Migración Indígena en México: una mirada crítica

Lizeth Juliana García Atra y Wilfredo Abraham Alaniz*

La migración indígena en México es un fenómeno social complejo; ha estado asociada -históricamente- a escenarios de vulnerabilidad estructural y exclusión económica; a la par, ha supuesto la reconfiguración geográfica y étnica de la región. Dicha movilización no es exclusivamente hacia el exterior (como suele pensarse), sino que se concreta a nivel interno por factores diversos: económicos, de crecimiento profesional e, incluso, climáticos.

No obstante, el grueso de la migración -en condiciones irregulares- obedece al rezago social y la alta marginación, ambas, características de las regiones indígenas; asimismo, al desempleo, los bajos ingresos y la precaria rentabilidad de la tierra (que la favorecen). El perfil sociodemográfico de los hogares indígenas en México evidencia desventajas estructurales como bajos índices de escolaridad y una carga de dependencia demográfica. Lo dicho, sin obviar factores como las actividades extractivistas, la crisis ambiental y la intervención de grupos al margen de la ley que recrudecen el desplazamiento.

Pese a la importancia que “debería” dársele a espectro poblacional -y a la triple condición de vulnerabilidad que puede presentarse: niña, indígena, migrante- y so pena de los esfuerzos emprendidos en las dimensiones institucional, legislativa y judicial, el tratamiento y solución situacional es, aún, precario; se suma el limitado acceso a beneficios económicos transfronterizos y la disminución de entrega de remesas para los indígenas (respecto a los no indígenas).

Adicionalmente, el grueso de los miembros de los pueblos indígenas se ven enfrentados, en escenarios de migración indocumentada, al racismo, la discriminación y la precariedad laboral (en consideración a su incorporación en sectores informales y de baja protección, como el trabajo doméstico y agrícola). Ahora, desde el enfoque de género, se tiene que la mayoría de las mujeres inician la migración a edades más tempranas y afrontan discriminación interseccional por su condición de mujeres, su etnicidad y lenguas originarias.

Sin embargo, pese a los fenómenos en comento, los miembros de los pueblos indígenas han forjado espacios de resistencia y adaptación, redefiniendo sus identidades étnicas y reconstruyendo la conciencia indígena (con independencia y más allá de las fronteras), creando organizaciones transnacionales con miras a pugnar por sus derechos y hacer frente a las adversidades.

Aunque aspirar a la erradicación de la migración irregular de los indígenas sería quimérico, se pone sobre la mesa algunas recomendaciones que suponen la adopción de un enfoque multisituado y crítico así como una mirada hacia políticas públicas interculturales e interseccionales que permitan, entre otros, el fortalecimiento de la prestación de servicios atravesados por la interculturalidad, dentro y fuera del territorio mexicano.

Igualmente, el impulso del desarrollo local sostenible, especialmente, en comunidades con altos índices de migración en las que debe incitarse a la generación de alternativas de empleo y bienestar con la participación horizontal de las comunidades indígenas; del mismo modo, el diseño e implementación de programas de reintegración comunitaria que atiendan, específicamente, las necesidades de los indígenas que se ven abocados a retornar.

Finalmente, debe buscarse el robustecimiento de las redes transnacionales y las organizaciones civiles que los propios migrantes (indígenas y no indígenas) han forjado, reconociendo su papel protagónico en la visibilización y atención fenoménica.

*Son profesores de posgrado en la Facultad de Derecho Acapulco de la UAGRO y la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UAEM

Foto: Universidad de Colima

La Jornada Morelos