Las fronteras y los muros suelen aparecer en las noticias como cosas obvias. Están ahí, se levantan o se refuerzan, se llenan de cámaras y militares. Sin embargo, un muro nunca es solo ingeniería ni solo “seguridad”. Es una manera de ordenar el mundo, de trazar quién entra, quién sale y, sobre todo, quién cuenta. Aquí algunas notas.

En la discusión académica sobre fronteras se ha insistido en distinguir tres palabras que usamos casi como sinónimos: límite, borde y frontera. El límite es la línea, el trazo en el mapa que separa formalmente un territorio de otro. El borde es la franja pegada a esa línea, la región inmediata donde se vive a diario la cercanía con “el otro”. Y la frontera es algo todavía más complejo: no solo la raya ni su entorno, sino un proceso social de clasificación, de control y de imaginación política.

Georg Simmel lo formulaba con mucha claridad: el límite no es primero un dato geográfico con consecuencias sociales, sino al revés, un hecho social que toma forma en el espacio. Primero se decide quién pertenece y quién no. Después se dibuja la línea. El muro es solo la cristalización material de una decisión previa sobre los vínculos que queremos cortar o administrar. Investigaciones históricas sobre murallas antiguas muestran que, incluso cuando prometían protección absoluta, siempre funcionaron como filtros, zonas de paso negociado, nunca como barreras herméticas.

De ahí que la frontera, en la teoría contemporánea, ya no se piense únicamente como borde rígido del Estado, sino como centro de relaciones. Autores como Sandro Mezzadra y Brett Neilson han hablado de la frontera como un lugar donde se concentran tensiones: controles, trámites, violencias, pero también intercambios, traducciones culturales, economías informales. Claude Raffestin la describe como un nodo de redes que conectan múltiples territorios. Es decir, la frontera no solo divide, también organiza flujos y los vuelve legibles para el poder.

A esa dimensión espacial se suma una dimensión simbólica. Étienne Balibar propone ver la frontera como un mito político: un relato que mezcla territorio e identidad para decir quiénes “somos” y quiénes quedan fuera. La línea estatal no solo separa pasaportes, también reparte dignidad, derechos, posibilidades de futuro. Por eso las fronteras importan tanto en las discusiones de ciudadanía, migración y pertenencia: ahí se decide quién puede ser sujeto político y quién queda como cuerpo descartable.

Saskia Sassen, por su parte, ha insistido en que las fronteras le dan orden al caos de la vida social. Hacen visible un “adentro” y un “afuera” que parecen naturales, cuando en realidad son construcciones históricas. De ahí el peso afectivo que tienen los mapas, los himnos y los relatos de patria: no solo describen un espacio, lo cargan de sentido y lo vuelven sagrado. Defender la frontera, en ese lenguaje, ya no es vigilar un trámite: es defender algo casi espiritual.

La identidad se entrelaza con todo esto. Durante mucho tiempo se pensó como un núcleo fijo, casi esencial, de rasgos culturales. Hoy sabemos que es más bien un sentimiento de pertenencia que se construye en la relación con otros grupos. Se alimenta de ciertas piezas clave: una herencia común, una historia compartida, símbolos religiosos o laicos, un repertorio de tradiciones, una memoria colectiva que distingue héroes, derrotas y traiciones. Las fronteras ayudan a ordenar todos esos elementos. Marcan hasta dónde llega el “nosotros” y dónde empieza el “ellos”.

Desde esta perspectiva, las fronteras no son solo líneas: son máquinas de producir identidades. Cuando se levantan muros, cuando se refuerza un punto de control, cuando se cambia el régimen de visas, también se está reescribiendo quién cuenta como vecino, como extranjero, como amenaza o como aliado. Esa reescritura no ocurre solo en los documentos oficiales, también en las narrativas, en las series, en los libros escolares, en la prensa local.

Hay otro giro importante en la teoría reciente: dejar de ver la frontera como algo fijo y pensarla como algo móvil. Thomas Nail habla de la “fronterización” como una práctica: los Estados mueven la frontera hacia afuera y hacia adentro, externalizan controles migratorios en otros países, crean zonas de espera, centros de detención, corredores humanitarios, filtros digitales. La línea ya no es solo la aduana, son también los algoritmos que deciden quién puede llenar un formulario, quién obtiene una cita, quién aparece como “riesgo”.

Esto nos lleva a una paradoja que señala Wendy Brown: en nuestra época de globalización, muchos muros estatales funcionan como símbolos de soberanía en crisis. Frente al sentimiento de pérdida de control sobre la economía, la información o los flujos migratorios, los gobiernos levantan barreras que tranquilizan a una parte de la población, aunque en la práctica no detengan del todo los movimientos que prometen frenar. Los muros se vuelven escenografía de orden y seguridad frente al miedo, aun cuando sabemos que las rutas se desplazan y las violencias se profundizan.

Gloria Anzaldúa hablaba del borde como un tercer espacio que no es ni aquí ni allá, un lugar hecho de ambigüedad, conflicto y creatividad. Quienes viven y migran en regiones fronterizas habitan ese borde: cambian de lengua, reinventan oficios, negocian identidades, transforman la cultura a cada paso. No son solo víctimas de la política fronteriza, también son productores de sentido y de comunidad en medio de las fisuras del sistema.

Pensar las fronteras desde estas claves teóricas no es un lujo académico. Nos ayuda a desmontar la idea de que todo se resuelve con más muro, más vigilancia o más tecnología. Obliga a preguntar qué desigualdades, qué miedos y qué disputas de identidad se están jugando cuando se decide construir una barda o endurecer un trámite. Y abre la posibilidad de imaginar políticas que no se limiten a administrar el daño, sino que reconozcan la humanidad y la agencia de quienes cruzan, esperan y resisten.

Al final, cada muro es al mismo tiempo espejo y síntoma. Refleja lo que una sociedad no quiere ver de sí misma y revela hasta qué punto está dispuesta a sacrificar vidas ajenas para conservar una sensación frágil de seguridad. Pensar la frontera como límite, borde e identidad ofrece una brújula: nos recuerda que lo que está en juego no es solo el mapa, sino el tipo de comunidad política que queremos ser.

*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Foto: Getty Images

Víctor Villarreal Cabello