

José Manuel Meneses y Mariana Casas Rodríguez *
Una de las primeras imágenes que la vida de Isadora Duncan plantea es una comunión con la naturaleza. Desde muy pequeña la relación con el mar le impuso la tarea de comprender el movimiento: el vaivén de las olas, como ese ritmo interminable que también ha seducido la mirada de filósofos, poetas y aventureros. Dentro del repertorio podemos hablar del port de obras que se integra en un adaggio, al tiempo que rompe en la precisa belleza de un saut de chat, tal como el mar revienta en el muelle, siendo promesa de los incierto y atisbo de una fuerza que nos supera. Así como un símbolo de la pasión humana que oscila entre la calma y otras veces despierta embravecida. De tal modo, la danza para Isadora era recorrer la orilla del mar en un largo proceso de reconocimiento, lo que es por sí mismo un arquetipo que describe a la humanidad cuando abandona tierra firme para buscar nuevos horizontes. La transformación que promete el océano implica entregarse a una fuerza que nos supera, para acariciarla con los pies desnudos, hacer arte de cara al abismo donde se oculta lo más profundo de nosotros mismos.
Las fotografías que podemos disfrutar de la bailarina en la playa dan cuenta precisamente de esto. La voluntad de la bailarina por reproducir el movimiento de la naturaleza y el deseo de romper el umbral que la ferocidad de un mundo enloquecido lleno de normas que limitan y determinan nuestra relación con la naturaleza. De la misma manera, para los danzantes de los pueblos originarios el reto era reflejar el movimiento del cielo en la tierra, como un espejo (Ce tezcal tocemanahuac). Esta catarsis a la que la libertad y la capacidad expresiva de Duncan siempre apuntaron. Quizá la palabra correcta para este proceso sea reintegración, es decir, un proyecto artístico que camina a contracorriente, pues la propuesta de Duncan se formula cuando conocimos lo más espantoso del siglo XX. Una época dominada por las promesas de una técnica que nos llevaría, como humanidad, a confrontarnos con la posibilidad de una aniquilación universal. Frente a esto, el arte y específicamente la danza se abren como una opción real para resistir a la barbarie.
En nuestro caso, la práctica de la danza también se lleva a cabo en medio de la desolación. No sólo debido al escaso reconocimiento de las autoridades, la falta de apoyos, opciones y oportunidades para los bailarines, sino la hostilidad del medio en el que se desarrolla. La belleza del Cascanueces o el Lago de los cisnes se opone a la escalada de muerte que nos abruma por todas partes. Seguir bailando en un México ensangrentado es, efectivamente, un acto de resistencia. De tal modo, el ritmo de las olas del mar fue muy importante para Isadora Duncan, se trata de la voluntad que se descubre a sí misma a través del movimiento pertenencia-distanciamiento como una constante que domina nuestras vidas. Puede pensarse de esta forma su viaje a Moscú, un distanciamiento de su origen con la finalidad de reencontrarse en los límites. A pesar de que la experiencia de la bailarina en el universo del comunismo fue un desastre, su aprendizaje en torno a la finalidad de su danza se refleja en sus escritos: bailar es también resistir en pie de guerra, incluso ante la falsedad de las autoridades rusas. En este mismo sentido, podemos afirmar que el arte en nuestro país es un ejercicio de resistencia frente a las múltiples amenazas de un mundo dominado por la violencia.
En su trágico final se expresa la precisión de una muerte inmediata bajo el yugo de la máquina. La fatalidad del accidente a bordo de un automóvil deportivo, sin ceder un ápice a la elegancia, es el colofón para la historia de una vida que se escribió más allá de los márgenes de lo habitual o, si se quiere, un obituario digno de los grandes sabios de la antigüedad retratados por Diógenes Laercio para quienes la manera de morir era parte del mensaje que se había construido a lo largo de una vida.
* Miembros de la A.C. la Casa del Tlacuilo.



