

SENCILLEZ: UN LUJO ESCASO EN TIEMPOS DE APARIENCIA.
En este espacio he venido reflexionando sobre algunas conductas antisociales, destructivas o depredadoras de la naturaleza que parecen alejarnos de aquello que nos define como humanos. Esta incursión me ha llevado inevitablemente a una pregunta más profunda y compleja: ¿por qué somos así?
Hace ya algunos meses, he estado incursionando sobre el tema. Para mediados de este año, estaré compartiendo los resultados en un libro que llevará por título ¿Por qué somos así? Quiero resaltar que esta investigación evidencia que, entre las sombras del comportamiento humano, también hay luces. Una de ellas, muy brillante, por cierto, es la sencillez, tema sobre el que enfoco esta reflexión.
Hace tiempo, cuando ocupaba un puesto de responsabilidad en la UAEM, un compañero insistió en invitarme a desayunar. Propuse un lugar modesto; él, uno “más gourmet”. Tras cierta resistencia, terminamos en el sitio que yo había sugerido.
Durante el desayuno monopolizó la conversación presumiendo negocios, ingresos y “prosperidad”. Criticó la comida, descalificó al lugar y trató con altanería al mesero. Fue un encuentro breve, pero se sintió eterno. El momento fue incómodo.
Esa necesidad de aparentar se puede ver en formas aún más estrafalarias. Recientemente supe, por las redes sociales, de una institución que vende “doctorados honoris causa” a quienes estén dispuestos a pagarlos. El título que entregan, de tan exagerado, roza lo grotesco: Doctor de doctores.

Sorprende ver cuánta gente recurre a estos galardones artificiales para llenar un vacío de reconocimiento. Los “galardonados” enmarcan con lujo el título y hasta lo presumen en las redes sociales como si se tratara de un logro auténtico.
En contraste, en la UAEM tuve la oportunidad de atestiguar la entrega genuina de doctorados honoris causa. Se llevan a cabo protocolos largos, rigurosos, solemnes y aprobados por pleno del Consejo Universitario, para reconocer a personajes cuyo trabajo ha aportado un bien a la humanidad. Nada que ver con ceremonias improvisadas ni diplomas de fantasía.
En este contexto, la sencillez cobra sentido. Quienes la encarnan disfrutan sus logros sin alardear. Tratan a todo mundo con amabilidad y respeto. Poseen un valor humano que no depende del aplauso, sino de su propia autenticidad. Quien convive con una persona sencilla siente que está frente a alguien que suma, que alegra y que deja huella.
La Real Academia define la sencillez con una serie de sinónimos: facilidad, naturalidad, austeridad, discreción, entre otros. No es apariencia; es una manera de estar en el mundo, una forma de actuar sin máscaras, sin dramatizar lo que uno es o lo que uno tiene.
Hoy, cuando lo superficial se impone y la ostentación marca la norma de las relaciones humanas, la sencillez emerge como una forma de resistencia. Como un contrapeso moral que genera un carisma natural, que seduce sin artificios y que conecta con la gente.
En un mundo obsesionado con la apariencia, la sencillez es un soplo de aire fresco. La practican los sabios, aquellos que han comprendido que lo esencial no se mide en bienes materiales ni en títulos, sino en la calidad de sus vínculos, en la paz que transmiten, en la autenticidad con la que caminan.
Las personas sencillas, esas que no necesitan proclamarse, brillan con luz propia. ¿Usted qué piensa?

