

Las palabras que dejan cicatrices
Las palabras no solo hieren el alma: también alteran la arquitectura del cerebro. En la infancia y la adolescencia (etapas en las que las conexiones neuronales están en plena construcción), el lenguaje que reciben los niños y adolescentes moldea literalmente su manera de pensar, de sentir y de verse a sí mismos. Por eso, cuando las palabras que escuchan están cargadas de humillación, burla o desprecio, no solo se lastima la autoestima: se lesionan procesos neurológicos vinculados al aprendizaje, la regulación emocional y la identidad.
Durante los primeros años de vida, el cerebro humano tiene una plasticidad extraordinaria. Las experiencias, positivas o negativas, determinan qué conexiones neuronales se fortalecen y cuáles se debilitan. En ese contexto, el lenguaje funciona como un cincel, donde cada palabra, cada tono, cada gesto verbal deja una huella.
Cuando un niño escucha frases como “no sirves para nada”, “eres un tonto” o “me das vergüenza”, su cerebro interpreta esas palabras como una forma de amenaza. La amígdala cerebral, encargada de procesar el miedo y el peligro, se activa de inmediato y libera cortisol, la hormona del estrés. Si esto ocurre de manera constante, el sistema nervioso se acostumbra a vivir en alerta y comienza a ver el entorno como un lugar hostil.
La neurociencia ha demostrado que los niños sometidos a un ambiente verbalmente agresivo muestran mayor reactividad emocional, dificultades para concentrarse y menor desarrollo del hipocampo, región clave para la memoria y el aprendizaje. En otras palabras, un entorno de humillación no solo hiere los sentimientos, sino que limita las capacidades cognitivas.
Las palabras repetidas con frecuencia se vuelven verdades internas. Así funciona el aprendizaje emocional. Cuando un niño crece escuchando mensajes que lo desvalorizan, el cerebro registra esa información como una especie de “programa base”. En la adolescencia, cuando el sistema límbico (emocional) tiene más peso que la corteza prefrontal (racional), esas creencias pueden transformarse en inseguridad, ansiedad, aislamiento o conductas de autoexclusión.

Un adolescente que fue etiquetado como “flojo”, “problemático” o “malo” tenderá a actuar en congruencia con esas etiquetas. Es lo que la psicología denomina profecía autocumplida. Su cerebro, condicionado por experiencias tempranas de desprecio, reacciona buscando confirmación de lo que se le dijo que era.
Los estudios sobre neuroplasticidad, especialmente los de Daniel Siegel y Bruce Perry explican que las experiencias repetidas se convierten en rutas neuronales dominantes. Si lo repetido es el maltrato verbal, la persona termina interpretando el mundo desde el lente del miedo o la vergüenza. Así, lo que comenzó como una frase lanzada en un momento de enojo puede transformarse en una creencia que persiste toda la vida.
A diferencia del maltrato físico, el daño causado por las palabras no deja moretones, pero sí cicatrices neuronales y emocionales. Diversos estudios con imágenes cerebrales han mostrado que los insultos o la humillación activan las mismas zonas del cerebro que responden al dolor físico. Por eso, cuando alguien dice “me dolieron sus palabras”, no está hablando en sentido figurado: es una descripción literal de lo que ocurre en el cerebro.
La humillación también genera una sensación de indefensión aprendida: el niño o adolescente comienza a creer que no puede cambiar su situación, que cualquier esfuerzo es inútil. Esa sensación, mantenida en el tiempo, es la antesala de la depresión.
En muchos casos, los adultos que utilizan palabras degradantes no lo hacen con intención de dañar. Reproducen lo que vivieron en su propia infancia, creyendo que el miedo o la vergüenza son formas efectivas de disciplina. Pero el cerebro infantil no distingue entre un “regaño para educar” y un “ataque para humillar”. Solo registra la emoción negativa y aprende a defenderse emocionalmente cerrándose o agrediendo.
En la adolescencia el cerebro vive una “remodelación” intensa. Las conexiones que no se usan se eliminan, mientras que las experiencias con fuerte carga emocional se consolidan. Por eso, una palabra humillante puede quedarse almacenada con una intensidad desproporcionada.
Además, el adolescente busca construir su identidad y necesita espejos sociales que le devuelvan una imagen de valía. Cuando en lugar de ello recibe insultos o burlas, el desarrollo de su autoconcepto se deforma. La humillación en esta etapa suele estar asociada con trastornos de ansiedad, conductas autodestructivas o búsqueda de aceptación en grupos de riesgo.
La psicología del desarrollo ha identificado un patrón claro: los adolescentes que crecieron bajo lenguaje hostil o degradante tienden a presentar hiperactivación del sistema de defensa y una baja tolerancia a la frustración. Esto explica por qué reaccionan con ira, silencio o desafío. No son “rebeldes por naturaleza”, sino cerebros que aprendieron a sobrevivir emocionalmente.
Si las palabras destruyen, también pueden sanar. La buena noticia es que la neuroplasticidad no desaparece; ya que el cerebro puede reconstruirse cuando recibe estímulos de afecto, respeto y reconocimiento.
Un elogio sincero, una corrección con empatía o una conversación donde el adulto escucha sin juzgar activan la oxitocina, la hormona del vínculo. Esta sustancia calma la amígdala, reduce el cortisol y fortalece los circuitos del bienestar. En otras palabras, el cariño expresado con palabras repara el daño que dejó la humillación.
Educar con respeto no significa renunciar a la autoridad, sino ejercerla desde la dignidad. Significa decir “esto que hiciste está mal” sin decir “tú eres malo”. Significa corregir sin humillar, guiar sin aplastar, y recordar que cada palabra se convierte en materia prima del cerebro que escucha.
La sociedad actual necesita una pedagogía de la palabra. Las escuelas, las familias y los medios de comunicación deberían asumir que el lenguaje es un instrumento de salud mental. Cada vez que un niño es insultado, no solo se hiere a una persona: se debilita el tejido emocional de toda una comunidad.
La educación emocional no se limita a enseñar a los niños a controlar sus emociones, sino también a enseñar a los adultos a usar el lenguaje como herramienta de construcción. Las palabras amables no son una muestra de debilidad, sino de inteligencia afectiva.
Los niños recordarán más cómo los hicimos sentir que lo que les dijimos. Y cuando esas palabras sean justas, cálidas y respetuosas, no solo habrán aprendido una lección: habrán fortalecido su cerebro para toda la vida.
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*DDP José Luis Jaimes Olmos.
Consejero Jurídico del Tribunal Unitario
de Justicia Penal para Adolescentes.

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