

Cuando la migración se ve, pero no se comprende
Alma Anaid Bustos-Hernández *
En una avenida de la Ciudad de México, una niña aborda un autobús junto a su madre. Detrás de ellas suben dos personas que se presentan ante los pasajeros. Con voz amable, les piden una moneda o algo para comer. La niña los mira fijamente, nota que hablan con un acento distinto. Con curiosidad, pregunta:
- ¿Quiénes son, mamá?, ¿por qué piden dinero?
Su madre responde evitando mirarlos:
- Son migrantes, hija. Están en todos lados. Ya deberían irse a su país.
Esta breve escena ilustra una forma común de ver la migración. Para muchos sectores de la sociedad, las personas migrantes están ahí, son visibles y participan de la cotidianidad de los entornos urbanos, pero su situación está envuelta en un desconocimiento que muchas veces acarrea prejuicios y discriminación. La pregunta de la niña es simple pero profunda. Sin embargo, la explicación que recibe es superficial e insuficiente. Es aquí donde las ciencias sociales pueden ofrecer otras miradas y respuestas que permiten comprender lo que hay detrás de esa escena.
A lo largo de los años, diversas investigaciones han mostrado que la migración no es un fenómeno aislado y que tampoco es un capricho ni un problema individual. Migrar es una estrategia de supervivencia, es una decisión que se toma después de atravesar vivencias complejas que resultan de contextos económicos, políticos y sociales adversos, es una respuesta ante la violencia, la pobreza, la persecución o la imposibilidad de garantizar un futuro. Sin embargo, no es un proceso sencillo, pues implica dejar atrás costumbres, bienes, amigos y seres queridos, reorganizar la vida y enfrentarse nuevos entornos que pueden ser hostiles y excluyentes.

¿Y por qué este conocimiento muchas veces no llega a la sociedad? En parte, porque se genera en lenguajes y formatos poco accesibles, lo que termina por alejarlo del público en general. Pero también porque muchas personas prefieren informarse a través de redes sociales digitales, espacios que muchas veces terminan amplificando discursos xenófobos y discriminatorios.
Entonces, hay un reto compartido. Por un lado, quienes investigan, documentan y trabajan de manera directa con la migración, deben encontrar formas de hacer circular este conocimiento en distintos espacios y acercarlo a públicos más amplios. Por otra parte, la sociedad necesita abrirse a otras fuentes de información. Escuchar lo que dicen las ciencias sociales no resolverá la migración, pero sí puede ayudar a comprenderla desde una postura más empática y con menos prejuicios.

* Universidad Autónoma del Estado de México/Integrante de la Red de Difusión y Divulgación de las Investigaciones en Ciencias y Humanidades (REDDICH)

