En el hipotético pueblo de Tlaltizapongo, en la zona central de Morelos, un raro suceso se ha presentado pues sus habitantes han amanecido con un 32 de diciembre por delante. No ha llegado el 2026. Para los niños, turistas y borrachines es una buena noticia pues pueden prolongar las vacaciones o la parranda. La derrama económica de los paseantes es bienvenida por las tiendas, los restaurantes y los balnearios que rebosan de clientes. Las estanterías de la tierra de abarrotes de Doña Chimina se van vaciando conforme pasan los días y ya es 33, ya es 34 y ya es 35 de diciembre. En la presidencia municipal el presidente saliente Lento Bruto, perdedor de las pasadas elecciones, no para con la borrachera que antes era de tristeza y se ha convertido en júbilo porque puede seguir saqueando. Le ordena a su brazo derecho, el profe Ungüento Melastranzo que liquiden las patrullas de policía, pero éste le recuerda que ya las vendió antes de navidades.

– Pues cortemos y vendamos la tubería de cobre de la presidencia –y en ello se empeñan trastabillantes por los humos etílicos.

El raro fenómeno se ha difundido por la patria, el Año Viejo 2025 se rehusa a irse y no puede llegar el 2026. No sólo en Tlaltizapongo, sino en todo México. El gabinete de seguridad se reúne en la capital y en el estado de Morelos todos los presidentes municipales electos no pueden tomar posesión como se esperaba el primero de enero porque no llega. Ya es 38 de diciembre y nomás no se pueden hacer los cambios de poderes. En Tlaltizapongo la presidenta electa Esperanza ya no ve la hora de sacar de su silla al corrupto de Lento Bruto que tiene paralizado al gobierno: no hay servicio de limpia, no hay policía, no hay trámites y un largo etcétera, amén de que todo mundo sigue de vacaciones y cada noche vuelven a celebrar esperando que a las doce llegue al fin el primer día del año nuevo. Los perros de todos los poblados y colonias ya se quedaron sordos a punta de cuentas regresivas (diez, nueve, ocho, siete…) y de tantos fuegos artificiales como truenan noche tras noche. Y peor, la cerveza y la cocacola ya se acabaron y no hay para cuándo se surta pues sigue siendo feriado y nadie trabaja.

La alegoría de fin de los 365 días precedentes, el mismísimo Año Viejo, se ha fugado a las ruinas de la Hacienda de Xochimancas con el muñeco que los pobladores de Tlaltizopongo pretendían quemar a la usanza de la Costa Chica de Guerrero o tantos otros lugares para olvidar lo malo y recibir las bendiciones de un año que comienza. Pero Año Viejo está enojado o, más que eso, sentido por todas las mentadas de madre que recibe de los pobladores de Tlaltizopongo. Puras quejas y culpas le echan sin asumir que el devenir de sus vidas es consecuencia de sus propias acciones.

Mientras tanto, Toñita espera el regreso de su papá de Estados Unidos después de años de no verle al tiempo que anhela el regreso de Chuchito para saber si son novios o no, la abuela Macedonia requiere de un acta de nacimiento con urgencia para su cirugía pero las oficinas del ayuntamiento no tienen empleados pues los corrió el presidente Lento Bruto hace meses para ahorrarse liquidación y aguinaldo, el señor Quirino no puede ir a cobrar su premio de la lotería, Angelito no puede comprar con los ahorros de su mamá y endeudándose su boleto para ir a estudiar a África, y así, las expectativas de los ciudadanos de Tlaltizopongo se van postergando porque no llega el canijo 2026.

Finalmente, como se resuelven mejor las cosas, es a través de los niños del poblado como se resuelven las cosas pues descubren un rasgro de paja, cartón y cuetes que les lleva hasta Año Viejo, quien les confiesa que se han tardado demasiado en encontrarlo durmiendo en las ruinas de Xochimancas. Los niños le convencen de dar paso al nuevo año agradeciendo las inmensas bondades que el 2025 les dejó y Año Viejo se los concede con la condición de no olvidar que todo lo malo que les pasa en 365 días sólo es ocasión de su propias actitudes y acciones.

Foto: Cortesía del autor

JAIME CHABAUD MAGNUS