Salí con ella un par de veces. Abogada. Trabajaba en el despacho hasta tarde y, una vez que cerraba con llave la oficina, salía a buscarme. Era como una wedding planner de nuestras citas. ¿Cómo le daba la cabeza para organizar tantas cosas? Tenía esa habilidad de construir escenarios para que nosotros, actores dentro de ellos, nos deslizáramos con dulzura.

No eran citas comunes.

La primera fue en una pista de patinaje: ni ella ni yo sabíamos patinar, pero ¿qué importaba? Quizá hacer el ridículo y caerte de culo sea la mejor carta de presentación. La risa se asoma, las apariencias bajan.

La segunda fue en un zoológico, en uno de esos carritos de minigolf, donde los animales te pasan por el rabillo del ojo y uno los alimenta mientras te lamen las manos.

La tercera empezó a parecerse a algo formal. Una cena a la luz de las velas. ¿Formal? No lo sé. Lo que sí sabía era que no podía encontrar en ella algo que no me gustara.

¿A cuántos kilómetros del dulce idilio hay que poner los pies en la tierra y mostrar lo que uno trae en los bolsillos para ofrecer?

Yo tengo esto: un par de monedas, unas heridas medio trabajadas y la discografía entera de Stevie Wonder. ¿Y tú? ¿Estás buscando algo formal? ¿O son solo citas para entretenernos?

No es que necesite saberlo pronto. Es que sí necesito saberlo.

—Te voy a decir algo —me dijo—. He brincado de relación en relación y mi terapeuta esta vez me recomienda que me tome un tiempo, que no apresure nada. Así que, por el momento, podemos seguir saliendo. Me gustas, pero no puedo comprometerme ahora.

—¿Quieres seguir saliendo?

—¿Ves a más personas?

—Sí, algunas veces veo a otras personas.

—¿Quieres seguir saliendo?

—Intentemos —le dije—. Por la noche hablaré con el corazón y a ver qué me dice.

La última cita, sin saber que lo era, decidí llevarla a mi bar de cócteles favorito. Como dinámica propuse que ella eligiera mi trago y yo el suyo.

—Que sea tu favorito —le dije.

—Vale.

Ella me pidió una caipiriña y yo un gin & tonic. Nunca lo había probado. Wow. Está riquísimo.

—Qué bueno que te gusta. Saldré un par de semanas, te marco cuando regrese.

—Hasta entonces.

—Hasta entonces.

Nos mensajeábamos aquí y allá, también por Instagram, hasta que en una historia supe que todo se había ido al carajo. Una foto de ella en un bar con dos tragos. No: con dos gin & tonics. De pie junto a la mesa, unos zapatos marrones se asomaban.

Me importa un bledo si estaba con alguien más. No era eso.

Era el trago.

Era la elección del maldito trago.

No llevas a alguien a tu bar favorito, saludas con confianza al camarero y pides tu trago favorito para alguien más, para que luego esa persona lo comparta con otra persona.

—Es solo un trago.

No. ¿De verdad no lo entiendes?

—Ya no puedo seguir viéndote.

—¿Es por el trago, en serio?

—Sí. Es por el trago y por la negrura que ahora revolotea en mis órganos. Tú y yo necesitamos vacaciones lejos. De esas de dos desconocidos.

Dame unas nubes para acá. Ya no pido más ese trago.

Me he tirado al vodka con jugo de naranja.

Algo sencillo y fácil.

Algo que no le afecte a nadie.

Andrés Uribe Carvajal