Alaíde Vences Estudillo

Es controversial que el comité noruego del premio nobel de la paz haya decido laurear a María Corina Machado, quien dice luchar por la libertad del pueblo venezolano, pero es partidaria de la intervención militar de Donald Trump en Venezuela. El galardón suscita debates sobre lo que realmente significa construir un mundo más pacífico en un tablero de ajedrez geopolítico en constante cambio.

Las lecciones históricas demuestran que la injerencia de Estados Unidos en América Latina, lejos de encausar la prosperidad ha priorizado intereses económicos y geopolíticos por encima de la promoción de la democracia o los derechos humanos. Invadió militarmente a Cuba, República Dominicana, Haití y Panamá; apoyó golpes de estado en Guatemala (1954) y Chile (1973).

Estados Unidos ejerce presión militar y económica en contra de Maduro cuyo gobierno al que acusa de terrorista y narcotraficante ve como una amenaza a sus intereses, pero en el fondo busca afianzar el control estratégico de las reservas de petróleo venezolanas y el control geopolítico de la región latinoamericana frente a la influencia de China y Rusia, sin el menor cuidado por la autonomía democrática del pueblo venezolano.

El galardón a Machado se alinea con el rol de Washington como policía hemisférico. No es un reconocimiento benévolo asignado desde la neutralidad. Ha sido imparcial desde sus orígenes. El mencionado galardón surgió del remordimiento de conciencia que Alfred Nobel, un hombre blanco sueco, experimentó antes de su muerte por haber construido su fortuna a base de la industria de explosivos. Influenciado por las ideas antimilitaristas de su amiga Bertha von Suttner, una reconocida pacifista. Antes de morir, en su testamente Nobel destinó su fortuna a la creación de premios dedicados a la Física, Química, Medicina, Literatura y la Paz.

El nobel de la paz forjó un ideal del trabajo por la paz que se da de forma civilizada o finamente recatada y que favorece al diálogo, el perdón y la reconciliación, en el marco de la democracia liberal, el estado de derecho y la economía de mercado. La primera vez que fue otorgado, en 1901, los laureados fueron Jean-Henri Dunant (fundador de la Cruz Roja) y Frédéric Passy (activista pacifista francés). Hasta 1960, el premio se otorgaba casi exclusivamente a europeos y americanos, principalmente diplomáticos y estadistas, motivo por el cual fue criticado de ser instrumentalizado para servir a agendas políticas imperiales más que a la construcción de paz de abajo hacia arriba.

Algunos premios han sido asignados en medio de grandes controversias, como el otorgado a Henry Kissinger (junto con el líder norvietnamita Le Duc Tho, quien lo rechazó), en 1973 por negociar un alto el fuego en la guerra de Vietnam. Kissinger fue acusado de crímenes de guerra por su papel en la expansión de la guerra a Camboya y Laos mediante bombardeos secretos e ilegales, que causaron cientos de miles de muertes de civiles, y por apoyar dictaduras y golpes de estado violentos en América del Sur (como en Chile, durante la Operación Cóndor).

Otro nobel de la paz también cuestionable por la polarización que ocasionó, a pesar de ser otorgado a una persona no blanca de un país del sur global, fue el del político egipcio Anwar Sadat en 1978, torgado junto con el primer ministro israelí Menachem Begin por los acuerdos de Campo David con los que el gobierno egipcio reconoció al Estado de Israel. El premio a Sadat fue recibido con un fuerte rechazo en todo el mundo árabe, por ser considerado una traición a la causa palestina y fue causa de su asesinato a manos de un grupo fundamentalista islámico.

También ha sido señalada la visión colonial que dejó fuera del premio nobel de la paz a figuras como Gandhi, el fundador de la no-violencia y la resistencia pacífica. El comité del premio nobel consideró que Gandhi no hacía trabajo por la paz sino trabajo político en contra de una potencia para liberar a un pueblo colonizado y que sus acciones, aunque pacíficas desencadenaban reacciones violentas.

El Premio Nobel de la Paz, a pesar de sus nobles intenciones fundacionales, nunca ha estado exento controversias, lo que pone de manifiesto que la búsqueda de la paz es inherentemente un acto político. Quien premia el trabajo por la paz, desde donde lo hace, finca un liderazgo moral con impactos geopolíticos.

El premio ha sido entregado 106 veces. Aunque cada vez ha ido aumentando el número de galardones para activistas del sur global, la mayoría de los premios se concentran en Estados Unidos con 27 premios, Reino Unido (14), Suiza (14) y Francia (9). Una brecha de género prevalece en la distribución de los premios, con 20 mujeres premiadas, en comparación a más de 90 premios otorgados a varones, reflejando una clara subrepresentación femenina en este galardón.

El prestigio moral del trabajo por la paz sigue recayendo en los hombres. Aunque las mujeres tengan una labor importante como tejedoras de redes comunitarias, su contribución ni si quiera es considerado trabajo. Aun así, de las seis categorías de Premios Nobel que se otorgan anualmente: Física, Química, Fisiología o Medicina, Literatura, Paz y Ciencias Económicas, la categoría de la Paz es donde más mujeres han sido reconocidas en general.

Los perfiles de los galardonados han evolucionado significativamente, pasando a incluir una mayor diversidad de activistas, defensores de los derechos humanos y organizaciones de alcance global. Con el tiempo, los criterios del premio se han expandido para incluir importantes temas como los derechos humanos, la justicia social y el combate al cambio climático. Sin embargo, continúa respondiendo a una agenda conservadora. Nunca ha sido concedido a una persona transgénero. No fue hasta la década de 1970 que se galardonó a mujeres no blancas del sur global, y hasta el año 2017 que se premió a una mujer joven, Malala Yousafzai. El giro en esas premiaciones respondió más a las demandas de los movimientos sociales que han dejado de normalizar el heteropatriarcado como dador de la ley y el orden, más que a un compromiso autocrítico de parte del comité noruego del nobel para subsanar sus sesgos sexistas y neocoloniales que en todo caso, no han sido superados. Laurear a Machado significa premiar a una mujer de clase acomodada aliada de Trump, el representante global del neofascismo patriarcal capitalista.

La Jornada Morelos