

Inicio el primer mes del año con el Jefe Miliano.
Sí, ya se queridos lectores que dentro del movimiento zapatista hay más actores valiosos, de hecho, en mi siguiente columna les voy a dar a conocer a un general zapatista que narra cómo les fue luego de la muerte de Zapata. Verán, al arreglar una bodega con distintos archivos, saco apuntes, los ordeno, reviso libros y de pronto van saliendo las fotos de los sobrevivientes del Ejército Libertador del Sur que entrevisté en 1990 cuando ya andaban por los cien años de edad. Trabajos que me publicaron en mi libro: Zapata, Voces y Testimonios.
Esas entrevistas las llevo en el corazón. Les diré por qué y cómo iniciaron. En cada homenaje por el natalicio del Caudillo del Sur que se realizaba siempre en Anenecuilco, Municipio de Ayala su tierra natal, veía yo en primera fila a varias parejas de ancianos arreglados muy humildemente, pero ellos, siempre, portando sus medallas ganadas en batallas a pulso y junto, a sus mujeres, las antiguas soldaderas portando su mejor rebozo, ya desleído.
Un día me decidí a buscarlos, subí al 2do piso del Pasaje Tajonar, en el centro de Cuernavaca. Ahí en la oficina Pro Veteranos de la Revolución Zapatista, solicité la lista de los auténticos supervivientes de la gesta revolucionaria y ya con las direcciones en mano salí a buscarlos y les aseguro que, en cada entrevista realizada a esos dignos y ya muy viejos exguerrilleros, recibí una clase de historia de Morelos.
Ya realizadas, pedí también su opinión a académicos y cultos políticos de renombre y pese a la diferencia de estudios entre ambos grupos, puedo asegurarles que, en el caso de los zapatistas, morelenses de pura cepa, aún sin preparación alguna, siguieron fieles al campo, a sus siembras de maíz y al recuerdo de sus vivencias con el Jefe siempre presente en sus vidas.
Me queda claro que muerto Zapata, los zapatistas tuvieron vetado el camino a la toma del poder y a la organización de un nuevo sistema social sustentado en el Plan de Ayala en el que tanta esperanza pusieron. “Si tan solo el gobierno hubiera implementado un solo artículo del Plan de Ayala, México sería otro: más justo”, me confesó don Jorge Zapata González, uno de los hijos de Nicolás primogénito del Caudillo del Sur.

Con respecto a su asesinato, voces dentro de sus mismas familias opinan que Zapata sabía a lo que iba a Chinameca esa fatídica tarde del 10 de abril de 1919. Él, que era precavido y por lo tanto desconfiado, se negó a escuchar las advertencias de los suyos que lo conminaban a no confiar en el joven capitán carrancista Jesús Guajardo, peón de Pablo González y este a su vez, de Venustiano Carranza.
“Al general lo mataron cuando la idea de su obra ya había trascendido las fronteras de México, cuando no sólo podía ya morir, sino descansar en paz su muerte”, escuché decir a la historiadora Gloria Villegas Moreno. A su vez, Octavio Rodríguez Araujo a mi pregunta de si es lícito que todo movimiento que se alza en México se proclame zapatista, él opinó: “Zapata es un símbolo y los símbolos al no ser de nadie son de todos”. A su vez. el inolvidable economista Rodolfo Becerril Straffon resaltó que la enorme dimensión de Zapata consistió en que “jamás ambicionó un poder que no fuera ligado a la lucha social, siempre a favor de los demás, nunca a favor de sí mismo” y el también historiador José N. Iturriaga mencionó: “La diferencia entre Villa y Zapata es que mientras el primero murió rico, el segundo no”.
El hacendado Francisco I. Madero que se alzó sin contar con el respaldo popular y que hubo de iniciar su movimiento con apoyo económico y urbano, nunca imaginó que unos campesinos sin tierra, con su jefe Emiliano Zapata, lograría con su propuesta agraria un enorme respaldo popular en gran medida espontáneo. Movimiento que se convirtió en la vanguardia de la guerra campesina contra el latifundismo y que al traspasar las fronteras iniciales de su pueblo y de su estado, la participación de todos esos grupos campesinos fue lo que le dio fuerza, desarrollo y sentido social a la Revolución Mexicana en la que la figura del campesinado fue clave.
Su asesinato fue un golpe mortal asestado al movimiento campesino independiente que jamás reconoció a otra autoridad que no fuera su Jefe Zapata porque, éste, además de haber peleado por la tierra, la libertad y la justicia social, tuvo la enorme capacidad de entrega de la vida misma en la conformación de un nuevo proyecto de Nación más justo, más equitativo y más digno.
Para esta eterna aprendiz de la esencia de lo que México y en este caso Morelos representa, ya en mi plena madurez, apuesto como siempre lo he hecho, por un periodismo ético y por resaltar y dar a conocer el rico patrimonio histórico y cultural morelense. De ahí que cada vez que se me aparecen estos recuerdos frente a mí, siempre en posición de firmes, sigo apostando por un México y un Morelos cada vez más digno y más justo. Nos leemos el próximo miércoles.

En esta imagen de archivo aparece Fermín Banderas Pérez, capitán 1º. de caballería del Ejército Libertador del Sur, entrevistado en 1990 por la autora quien proporcionó la fotografía para ser publicada en esta columna.

