

Para Platón, la belleza de la mujer no es solo física, desde su concepción se trata de una manifestación visible de algo superior: el mundo de las Ideas argumentaba que la mujer bella despierta en el observador un anhelo de perfección y por tanto la belleza femenina funciona como un puente hacia la Belleza Ideal, es decir, la forma más alta del Bien, no se trata de un elogio físico, sino espiritual: admirar la belleza de una mujer debía conducir al filósofo a reflexionar sobre la esencia de lo bello en sí. Esta visión de percibir la belleza femenina como algo divino se ha visto reflejada desde las civilizaciones más antiguas donde se les coloca desde diosas hasta brujas, en un equilibrio eterno entre admirarlas y temerles.
Su belleza se ha explicado incluso mediante mitos, han sido inspiración de historias temibles, alianzas demoniacas, entre otras teorías que intentan definir mediante cálculos y medidas, así como bajo la percepción de lo mágico, el efecto de mirar la estética de una mujer, pasmando y hechizando a quien intenta explicarlo. Sin embargo, en las mujeres se ha convertido en un tema muy superficial reducido a buscar la manera de parecerse a alguien al estilo maquiavélico, usando tratamientos, restricciones, castigos corporales, entre otras vías alternas que prometen llegar con rapidez a una meta: parecerse a quien admiro su belleza física sin importar que en medio del camino pierda mi propia esencia.
Mirarse al espejo puede significar un momento donde la admiración deja de priorizarse y comienza a ser una actividad de búsqueda de defectos teniendo en mente un ideal de belleza a la que se aspira, por lo tanto se comienzan a determinar todos los rasgos que no cumplen con la meta, todo lo que hay que arreglar mediante métodos eficaces; partiendo desde la medicina estética, uso de suplementos, medicamentos para la pérdida de peso acelerada omitiendo las posibles consecuencias médicas y ejercicios exhaustivos que formaran parte del modelaje al cuerpo deseado. De tal manera que el itinerario a seguir se acciona en una plena ansiedad disfrazado en el mundo actual como una falsa disciplina donde observamos a muchas mujeres realizando actividad física bajo el enfoque del odio a si mismas, rechazando el proceso natural de adaptación y control de intensidad del ejercicio lanzándose directamente a llevar a su cuerpo a un extremo para el cual nunca estuvieron preparadas.
Existe una diferencia visible entre procesos vigilados y controlados por diversos especialistas que calculan la manera de llevar un proceso bajo el paradigma del bienestar, actualmente este método ha quedado omitido por una serie de pseudo profesionales que bajo el esquema de generar sus propias ganancias económicas olvidan la fisiología humana (específicamente la femenina) y proponen métodos que no solo involucra actividad física, llegan a agregar aditivos farmacéuticos con la promesa de lograr ser alguien más sin importar su propia individualidad y minimizando al amor propio para sustituirlo por una idea falsa de empoderamiento que poco a poco absorbe la esencia natural, única y bella de cada mujer.
La divinidad se desvanece frente a la distorsión de belleza junto al intento de homologar lo femenino buscando la aprobación global mediante herramientas tecnológicas que intentan fomentar a esta actitud como una normalidad y – lo peor de todo- como un rasgo de mujer fuerte frente a la ola de fanatismo del feminismo falso. Las heridas de lo realizado aparecen en algún punto de la vida donde incluso muchas aseguran no sentir arrepentimiento y por el contrario, creen que ha valido la pena el daño y la factura llegando a casos de enfermedad (desde hipotiroidismo, diabetes tipo 1, daño hepático y renal, entre otros) con una fragilidad mental, encontrándonos entonces a mujeres que jamás volverán a verse a sí mismas frente a un espejo, encontraran la copia de alguien más, solo que vacía y sumergida en el olvido de su esencia única e irrepetible.
Mirarse al espejo y buscar solamente las fallas que creemos tener es una actividad que debe ser modificada en las futuras generaciones, debemos recordar que lo maravilloso del ser humano es tener rasgos únicos que se pueden mezclar pero no calcar brindando una serie de diferencias que nos convierte en piezas únicas; en el caso de las mujeres, jamás debemos olvidar que nuestra belleza es un aspecto divino que no se debe minimizar, es necesario observarnos reconociendo cada rasgo, todo el resultado de una naturaleza que ha sido inspiración para el arte y el amor.

No hay nada que modificar, se trata de cuidar el cuerpo y ejercitarlo desde una perspectiva de amor propio, de cuidado a la salud sin poner en riesgo la estabilidad mental ni fisiológica con el único fin de seguir siendo percibidas en el ramo de lo divino; lo inexplicable para la ciencia no debe de convertirse en fragilidad ni autodestrucción. La próxima vez que te admires frente a un espejo, reconoce tu belleza y bajo el entendimiento de ser única y hermosa, haz ejercicio, come saludable y procura tu salud solo como método de conservación de salud, no intenten perfeccionar lo que -la historia nos ha demostrado- es imposible de explicar.

*Psico nutrióloga Elsa Azucena Alfaro González

