

Comenzar por el principio
2/51 Crecí, pues, engañado
Así pues, según dije, nací entre parientes que eran todos lectores. Es decir, todos leían lo que tenían que leer por razones de estudio y de trabajo, para informarse y despejar dudas… y, más allá de eso, todos leían por el gusto de leer: libros de viajes, de misterio, de cocina, de horror y de historia, poesía, cuentos, novelas, biografías… casi todos marcaban en sus libros lo que más les gustaba y lo que les molestaba, las dudas, las molestias, los rencores que el texto despertaba, asuntos que ahora necesitaban conocer más a fondo… y todos, o casi todos –eso cuesta más trabajo– escribían: llevaban diarios, tenían libretas donde apuntaban pensamientos y ocurrencias o copiaban frases o párrafos que les gustaban…
Además de leer, los lectores necesitan escribir. Se contagian de lo que leen. Se acostumbran a dejar constancia de lo que sienten, de lo que saben e imaginan. Se llega a escribir, se aprende a escribir leyendo.
Familias enteras de lectores; familias enormes. La tía Victoria, hermana de mi padre, y su marido, el tío Sotero, eran padres de ocho primos y primas. La tía Esperanza, media hermana de mi madre –la abuela Guadalupe tuvo cinco maridos y de todos tuvo al menos un hijo. Hoy la recuerdo con especial cariño porque hoy que estoy escribiendo es 12 de diciembre. Enterró a cuatro. El cuarto escapó con vida: se sumó a la tropa de Villa en alguna de sus varias tomas de Torreón. Así que mi madre y mi tío Pepe, hijos del quinto de los maridos de la abuela, el abuelo José, que fue ferrocarrilero, tenían muchos medios y medias hermanos y hermanas, y todas y todos se llevaban bien. Todas y todos eran lectores naturales; es decir, también escribían y los que aún viven –creo que no son los sino las, ya quedan sólo mujeres– siguen escribiendo.
En ese entorno crecí, pues, engañado, creyendo que todas y todos en el mundo leían y escribían.

Vine a descubrir que no era así en 1965, cuando comencé a dar clases de literatura y de etimologías en la preparatoria donde yo mismo había estudiado, el Centro Universitario México, una escuela de maristas donde todos mis maestros –unos eran hermanos y otros laicos—, incluido Alberto Godínez, quien enseñaba geografía y era el entrenador de la selección de futbol –una selección de la que formé parte al lado de Carlos Albert, los dos Regueiro, la Calaca González, los dos Valtonrrá… la mitad de la selección de México en el mundial del 70…– Los hermanos y los laicos, pues –vuelvo a nuestro tema–, todos mis maestros eran todos lectores.
Como ya lo anuncié, cuando llegó el día en que comencé a dar clases no sucedió lo mismo con mis alumnos.
Mis grupos eran de –uno más uno menos– cincuenta muchachos, todos ellos responsables, formales, serios, buenos estudiantes, muy bien alfabetizados… Todos muy conscientes de que estaban allí porque sus padres se habían esforzado para que dos años después pudieran tener acceso a alguna universidad, a alguna institución de educación superior…
Pero no todos eran lectores.
De los cincuenta –así fue siempre– sólo tres eran de veras lectores. Es decir, únicamente tres leían por el gusto de leer y sólo tres comenzaban a escribir, más allá de las razones meramente utilitarias, por el placer de hacerlo. Sólo tres se daban cuenta de si entendían o no entendían lo que estaban leyendo.
Alguien que está meramente alfabetizado no es un lector –ya me ocuparé, muy pronto, del daño que nos hicieron y nos siguen haciendo las campañas de alfabetización–. En principio, ese alguien ni siquiera se da cuenta de si está o no está entendiendo algo porque no lee para entender, sino para repetir a ciegas lo que vea escrito. Si uno se lo pregunta, a veces puede incluso alzarse de hombros y contestarnos “pues no sé qué sea, pero eso es lo que dice aquí”.
Desde 1921, cuando José Vasconcelos lo fundó, nuestro sistema educativo ha estado orientado más hacia la alfabetización de los alumnos que hacia la formación de lectores que entiendan lo que leen y sean capaces de escribir.
Hace ocho o diez años había en México 30 millones de alfabetos no lectores. Esta es la población con la que trabajamos quienes nos dedicamos a la “promoción de la lectura”, que yo preferiría llamar la “formación de lectores capaces de escribir”… Había, pues, treinta millones de alfabetos no lectores y cuatro millones de lectores; de gente que está consciente de que sin comprensión no hay lectura y que es capaz de escribir con claridad y corrección.
Hoy en día estas cifras deben ser peores –no las tengo a la mano, pero es muy posible que alguno de ustedes las conozca.
Para nada necesitamos tener en el estado ni el país más alfabetos no lectores. Lo que nos hace falta son más lectores que entiendan lo que leen y que sean capaces de escribir.

Foto: Cortesía

