

Si algo le costó mucho al desarrollo y la sociedad de Morelos desde la descomposición del final del siglo pasado hasta hace un año y medio fue el colocar el cálculo e interés personal y partidista por encima de la práctica política, esa que es diálogo, concesión y construcción de acuerdos para procurar el bien común.
Los desacuerdos y desencuentros entre facciones, la apuesta al fracaso de los otros, los rencores y enconos, los círculos de corrupción, el amafiamiento de pequeñas cofradías, fueron factores que permitieron no solo el fracaso de la gestión pública en los tres Poderes del estado, la mayoría de sus órganos autónomos y de los ayuntamientos, sino también la penetración de estructuras criminales en las de poder público, algo mucho más grave y delicado.
Los morelenses extrañaron durante dos décadas la práctica de la política en su expresión más positiva y se fastidiaron de las grillas, conspiraciones, campañas negras, mentiras, intrigas palaciegas y todas las demás bajezas que algunos confunden con práctica política. El rechazo a estas prácticas no derivaba tanto de su estridencia, a la que la tradición morelense está bastante acostumbrada; sino de la falta de resultados y el deterioro institucional que conlleva la renuncia absoluta a construir políticas de Estado.
Después de años de elegir mayormente grillos en lugar de políticos, en el 2024 el electorado morelense apostó por el arraigo, pero también por la templanza y proclividad al diálogo de muchos de los cuadros que se postularon a cargos de elección popular. Los resultados comenzaron a notarse porque los pleitos e intrigas quedaron atrás para empezar a construir juntos, primero entre el Ejecutivo y Legislativo, y luego con el judicial y muchos órganos autónomos, un modelo de Estado diferente, que ha permitido recuperar la esperanza de un desarrollo ordenado en que quepan todos los morelenses.
Si bien es incuestionable el liderazgo del Ejecutivo, a través de la gobernadora Margarita González Saravia en esta nueva etapa de acuerdos; ha sido clave para el éxito la gestión en el Congreso, en donde las y los diputados pusieron a un lado el cálculo partidista para construir acuerdos que han cambiado poco a poco el rumbo del estado.
Si bien aún hay pendientes muy importantes, como la despenalización del aborto y el reconocimiento al municipio indígena de Tetelcingo; debe reconocerse que se ha avanzado mucho en la construcción de un andamiaje jurídico y administrativo que permiten una más eficiente labor de los cuerpos policiales, dan la esperanza de un mejor sistema de justicia, transforman la administración pública estatal para volverla más ágil y cercana a la gente, entre otros.

Las y los diputados han cumplido con su trabajo superando con ello a cuatro anteriores legislaturas en las que el conflicto era moneda de cambio que permitió la construcción de sospechosas fortunas, pero no de un mejor estado. Por supuesto que, bajo los antecedentes, vale la pena un reconocimiento a cada una de las legisladoras y legisladores.
Pero el reconocimiento no es permanente ni completo. Los pendientes legislativos son importantes y cada día que pasan significan uno más de negar a grandes grupos de morelenses acceder a sus derechos.
La ciudadanía debe ser más vigilante y exigente sobre todo ahora que, por el calendario político que sumirá a la mayoría de las y los diputados en precampañas y campañas electorales, es probable que el diálogo se vuelva cada vez más difícil, encuentre más obstáculos, y el Congreso vuelva a ser el batidillo al que nos acostumbraron por décadas.
Continuar la construcción de acuerdos para un mejor Morelos es obligación de la LVI Legislatura durante todo su periodo, no solamente cuando convenga a sus agendas partidistas y personales. Y sobre eso, la ciudadanía tiene mucho qué decir, hacer y sobre todo vigilar.


