

Los antecedentes de la expresión que hoy conocemos como videomapping son antiquísimos. Y aunque la humanidad se ha fascinado desde siempre con los juegos de luces y las sombras que pueden proyectar, el primer registro formal sobre el que hay consenso es de hace más de dos mil años, cuando se empezaron a usar las que conocemos como sombras chinescas, por su origen en el lejano oriente. Allá por el siglo XV, en Europa se hablaba de la Linterna Mágica, un aparato para proyectar imágenes pintadas sobre placas de vidrio que eran colocadas en una cámara negra que tomaba luz de una lámpara de aceite.
Pero la disciplina del videomapping empezó a tomar forma en la segunda mitad del siglo XX con experimentos como la Mansión Embrujada de Disneyland en 1969, que proyectaba rostros en bustos tridimensionales para dar la ilusión de que cobraban vida. Luego la incorporación de las computadoras y los proyectores digitales permitió proyecciones mucho más complejas.
Lo atractivo de la disciplina que combina a la perfección el conocimiento tecnológico y la creatividad artística la volvió realmente popular en este siglo. En el 2005 se celebró el primer Mapping Festival en Ginebra, que colocó al videomapping como una forma de arte audiovisual que se utiliza lo mismo para publicidad, arte urbano, festivales, y elaboraciones narrativas de lo más diverso.
En paralelo, los manuales de comunicación alternativa proponen la proyección de imágenes sobre fachadas públicas como forma de difundir discursos que no encuentran eco en los medios tradicionales. La facilidad de proyectar sobre grandes paredes mensajes fuera de la corriente popular de opinión, convierte a las proyecciones también en una forma de arte efímero, pero profundamente revolucionario.
Todos estos usos, sin duda, reconocen el enorme poder del videomapping para llevar contenidos a grandes audiencias. Su uso entonces como vehículo de comunicación masiva es innegable; aunque gran parte de su éxito dependerá de los espacios de proyección, además de la estructura y estética en la presentación de los mensajes.
El videomapping que se recuperó este fin de semana en la zona arqueológica de Teopanzolco y que será el cotidiano en el estado, y los que se han proyectado ya como eventos en festivales organizados por el Ejecutivo de Morelos (de la Nochebuena y Miquixtli); contienen no solo el componente de los mejores espacios de proyección -la fachada de Palacio de Gobierno y la pirámide de Teopanzolco son superficies privilegiadas para proyecciones-, también incorporan una estética impactante, y un discurso bien estructurado y atractivo sobre la historia de Morelos, esa que a menudo desconocemos aunque estamos rodeados de ella.

Más allá de los muy válidos lugares comunes respecto al encuentro de nuestro remoto pasado (la pirámide que empezó a edificarse hace casi 900 años), y la tecnología actual; y la suma de atractivos turísticos para una estancia más atractiva en Morelos; el videomapping en Teopanzolco tiene una función educativa, cultural, identitaria. Esta utilidad lo convierte, sin duda, en un espectáculo imperdible que combina el entretenimiento con la formación, ambos muy escasos en Morelos desde hace muchos años.


