

Un anhelo insatisfecho
El próximo día 10 de diciembre, se conmemora la adopción, en el año 1948, en la ciudad de París, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por desgracia, esa prefiguración del modelo de convivencia de la sociedad moderna sigue siendo un anhelo, más que una realidad.
Terminada la segunda guerra mundial, y teniendo presente las atrocidades cometidas por la irracionalidad humana, entre otras, la masacre de Nankín (1937-1938), donde el ejército japonés mató a más de 200,000 civiles chinos; la “marcha de la muerte” de Bataán (1942), con miles de prisioneros filipinos y estadounidenses ejecutados; el bombardeo de Dresde (1945); el Blitz sobre Londres (1940-1941), y señaladamente la creación de los campos de exterminio nazis y el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki (agosto de 1945), las cuales causaron la muerte inmediata de 200,000 personas, y una secuela interminable de sufrimiento humano, la Asamblea General de la recién creada Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyo objetivo era preservar la paz mundial, estableció en 1946 un comité de redacción para preparar un borrador de dicha Declaración Universal de los Derechos Humanos, para con ello complementar la Carta Constitutiva de la ONU.
Para este efecto, el comité fue presidido por Eleanor Roosevelt, y en el que participaron, entre otros representantes de países, René Cassin de Francia, Charles Malik de Líbano, John Humphrey de Canadá, y Peng Chung Chang de China. El primer borrador de la Declaración Universal de los Derechos Humanos lo redactó el jurista francés René Cassin, basado en parte en el trabajo de John Peters Humphrey, director de la División de Derechos Humanos de la Secretaría de la ONU.
La estructura del primer borrador de la Declaración y su marco normativo estuvo inspirada en el Código Napoleónico, que inicia con un preámbulo seguido de principios generales. En dicho borrador, René Cassin se aseguró de incluir tanto derechos civiles, como derechos económicos y sociales. Por su parte, Eleonor Roosevelt jugó un importante papel, coordinando a delegados de 18 países en la redacción del documento. Presidió más de 3000 horas de deliberaciones, buscando consensos en materia de derechos civiles, políticos, económicos y sociales, lo cual no fue fácil, en razón de las diferencias culturales y políticas de los países. Trabajó con mucho cuidado las reticencias de no pocos países, incluido México, de que la Declaración atentara contra su soberanía, amén de lo formulado en determinados artículos del documento, en cuanto a temas de derechos políticos y sociales. En su función diplomática, Eleonor Roosevelt buscó encontrar lo que unía a los países, enfatizaba valores universales compartidos, y reiteró la importancia de prevenir atrocidades como las ocurridas años atrás.
Como resultado de este esfuerzo, se presentó el documento final, conformado por 30 artículos, a la Asamblea General de la ONU, calificándolo como la «Carta Magna de la Humanidad«, y se adoptó y proclamó en la resolución 217 A (III) del 10 de diciembre de 1948.

Señalaba en su primer considerando que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Previo al listado de los artículos de la Carta, el texto señala que la Asamblea General
“Proclama la presente Declaración Universal de Derechos Humanos como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción”-
A 77 años de dicha proclamación, sobra evidencia de las dificultades para que se haga realidad en la práctica. Baste señalar los actuales conflictos como el genocidio de Gaza, la artificialmente provocada guerra de Ucrania, y la guerra civil en Sudán, todas ellas acciones promovidas y respaldadas por los países dizque más desarrollados del mundo.
Pero ¿qué puede explicar que siga existiendo el sinsentido de la guerra y de la violación de los derechos humanos en el mundo? Una rápida respuesta es recurrir al hecho de la fragilidad existencial e imperfección de la condición humana, la cual motiva conductas agresivas de distintas expresiones y dimensiones. Esa conciencia de la vulnerabilidad personal y colectiva bien puede explicar la agresión a los demás, como mecanismo de defensa y protección de la propia vida. La psicología y la biología humana dan sin duda mucha luz sobre la causa de la violencia.
Por otra parte, una visión más desde la sociología, la política y la economía, también es fuente de explicación de por qué no podemos vivir en un marco generalizado y permanente de respeto y goce de los derechos humanos. La pobreza y la desigualdad social, cada vez más agudizada, a pesar de los avances científicos, impiden el acceso a los bienes universales de educación, salud y desarrollo personal. Males generalizados también, como la corrupción, la impunidad y la fragilidad de las instituciones permiten el abuso y la ruptura del tejido social básico que se requiere para convivir.
Mucho falta para vivir en paz en nuestras sociedades, por lo que debemos de seguir generando conciencia y practicando conductas que nos acerquen un poco más a un ideal civilizatorio.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Imagen: humanium.org

