

Estética del cuidado
*María Olivera
Desde los años 60, el concepto de cuidado ha adquirido una presencia notable en los discursos del arte, especialmente en el trabajo artístico hecho por mujeres que dividen su tiempo entre lo laboral, lo creativo y lo personal. En el contexto del arte, se habla de procesos sensibles, de espacios seguros, de la importancia de la escucha y de la atención hacia las personas que participan en los programas culturales, además los museos han comenzado a integrar talleres, actividades comunitarias y estrategias de mediación que buscan responder de manera más puntual las necesidades de sus públicos. Sin embargo, este interés creciente invita también a reflexionar sobre el lugar desde el cual se articula el cuidado dentro de estructuras institucionales complejas.
Las instituciones culturales –como ocurre en muchos sectores– enfrentan tensiones internas que atraviesan su funcionamiento cotidiano: presupuestos limitados, cargas laborales demandantes, procesos administrativos extensos. En este contexto, el equipo de custodixs que está al frente en el día a día, suele tener un papel fundamental en la construcción de experiencias basadas en el cuidado pues son quienes acompañan a lxs visitantes, diseñan espacios de diálogo y facilitan encuentros significativos con las obras y con las comunidades.
Esta situación genera una pregunta importante: ¿cómo se vive el cuidado dentro de instituciones que a veces no cuentan con las condiciones más favorables para quienes trabajan en ellas? No se trata sólo de una contradicción, sino de una oportunidad para pensar de manera más profunda en la coherencia entre lo que se promueve hacia afuera y lo que se experimenta al interior. Este cuestionamiento busca abrir un espacio de reflexión sobre la posibilidad de fortalecer prácticas laborales más saludables, horizontales y sostenibles.
Hablar de cuidado en el ámbito institucional implica considerar el cuidado como una guía ética, más que un programa aislado, que atraviese todas las áreas: desde la toma de decisiones hasta los ritmos de trabajo, desde la comunicación interna hasta la relación con artistas y públicos. Esto requiere reconocer las tensiones existentes y, al mismo tiempo, imaginar formas de relación que fomenten bienestar, escucha y colaboración.

En un país donde la violencia afecta la vida cotidiana, pensar el cuidado desde el arte puede ofrecer un marco valioso para fortalecer vínculos y poner atención a las necesidades reales de las personas. Las instituciones culturales tienen un papel significativo en este proceso: pueden convertirse en espacios que, más allá de su misión educativa o estética, promuevan relaciones basadas en la empatía, el respeto y la dignidad. Reconocer este potencial es un primer paso para avanzar hacia prácticas más coherentes, sostenibles y resonantes con el contexto social en el que están insertas.

*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

