Reconozco mi afición a los deportes. Disfruto partidos de la champions league, competencias del mundial de atletismo, de natación y de taekwondo. No me pierdo los juegos olímpicos ni el mundial de futbol. Siempre que tengo ocasión acudo al lugar de los eventos, como lo fue el mundial de clavados, celebrado en el mes de abril, en Guadalajara, o voy al estadio para disfrutar el softbol femenil. Y, por supuesto, no me perdí la serie mundial de beisbol. ¡Qué apasionante séptimo juego de la serie azulejos-dodgers! Eso cautiva al más escéptico.

Soy de los que piensan que las gestas deportivas pueden servir de ejemplo en el quehacer cotidiano. Hay características en común de los ganadores en lo individual: tenacidad, disciplina, perseverancia, fortaleza mental y apoyo familiar. Pero también se identifican las características en los logros colectivos: unión del grupo, fin común, liderazgo fuerte, esfuerzo individual al máximo a favor del equipo. Me detengo en el trabajo en equipo y lo aplico a la situación en el país.

Nadie cuestiona que seguimos en un esquema de una sociedad dividida. Persiste y se agudiza la descalificación permanente, así como la mirada sesgada y no objetiva de los problemas. No se aprecia un ejercicio objetivo de las dificultades que aquejan al país. Hay rechazo, sin más, de las críticas y opiniones del que piensa distinto. Ese problema no es exclusivo de los políticos, aunque en ellos se hace más evidente y público. Parece que el encasillamiento de personas, pensamientos y visiones impide rescatar lo bueno que pueda traer una manera diferente de ver las cosas y las propuestas que se formulan. A quienes tienen el deber de atender y resolver los problemas les gana el hígado y la cerrazón. ¿dónde queda el análisis razonado y científico?

Hay que insistir en que México es uno. Y que pertenece a todos los mexicanos. Nadie lo quiere menos, ni más. Es cierto, las dificultades son mayúsculas y la exigencia de la sociedad va in crescendo. La inseguridad es agobiante, como lo son las carencias en salud. Igual ocurre con la desconfianza en el sistema de justicia y la percepción en mucha gente de que impunidad es un cáncer al que, por razones ocultas, no se ha querido encarar con firmeza. Ante esto, es momento de plantearse si debe seguir la ruta de buscar culpables y mirar al pasado y no ver el presente. Es necesario hacer un ejercicio de autocrítica, la cual no se ve por ningún lado, en ninguno de los responsables. Se trata de enfrentar el ahora y el aquí. Es decir, responder, en serio, a lo que están viviendo las familias mexicanas en todo el país.

Para la gente, es desesperante y desilusionante que todo sea confrontación sin resultados tangibles. El circo de los legisladores abona en demasía a ese estado de ánimo social. Parece que las malas noticias son el sino nacional. Aunque se ve lejos, insisto en lo importante de buscar un acuerdo de civilidad y tolerancia. Hay que convocar a todos los actores y sectores de la sociedad. La condición única es que prevalezca el respeto mutuo y generalizado y se aporten propuestas de solución a los grandes problemas que estamos viviendo. Es necesario que las voces sean escuchadas con atención y sin prejuicios políticos. Urge recobrar el diálogo. Sería un acuerdo de corte técnico-político-social. Demos la palabra a los expertos, provengan de donde provengan.

Si los políticos y partidos quieren recobrar credibilidad autentica, es ineludible mostrar que tienen un equipo único, al que se brindan de manera incondicional. México es nuestro destino común.

Hago constar que están reflexiones no se formulan al cierre o inicio de año, sino del día después de la fiebre beisbolera. La ocasión era propicia.

* Investigador Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) / eguadarramal@gmail.com

Enrique Guadarrama López