

Neocolonialismo y desorden mundial
El colonialismo clásico/histórico, en su versión más reciente, el cual podemos ubicar primordialmente entre los siglos XVI y XX, se impuso a través de invasiones, ocupación militar de territorios, administración pública del territorio ocupado, y en algunos casos, la anexión definitiva al país colonial. La inmensa mayoría de los todavía llamados países del primer mundo o desarrollados construyeron sus modelos de vida aprovechándose de los recursos materiales y la explotación laboral de los territorios colonizados. Sumado a lo anterior, la fórmula del colonialismo se completó con la imposición de esquemas de valores, de religión, de formas de hacer economía y política, y de sistemas educativos.
Sobre este antecedente, podemos testificar, que habiéndose “independizado” la mayoría de los países colonizados, lo que prevalece ahora en este siglo XXI es un neocolonialismo que sigue manteniendo esas relaciones de dependencia, influencia y control de las antiguas o nuevas metrópolis coloniales, aunque para ello utilizan medios y mecanismos más sutiles, indirectos y aparentemente respetuosos de la soberanía e independencia de dichos países, del derecho internacional, y de los derechos humanos.
Uno de los instrumentos de mayor control neocolonial utilizado en la actualidad es el fardo de la impagable deuda externa, la cual, sin exagerar, es la mejor expresión de la esclavitud moderna. Los países del Sur Global tienen que renunciar a los recursos monetarios necesarios para atender la amplia variedad de necesidades de sus habitantes, para canalizarlos al servicio de la deuda, y sólo para el pago de intereses. Los grandes aliados del neocolonialismo han sido sin duda los organismos multilaterales como el Banco Mundial, y el Fondo Monetario Internacional. Se estima que la deuda multilateral de los países del Sur Global gira entre el 30 y el 50%, la bilateral entre el 20 y 30%, y el resto con acreedores privados.
Otra forma de poder neocolonial es la extracción irracional de recursos naturales, por parte de compañías transnacionales, sobre todo en Latinoamérica y en África, sin que eso resulte en significativo beneficio económico para los países, además de que causan serios daños a la ecología local. De igual manera, los Acuerdos de Libre Comercio tan promocionados por los neoliberales se establecen bajo fórmulas que favorecen más a los países ricos, con el nefasto resultado del debilitamiento de las economías locales.
Por si fuera poco, cuando se logra la tan deseada inversión extranjera, ésta suele responder primordialmente a las necesidades de producción y consumo de los países inversores; además que no incluyen la transferencia y apropiación tecnológica a favor de los países receptores, ni tampoco se reinvierten las utilidades, con lo que los países receptores se convierten en meros ofertantes mano de obra barata y de consumidores dependientes de productos extranjeros.

El neocolonialismo económico impacta también directamente en el ámbito político, cuando los países ricos condicionan sus inversiones a que los países pobres respalden sus posturas y demandas en los organismos internacionales, o bien, que instrumenten en su interior reformas legales y políticas públicas que les faciliten su injerencia y control sobre los asuntos internos del país.
Otra forma de control neocolonial es la desestabilización de un país, a través del apoyo financiero a los opositores de los gobiernos democráticamente electos, la imposición de sanciones económicas bajo cualquier pretexto, y la utilización de los medios de información corporativos locales para desprestigiar con mentiras y medias verdades lo que realmente sucede en el país.
En Occidente, de la mayor relevancia ha sido el control ideológico/cultural que Estados Unidos, como país hegemónico en el último siglo, ha ejercido en los países del Sur Global, y también en sus llamados países aliados. Para ello ha utilizado primordialmente la difusión de valores y formas de vida, a través de los productos culturales generados, de manera relevante, por los medios masivos de comunicación tradicionales, por Hollywood, y por la gama siempre creciente de plataformas digitales de amplio acceso, como Netflix. Lo anterior agravado aún más por el nuevo horizonte de la inteligencia artificial, capaz de crear realidades a la medida y gusto de quien la controla y utiliza.
La descripción hasta aquí hecha se ve profundamente impactada, sobre todo en el último año, por el desconcierto y desorden mundial producido por la narrativa proclamada y las medidas impuestas por el presidente Donald Trump. Las formas de neocolonialismo existente están siendo cuestionadas por la pretensión del presidente del país hegemónico de convertirse prácticamente en un tirano global. El “orden mundial” que ha estado vigente y que ha sustentado el neocolonialismo, está ahora cimbrándose, por su rechazo a las reglas vigentes de las relaciones internacionales y a las organizaciones que se diseñaron para hacerlas operar. De hecho, el mundo está ya inmerso en una guerra comercial, financiera, tecnológica, ideológica, y por desgracia, también de guerras focalizadas que pueden generalizarse.
El poder se está recomponiendo en el mundo, y la salida deseable es diseñar un nuevo orden mundial, multipolar, sin hegemonías depredadoras, garante de la paz, y con fórmulas que permitan el bien ser y el bien estar de la mayoría de las personas. Esta utopía, podría empezar a construirse, siempre y cuando se acote al dictador Trump, y a quienes lo sostienen, ya sea desde dentro de su propio país, o desde acciones tomadas desde el exterior.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Foto: Reuters / Brian Snyder

