mujer araña no siempre es mortal: a veces, es el gesto que despierta el deseo de seguir vivos.

Imágenes: Filmaffinity

La Jornada Morelos