Comenzar por el principio

La necesidad de construirnos

Para nada necesitamos tener en Morelos ni en México más alfabetos –gente que está meramente alfabetizada– que no sean lectores –gente que, más allá de las razones prácticas, utilitarias, tiene la necesidad de leer porque ha descubierto que la lectura es una fuente de placer–. Lo que nos hace falta es tener más lectores que se esfuercen por entender lo que leen y que sean capaces de escribir con claridad y corrección.

Palabra más palabra menos, con esto terminé mi colaboración la semana pasada.

Los seres humanos somos, en principio, la más débil y la más desprotegida de las especies animales que pueden encontrarse en el planeta. Pero, por fortuna, las oportunidades con que contamos para completarnos y para perfeccionarnos, así como la capacidad que tenemos para hacerlo, son sin duda las más amplias y sorprendentes de la creación.

Nuestra primera manera de completarnos y perfeccionarnos consiste en aprender un idioma. En principio, eso lo hace una clara mayoría de los seres humanos, todos quienes no están impedidos para hacerlo por alguna enfermedad; todos quienes están sanos. Eso, tener un idioma, es lo que nos convierte en seres humanos. Y lo hacemos sin proponérnoslo, sin tener la menor conciencia de que lo estamos haciendo. Es un resultado natural de crecer en una sociedad, rodeados de gente que posee una lengua.

Aprendemos a entender lo que se dice, se canta y se lee en nuestro derredor. Y aprendemos a decir, a cantar y a leer –esto último en el caso afortunado de los “lectores naturales”, de los que escribí la semana pasada– imitando a esa gente que nos rodea.

Repetiremos esa posible doble experiencia después, cuando llegue el momento de aprender otras lenguas.

Y más allá de habernos apropiado de una lengua –la que se hable en la sociedad en que hemos nacido–, pero gracias precisamente a ese factor, seguiremos completándonos y perfeccionándonos a lo largo de nuestra vida cada vez que emprendamos un nuevo aprendizaje.

Dentro y fuera de las escuelas –desde la enseñanza elemental hasta las maestrías y los doctorados–; en las canchas y los campos deportivos; los grupos musicales y de teatro y de alpinismo; los talleres de escritura o de artesanías o de tejido; las escuelas de manejo y de buceo y de baile y de artes marciales y de oratoria; los coros y los grupos de…

En todos esos lugares y en muchísimos otros –en grado sobresaliente en los cada vez más numerosos cursos en línea, por internet– la humanidad vive aprendiendo constantemente, día con día.

La educación y la salud –en ese orden– son los pilares que sostienen a una sociedad. La primera necesidad de una nación, la que va a decidir la calidad de su fortuna, es contar con un sistema educativo firme, amplio, capaz de convertir a sus niños y jóvenes en lectores que se esfuercen por entender lo que leen –que tengan recursos para hacerlo– y que sean capaces de escribir con claridad y corrección.

A lograr esa meta debe estar clara y enérgicamente orientado nuestro sistema educativo –especialmente en los grados de enseñanza básica,

Una enorme distancia separa a las pequeñitas que comienzan a gatear y que aprovechan los barrotes de la cuna para ver si pueden sostenerse de pie, de figuras como las primas ballerinas assolutas –Alicia Alonso, Margot Fonteyn, Natalia Makarova o Elisa Carrillo Cabrera, la mexicana que hoy en día es la prima ballerina del Staatsballett, de Berlín, una de las compañías de ballet más importantes de Europa y del mundo.

Qué abismo se abre entre aquellos chamacos que un día comenzaron a garabatear con un pedazo de lápiz hojas y más hojas de papel y llegaron a ser Tamayo, Rivera, Siqueiros.

Qué gran trecho debieron recorrer aquellos jóvenes –Agustín, Juan, Rosario, Juan José– para llegar a ser Yáñez, Rulfo, Castellanos y Arreola.

Cuánto esfuerzo y cuánto tiempo hace falta invertir para formar a una astrónoma como Julieta Fierro, un médico como Ruy Pérez Tamayo, una filóloga como Margit Frenk…

Todas estas metamorfosis admirables y sorprendentes son resultado de enormes esfuerzos personales, por supuesto. Pero son, al mismo tiempo, consecuencias del entorno social en el que estas grandes figuras se formaron y realizaron su obra. Ningún artista, ningún educador, ningún dirigente, ningún administrador, ningún médico, ningún pensador puede prescindir de su entorno social. En el desierto no hay manera de que nada crezca, de que nada florezca. Todos somos resultado de la sociedad en la que nos formamos y en la que trabajamos.

Y no olvidemos que estamos hechos de palabras.

Hace falta comenzar por el principio. Y el principio es el dominio de las palabras que nos forman; de las maneras en que hablamos y escribimos. Pues nuestra lengua tiene una naturaleza doble: nuestra lengua es hablada y es también escrita.

Lo primero que debe preocuparnos es cimentarnos, formarnos como lectores acostumbrados a leer por necesidad y por el placer de leer; a esforzarnos por construir la comprensión de lo que leemos y a comunicarnos por escrito.

Felipe Garrido