

Galicia en dos tiempos
Las puertas a la belleza de Vigo se abrieron al caminar por el Casco Viejo, llamado también Casco Vello, debido al ancestral puerto de pescadores que en el pasado estuvo protegido por una muralla construida en 1656. Hoy Vigo sigue siendo uno de los puertos pesqueros del Atlántico más importantes y activos de Europa, tradición que se ve reflejada en sus calles y en sus esculturas en torno al mar y a la pesca, dos de las cuales llamaron mi atención.
La primera mañana, buscando dónde desayunar, me encontré con la escultura “El Sireno”, una columna rematada por un hombre mitad sireno, referente de la ciudad. La otra, muy bella y sorprendente, la encontré sobre el malecón y representa a un hombre que en lugar de piernas tiene ocho tentáculos de pulpo.
A la entrada del Casco Viejo me detuve en la primera terraza y no dudé al ver lo que la barra ofrecía, así que pedí una ración de empanada gallega —tan buena que al día siguiente repetí el desayuno—. Con el corazón contento seguí por los callejones del casco hasta llegar a la Concatedral de Santa María de Vigo. Al documentarme, supe que caminaba por lugares donde se han descubierto monumentos funerarios del periodo neolítico, que datan del año 3000 a. C. Durante este recorrido encontré dos de mis lugares favoritos: el primero, una sombrerería que ofrece 35 estilos diferentes de sombreros de distintos colores y texturas, que pude tocar, y logré controlar —no sé cómo— la tentación de comprar alguno; sin embargo, la señora que atendía me fue simpática, sobre todo cuando elogió el sombrero rojo que yo portaba —prenda que será importante en mis crónicas de Vigo—. El segundo lugar lo encontré al salir de esa tentación; en la contraesquina había una librería de viejo llamada Circular Books donde, por lo contrario, no soporté y compré un ejemplar usado de Walter Benjamin, titulado Radio Benjamin —atinadamente ilustrado por un pintor—, una compilación de las crónicas que Benjamin transmitió por radio entre 1927 y 1933.
Continué mi trayecto hacia el Mercado de la Piedra cuyas tiendas están a los costados de unas escaleras de piedra muy empinadas al final de las cuales, ya en una calle plana, escuché los sonidos producidos por unos hombres que, sobre unos estantes de hielo, abren las ostras que se ofrecen en los seis restaurantes del mercado. Aunque acababa de desayunar no me resistí a que en uno de ellos me abrieran un par. Después de ese sabor al dar vuelta a la izquierda tuve la primera vista de la Ría de Vigo, un amplio torrente que llega al Atlántico. Anduve por su ribera un buen rato hasta que la sed y el nombre del lugar me hicieron entrar a una taberna de amplias ventanas que dan a ese paisaje, La Cadiera Coctelería Gin & Bar. Tal como indicaba el lugar pedí un gin tonic y de inmediato el tabernero me puso en la mesa, a manera de tapa, una empanada de atún recién salida del horno ¡que estaba increíble! Pero las delicias de la comida gallega continuaron en un restaurante que nos habían recomendado en el hotel y donde encontré a Laura que venía de visitar su propio Vigo por la costa del mar. En ese restaurante, ubicado en la calle que lleva por nombre el de la gran escritora gallega Rosalía de Castro, probamos algo que repetimos cada vez que se nos cruzaba en los menús, uno de los platillos tradicionales de Galicia, polbo á feira (que en castellano sería pulpo a la feria)… ¡ni cómo describir sus sabores!
Después de esa comida hicimos una caminata sobre el malecón, pero provocado por el fuerte viento que tenía sus rachas y, a fin de evitar que se volara, me quité el sombrero para llevarlo en la mano junto a la bolsa con mi libro recién comprado. Mientras caminábamos, felices, sin darme cuenta, sin sentirlo, mi sombrero rojo había caído al suelo hasta que de repente a lo lejos escuchamos a una persona que, agitando mi sombrero con las manos, se dirigía a Laura: “¡Señora, perdió su sombrero!”. Regresamos a buscarlo y agradecer el hallazgo. No obstante, la historia de mi sombrero no terminó sino hasta al día siguiente.

Por la tarde Laura se fue a un tomar un café y participar en su curso en línea de Coaching internacional. Yo, por mi parte, me fui a comprar un suéter para resistir los fríos vientos gallegos. Al día siguiente, en mi recorrido, y protegido de los vientos de Vigo por mi suéter nuevo, fui a reservar en un restaurante del Mercado de la Piedra para comer ostras y después caminar una vez más por la bellísima ribera de la Ría Baixa de Vigo, pero a pesar del suéter y una chamarra, a la hora de tomar el aperitivo evité la terraza y me refugié en el interior de una pequeña taberna. Me senté en la barra, como es mi costumbre, para conversar con el tabernero que resultó ser el dueño del bar. Marcelo, una persona de plática fácil e interesante, me contó que es un migrante llegado de Argentina hace 22 años, es decir, ya es un gallego conocedor de la comida gallega y de los lugares para probarla. En esa conversación estábamos cuando entraron al bar dos personas a pedir unas cañas, una de ellas me dio una palmada en la espalda y me preguntó con acento claramente madrileño: “¿No te acuerdas de mí?”.
Sorprendido, le contesté: “Disculpa, no recuerdo” para luego hacer un chascarrillo “o dime en qué bar nos hemos visto”. Se sonrió y dijo enfáticamente: “¡Tío, yo soy quien ayer recuperó tu sombrero!”. Ante sus palabras quedé mudo por un momento y segundos después, como un reflejo, en agradecimiento le invité una cerveza. Mientras la bebía me enteré de que quien me devolvió mi sombrero rojo se llama Garrido y que estaba de visita para asistir a un festival de la Policía Nacional que se celebraría esa noche en el malecón, también me enteré de que Garrido es miembro de la policía montada que recorre el Parque del Retiro en Madrid. Él y sus compañeros pidieron tomarse una foto siempre y cuando se mostrara mi sombrero al frente. Como confesé al principio de la crónica de este viaje interminable, reafirmo que sus historias se escriben solas, que yo sólo recibo lo que sus protagonistas, los paisajes y los sabores me dictan.
Marcelo, el tabernero, muy divertido con lo que había escuchado continuó su plática para sugerir que cambiara de sitio para comer y propuso un lugar de gran tradición para los habitantes del puerto, el Rei Pescador. Tuvo además la gentileza de llamar desde su teléfono para reservar una mesa. Fue un nuevo placer recorrer las estrechas calles de piedra del Casco Viejo hasta llegar a la Alameda y buscar el restaurante, que se ubica frente a un magnífico jardín. El lugar fue un gran acierto que Laura y yo agradecimos de sólo entrar, debido a su diseño marinero y donde se podían ver los pescados, los pulpos y las ostras recién sacados del mar, colocados a la vista sobre una cama de hielo. Al instante se acercó para entregarnos el menú un hombre que representaba la tradición del lugar, con su vestimenta de corbata de moño y su trato experimentado —lo que me recordó a los viejos meseros del restaurante Prendes en el centro de la Ciudad de México, que solía visitar con mi padre—. De esa amplísima carta decidimos probar de entrantes unas navajas y unas vieiras por los increíbles y únicos sabores de estos moluscos bivalvos endémicos de los mares gallegos. El plato fuerte, que fue el último agasajo culinario de nuestra corta estancia en Vigo, lo dejamos en manos de nuestro camarero. De plato principal a Laura le sirvió un rodaballo al aceite de oliva con un toque de ajo y para El Biólogo decidió un pescado en salsa de tomate y almejas. Queridos viajeros, imaginen estos sabores y acompáñenlos con una buena copa de vino.
Con los placeres y encuentros de Vigo, por la tarde abordamos el tren que nos llevaría a las maravillas de otra ciudad impresionante. Santiago de Compostela nos espera.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Foto: Cortesía del autor

