

La implementación de los usos y costumbres que el Estado Mexicano reconoce a nuestras comunidades indígenas, son una reivindicación a su cultura, identidad y memoria histórica. Estos Derechos en los pueblos originarios no solo son acento de un legado milenario, sino que norman su vida comunitaria y enriquecen la diversidad en la cultura mexicana. Sin embargo, también hay reglas a las cuales se debe ceñir su aplicación y recordar que esta figura nunca puede estar por encima de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, contraponerse a los más elementales principios cívicos, de moral, quebrantar ordenamientos legales o peor aún amparar la comisión de delitos.
Desafortunadamente lo que debe ser un firme espaldarazo a las demandas de los mencionados pueblos indígenas se ha tornado en no pocas ocasiones en una conveniente y sesgada interpretación de esta figura, lo cual la legislación mexicana de manera muy clara no permite, o bien también ha abierto la puerta a la oportunidad para incurrir en toda clase de excesos. Los referentes son amplios y los podemos encontrar en los matrimonios al cual son forzadas niñas indígenas, en las prisiones comunitarias donde son recluidas personas por deudas civiles o las extralimitaciones en que incurren los llamados zapatistas en Chiapas. Morelos tiene una añeja tradición de comunidades indígenas, que corren desde la franja de pueblos originarios que cubre el norte de la entidad a Tetlama, a Cuentepec afamado por su alfarería de barro, Tetelpa en Zacatepec y a los municipios indígenas de reciente creación como Coatetelco, Hueyapan, Tetelcingo en Cuautla y Xoxocotla al sur poniente morelense.
Morelos no ha sido la excepción en cuanto al abuso y desmesura que han surgido al amparo de la figura de los usos y costumbres, los ejemplos más alusivos los podemos encontrar en las imputaciones que se hacen del actuar al margen de la ley a la desordenada Ronda de Ocotepec, a la inaceptable violencia política tan recurrente en Xoxocotla, así como al desempeño de José Carlos Jiménez Ponciano, alcalde en funciones de Xoxocotla, quien consciente de que el tren de la revolución solo pasa una vez, no ha tenido empacho alguno en convertir al municipio indígena en una monarquía de usos y costumbres.
Jiménez Ponciano llegó a la presidencia municipal de manera inesperada. En enero de 2022 fue asesinado el alcalde Benjamín López Palacios, fue sustituido entonces por el secretario del ayuntamiento, Manuel Alejandro Jiménez Ponciano hermano de José Carlos y quien a su vez también fue víctima de la violencia, entonces Jiménez Ponciano en una clara manifestación de nepotismo, se hizo de la presidencia municipal, ostentando el único mérito de haber sido hermano del finado Manuel Alejandro.
Jiménez Ponciano gobierna de manera absoluta, se ha extralimitado en sus atribuciones al suspender los pagos de salarios a regidoras que no son afines a su proyecto personal. Lo anterior ha derivado en denuncias que le imputan no sólo amenazas, sino ejercer violencia política y de género. De igual forma a principios del pasado mes de diciembre, las fachadas de los domicilios de diversos funcionarios municipales fueron baleadas, lo cual no solo muestra que la inseguridad campea a sus anchas, sino que la paz social y la gobernabilidad están comprometidas en el municipio indígena.
El alcalde no tiene problema alguno disfrutar de su posición y estatus, es del dominio público que siempre acompañado de un numeroso séquito, disfruta de los placeres de largas sobremesas que se prolongan hasta bien entrada la madrugada, eso sí siempre resguardado por una numerosa escolta, lo cual ineludiblemente nos remite a reflexionar que las figuras de Juárez y Altamirano no serán, por lo menos ahora, modelos a seguir en Xoxocotla.

En el México precortesiano, particularmente en el Imperio Mexica, la monarquía era electiva: el Tlatoani se seleccionaba entre un grupo específico donde se elegía al más capaz e idóneo para ejercer el cargo. Parece ser que Jiménez Ponciano, a pesar de ser Xoxocotla un municipio indígena, no se ha decantado por el modelo mexica o bien por asistirse de la sabiduría ancestral de un Consejo de Tatas y Nanas, sino por el modelo hereditario de las casas reales europeas, y esto último no es una exageración, resulta que en las pasadas elecciones para renovar la mesa directiva del Comisariado Ejidal de Xoxocotla, el alcalde intentó por todos los medios que su padre Salustiano Jiménez Castrejón, fuera electo como presidente de la misma.
En suma, los usos y costumbres en las comunidades o municipios indígenas no deben ser la justificación para expresiones de nepotismos o para disfrutar de prebendas y placeres mundanos, deben ser en cambio un escudo a favor de los Derechos de dichos pueblos, con quienes lamentablemente aún subsiste en México una añeja deuda histórica.
*Escritor y cronista morelense.

Tianguis de Xococotla. Foto: Redes Sociales

