En política migratoria, a veces lo más decisivo no es “lo que ocurre”, sino lo que se vuelve creíble. Desde hace dos décadas, una idea ha ganado fuerza con enorme eficacia: que la migración “puede” ser el canal por donde entra el terrorismo. Ese vínculo, repetido en discursos oficiales, reformas legales, programas de vigilancia y narrativas mediáticas, termina funcionando como una verdad práctica. Y, una vez instalado, habilita una expansión punitiva del control migratorio: más sospecha, más detención, más expulsión, menos garantías. Aquí algunas notas.

La clave es esta: el nexo migración-terrorismo no describe una relación empírica estable. Opera, más bien, como una tecnología política que reorganiza categorías jurídicas, administrativas y morales. En lugar de perseguir únicamente a quienes cometen actos terroristas, la excepcionalidad del terrorismo se desplaza hacia el gobierno ordinario de la movilidad. El resultado es una paradoja: en nombre de un peligro excepcional se normalizan prácticas masivas que afectan a poblaciones migrantes sin vínculo alguno con el terrorismo.

Cuando se habla de “securitización” se suele pensar en retórica. Pero la securitización es, sobre todo, una forma de hacer Estado. Vincular migración y terrorismo no se limita a “alarmar”: produce condiciones para actuar con otros umbrales de prueba y con otras reglas del juego. Un punto de inflexión fue el 11 de septiembre de 2001. Semanas después, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 1373, que llamó a los Estados a negar refugio o “puerto seguro” a terroristas, reforzar controles fronterizos y prevenir el uso fraudulento de documentos de viaje. Ese movimiento fue decisivo porque convirtió la lucha antiterrorista en un mandato que atraviesa fronteras y burocracias, y ayudó a legitimar una idea simple: la movilidad puede ser una amenaza.

A partir de ahí, la producción del nexo opera en dos planos. Normativo: el antiterrorismo amplía márgenes de actuación estatal con categorías abiertas de riesgo, asociaciones indirectas y estándares de excepción. Performativo: el discurso instala un sentido común donde tratar la movilidad como amenaza parece prudente, casi obligatorio. Cuando ambos planos se estabilizan, medidas como detenciones, deportaciones o restricciones de derechos dejan de presentarse como extraordinarias y pasan a operar como “soluciones técnicas” normales.

En Estados Unidos, la reorganización institucional posterior al 11-S fue una señal clara de fusión entre migración y seguridad. La arquitectura de seguridad interior cambió y la frontera se volvió un espacio central de la “guerra contra el terror”. En paralelo, el USA PATRIOT Act incorporó disposiciones específicas para la detención obligatoria de extranjeros certificados como sospechosos de terrorismo y abrió un margen amplio para su custodia mientras se tramita su remoción.

También se implementó el National Security Entry-Exit Registration System (NSEERS), un esquema de “registro especial” iniciado en 2002 que impuso controles adicionales a personas de países específicos, mayoritariamente de mayoría musulmana, y que fue criticado por discriminatorio y por su ineficacia como política antiterrorista.

En Europa, la securitización avanzó con matices, pero con una tendencia reconocible: tecnificación de fronteras, bases de datos, cooperación policial y expansión de facultades administrativas. La Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, conocida como Frontex, se convirtió en un actor clave dentro de un marco regulatorio que ha ido ampliando sus capacidades en los últimos años. Al mismo tiempo, en el Reino Unido, la respuesta post-11S incluyó la posibilidad de detener sin juicio a extranjeros sospechosos bajo la Anti-terrorism, Crime and Security Act 2001, esquema que terminó impugnado en tribunales británicos y europeos.

Australia ofrece otra variante: un régimen fronterizo duro que, tras 2001, consolidó su legitimidad bajo un discurso de seguridad. El episodio del MV Tampa en 2001, con 433 solicitantes de asilo rescatados en el mar, se volvió emblema del giro político que trató el arribo de refugiados como problema de soberanía y seguridad. Desde ahí se robusteció un repertorio que incluye procesamiento extraterritorial y operaciones de interdicción marítima, luego formalizadas como política de “protección fronteriza”. En los tres casos, lo común no es un “aumento real” del terrorismo por migración, sino la consolidación de una idea operativa: la frontera como dispositivo preventivo absoluto.

Aquí aparece uno de los efectos más profundos: la expansión del castigo administrativo. En materia migratoria, muchas decisiones que restringen libertades, separan familias o cancelan proyectos de vida se aplican mediante procedimientos administrativos. Eso importa porque lo administrativo suele operar con menos garantías, umbrales de prueba más bajos y mayor discrecionalidad que el derecho penal.

Así, el “terrorista” funciona como figura justificatoria para ensanchar prácticas de sospecha que terminan afectando masivamente a migrantes comunes. Se difuminan fronteras entre lo penal y lo migratorio. No es casual que buena parte de la infraestructura de detención migratoria funcione como una pena sin delito, aunque formalmente se presente como “retención civil”.

Los costos humanos de esa lógica se ven en informes recientes sobre detención migratoria. Por ejemplo, Human Rights Watch documentó en 2025 condiciones abusivas en centros de detención de inmigración en Florida, incluyendo hacinamiento, condiciones insalubres y falta de atención médica adecuada. Más allá del caso, el punto es político: cuando la gestión migratoria se narra como “seguridad”, las violencias institucionales encuentran una coartada estable.

El nexo migración-terrorismo no es simplemente una respuesta a una amenaza. Es una forma de gobierno que desplaza la excepcionalidad hacia la rutina. Y cuando el terror se vuelve argumento para administrar la movilidad, la excepción deja de ser excepción. Si queremos políticas migratorias compatibles con democracia, hay un punto mínimo: la seguridad no puede ser el nombre elegante de la desprotección. Mantener esa frontera, la de las garantías, es hoy más urgente que nunca.

*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Víctor Villarreal Cabello