

A /
La muerte
Una tarde, Ramón el Cojo murió. Los días siguientes la cantina tuvo un aire fúnebre y todos vieron mal que una noche el marinero fuera hasta la rocola, pusiera una cumbia y comenzara a contonearse —más bien con torpeza, porque no era un buen bailarín y porque había bebido más que de costumbre.
Cuando el marinero lo advirtió, se sentó en una mesa al centro.
—Una vez, —dijo en voz alta— a un hombre que viajaba por tierras extrañas se le acabaron los billetes y fue con un prestamista. Mientras hablaban, se escucharon quejidos y llantos en la casa de al lado.

«—Allí viven unos paisanos tuyos —le dijo el prestamista—, y se les acaba de morir un abuelo. No entiendo por qué lloran tanto.
«—Así acostumbramos en mi tierra —contestó el hombre—, Si alguien muere, lo lloramos a gritos, porque nos duele perderlo y porque tenemos miedo de nuestra propia muerte.
«—Y, ¿qué hacen cuando alguien nace?
«—Nos da mucho gusto y lo celebramos con una fiesta.
«—Si eres de esos que se alegran cuando reciben prestado y lloran cuando tienen que pagar, mejor no te presto nada —repuso el prestamista y guardó el dinero que había sacado.
» El marinero volvió la vista a su derredor, muy ufano, y en seguida supo que nadie lo había comprendido.
—La vida —explicó— la tenemos prestada y un día se nos pide de vuelta. No hay que llorar más de la cuenta.
—¿Cómo puedes? ¿Cómo te atreves? —dijo Marta y lo miró con los ojos húmedos.
—Olviden el pasado. No teman el futuro. Vivan solamente en el presente. Viajen ligeros de corazón —dijo el marinero, se trepó a la mesa y siguió hablando—: Nadie, nadie se muere de la muerte; todos morimos de la vida, no es…
—¿A Ramón? ¿No vas a llorar a Ramón? —lo interrumpió con rabia el carnicero…
—Busquen el silencio. Pongan su mente en blanco. —nos… —dijo el marinero con emoción creciente, pero el cantinero desconectó la rocola, apagó las luces y se metió a la cocina para llorar a gusto, mientras todo el mundo salía a la calle.
B /
Encuentro
Elizabeth Antúnez Tercera cerró la puerta que daba al patio, pero no la ventana, ni corrió las cortinas. Tendido en la cama, el marinero siguió viendo la noche estrellada hasta que la muchacha le cubrió el rostro con el suyo.
—El amor verdadero no tiene motivos —dijo ella después, cuando deshicieron el nudo de sus cuerpos, que nunca habían sido tan hermosos, libres de vanidad y de pudor-. Todo es en favor del amado, todo busca su placer. Nada te pido, porque el amor que se da a cambio de algo es impuro.
—La función del amor es unirnos —dijo el marinero, que rara vez sabía quedarse callado— y la del conocimiento es iluminarnos. El conocimiento es útil, pero el amor es esencial. El conocimiento no puede mover a nadie, pues el conocimiento nos ayuda a decidir lo que es correcto, pero no cambia nada. El amor, en cambio, nos transforma. Si no hay conocimiento… —pero ya Elizabeth había aprendido que hay un tiempo de callar y besó de nuevo al marinero, para que no hablara más.
* Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

