De la crítica a la universidad, a una universidad crítica

 

A: GZ

En México podemos afirmar que existen dos problemas complejos que quizá se puedan atenuar, pero, en definitiva, no se pueden resolver. Problemas sin solución posible a la vista, y que según revelan las tendencias van a seguir empeorando. El primero es el tráfico urbano y el segundo la educación superior. Ser poseedores de un automóvil y de un título universitario, (o al menos aspirar a tenerlos), son los rasgos característicos de todo universitario escolarizado, que se precie de estar bien enrolado en la cultura del progreso capitalista. El automóvil y el título son signos inequívocos de estar correctamente enganchados en la acumulación primaria del capital curricular. Hace algún tiempo, lo eran el título nobiliario y el caballo.

Lograr obtener un buen empleo en las pirámides trepadoras, públicas o privadas, es el siguiente eslabón, en la eficaz cadena que nos incorpora a esa truculenta clase del asalariado universitario moderno. El homo mediocris habilis. Personaje que se concibe a sí mismo como un infatigable trepador en las jerarquías de la obediencia. Experto en simulación de saberes y mercadotecnia del tener un puesto. Una nueva especie en la evolución darwiniana. Especializada en acumular capital curricular y garantizar de esta manera, su condición de consumidor compulsivo e insaciable. Un esclavo satisfecho, con grilletes digitales tersos y acolchonaditos. Pero eso sí, por sólo: ¡cuarenta horas a la semana, año sabático y weekend! Ventajas típicamente progresistas. Finalmente, un súbdito convencido y feliz de ejercer “con toda la libertad neoliberal posible”, su propia servidumbre voluntaria.

Tener un coche con chofer a la puerta, es lo natural para estos hábiles impostores que de tiempo completo ejercen un puesto de dirección, dan clases en prestigiosos posgrados, presentan ponencias en congresos internacionales, pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores, que no investigan, pero que si son amamantados por la ubre del dinero público. Su ocupación principal consiste en llenar formularios y cumplir los trámites estatutarios para subir al siguiente nivel. A cambio, reciben un buen salario y sustantivos premios y reconocimientos. Esta nueva especie de hábiles trepadores, que pagan el precio de la fama y ejercen la autoridad, no sólo sobre la multitud de ignorantes, sino lo que es más curioso, la ejercen también sobre sus propios y sumisos colegas de escuela, instituto o centro de investigación científica.

La ineptitud trepadora se convierte, como por ensalmo, en prestigiosa virtud en la sociedad del espectáculo. Dónde lo importante no es la obra y lo que nos dice y aporta, sino el personaje representado por el autor y el número de citas acumuladas en el citation index. La representación se impone por sobre la realidad. La simulación por sobre la capacidad. Las apariencias y la fama privan por encima del ser en el mundo, para crear un mundo en libertad.

Todos somos iguales, es una consigna ampliamente aceptada en la cultura política progresista de nuestros días. Pero unos somos más iguales que otros, dice de manera velada la conciencia vergonzante de los universitarios en el poder.

Tener un título y una cédula como patente de corso, nos da derecho a nadar y enseñar a nadar, sin haber pasado nunca por el agua. Pero eso sí, respaldados por un título de licenciado en natación, con mención honorífica por haber logrado, como notable hazaña, nunca mojarse los pies.

La educación superior y las universidades donde se imparte, representan entonces, un mecanismo de asignación de privilegios, bajo el piadoso disfraz de la igualdad de oportunidades. Pero los universitarios privilegiados nos incomodamos ante esta condición de privilegio, con un resquemor derivado de nuestro afán igualitario. Si un título confiere privilegios, suponemos, es porque dichos privilegios son justamente generalizables. Según esta tranquilizadora creencia universitaria, todos podemos llegar a tener un auto y un título si nos esforzamos lo suficiente. La contradicción es evidente, pues suponer que todos pueden pertenecer a la minoría privilegiada. Resulta un sinsentido por definición imposible.

La tarea de estos universitarios progresistas consiste en ayudar a convertir a los pobres indígenas marginados, “que no saben lo que quieren ser”, en lo que nosotros, los universitarios titulados, sí sabemos lo que deben ser. Esto es, convertirlos en sujetos de crédito bancario, a cambio de créditos académicos derivados de una prolongada trata escolar. También debemos lograr que ingieran una dieta artificial, pero eso sí “balanceada”. Lograr que vayan con regular frecuencia al gimnasio. Que aprendan a “curarse” con medicinas de patente, hasta convertirse en pacientes pasivos, capaces de obedecer a ciegas, para nacer y morir en hospitales.

Enseñarles a ser usuarios resignados de viviendas de interés social a donde llegan a dormir, todas las noches, al lado de sus preciados autos. Convertir a los pobres finalmente, en usuarios de internet, teléfono celular y tarjeta de crédito… ¡Esta es la misión histórica de la tribu de los universitarios, dicha tarea es lograr que los pobres, dejen de ser pobres y se conviertan en… (redoble de tambor): universitarios progresistas! Cínicos trepadores y conspicuos consumidores.

Braulio Hornedo Rocha