

*María Olivera
A esta entrada le acompaña el ensayo de Carolina Rodríguez publicado con Volcánicas[1] y la reciente entrevista de Cecilia Vicuña en Revista Abismo[2], dos momentos de lucidez, el primero a manera de recuento sociopolítico del año y el segundo, como una estrategia para no perder la esperanza en nuestro contemporáneo y reconocer las grietas que puede trazar y sostener el arte ante la (aparentemente inevitable) derechización del mundo.
“El 2025 no fue simplemente difícil, fue un punto de inflexión. El fascismo dejó de ser advertencia para convertirse en práctica cotidiana”, comienza de manera certera el texto de Rodríguez, quien parte de una constatación incómoda pero necesaria. Ha sido un año de políticas explícitas, discursos de odio normalizados y violencias legitimadas desde el poder y las instituciones. La extrema derecha se consolidó como una fuerza organizada que opera tanto en el plano organizacional como en el imaginario colectivo, promoviendo la exclusión, la criminalización de las diferencias y la erosión sistemática de derechos. El autoritarismo dejó de ser una amenaza latente para convertirse en una práctica cotidiana, sostenida por el miedo, el odio y una narrativa de orden que sacrifica vidas en nombre de la seguridad.
Este escenario ha impactado de lleno en la cultura, en las formas de producir sentido y en la posibilidad misma de imaginar futuros distintos. Allí donde el fascismo busca cerrar el mundo, homogeneizarlo y volverlo predecible, el arte aparece como un territorio frágil pero insistente de apertura. Es en este punto donde la entrevista a Cecilia Vicuña adquiere una relevancia particular como una herramienta para habitarla de otro modo. Para sentipensar que hay rumbo posible. La artista chilena propone pensar el arte como una práctica de atención y de cuidado, como una forma de prepararnos para lo desconocido sin ceder al pánico. Frente a un presente marcado por la violencia estructural y la negación de la vida, su trabajo insiste en la creación como acto vital, colectivo y relacional. Las grietas que traza el arte son espacios donde aún es posible sostener la memoria, el afecto y la imaginación política.
Entre el diagnóstico implacable de Rodríguez y la apuesta vital de Vicuña se abre un campo de tensión necesario. Nombrar el fascismo, reconocer su avance y sus múltiples rostros es urgente; pero también lo es no quedar atrapados en la parálisis que produce su omnipresencia. “Primero hay que prepararse en el alma, en el espíritu, porque deprimirse en este momento es muy grave, porque es el momento en que hay que repensar todo lo que hemos hecho, todo lo que estamos haciendo, para admitir esta nueva realidad”, dice Vicuña, y lo anoto aquí porque pienso que, si nos acompañamos en esta propuesta, sobreviviremos, y tendremos una dirección más clara para lo que nos corresponde seguir haciendo el próximo año dentro y fuera del sector cultural de Morelos.
Gracias a los editores por la confianza para la aparición y desarrollo de El trópico observa y a lxs lectorxs que estuvieron presentes. Que el 2026 nos permita construir un mundo libre, amoroso, plural y creativo.

*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

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https://volcanicas.com/2025-el-ano-en-que-el-fascismo-dejo-de-ocultarse/ ↑
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https://revistaabismo.com/entrevista-cecilia-vicuna/ ↑

