Barreras en el acceso a atención especializada en salud mental en pueblos originarios
(Primera parte)

Gabriela Eugenia Rodríguez Ceja*

A nivel mundial se ha reconocido que quienes forman parte de los pueblos originarios tienen en promedio condiciones de salud más desfavorables que el resto de las poblaciones nacionales. Estas circunstancias se relacionan con las violencias coloniales que han afrontado a lo largo de su historia, las cuales organizan a los grupos socioculturales de manera jerárquica produciendo desigualdades y exclusiones. México no es la excepción. Diversos estudios han mostrado que los pueblos originarios han recibido las inversiones más bajas en recursos humanos, infraestructura y servicios públicos por parte del Estado; asimismo, han vivido bajo múltiples dinámicas de opresión. Estos factores han generado procesos de empobrecimiento y de marginación social, política y económica que han impactado en su salud, en los índices de morbilidad y mortalidad, en menor esperanza de vida, así como en el menor acceso a atención médica.

En el año 2017 empecé a investigar cómo han atendido sus padecimientos crónicos los integrantes de familias pertenecientes al grupo lingüístico y cultural chol que viven en el municipio fronterizo de Calakmul, en el estado de Campeche. En primera instancia me enfoqué en afecciones que la población misma ubicaba en la cabeza (jol) o la mente (peñsal). Para lograrlo platiqué con las personas enfermas cuando fue posible, y/o con sus familiares más cercanos (padres y madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas, parejas); también me permitieron acompañarlas en algunas de las consultas que realizaron con diferentes tipos de curadores. Las personas me narraron cómo se había desarrollado el padecimiento, desde su inicio hasta el momento de la conversación; también hablaron de los curadores con los que habían acudido, de los tratamientos les habían recomendado y de su eficacia. Para algunos de ellos, el problema de salud había tenido una duración de varias décadas. En su mayoría, habían acudido tanto con curadores tradicionales y populares (es decir, con especialistas rituales choles y maya peninsulares, con “espiritistas” y/o con pastores pertenecientes a iglesias no católicas), como con médicos, principalmente que ofrecen atención primaria.

Lo que pude apreciar es que, con el paso del tiempo, la ciencia médica se ha convertido en una alternativa que ha demostrado eficacia para tratar ciertas enfermedades, principalmente aquellas que se pueden resolver en las clínicas de primer nivel, con un acceso limitado a medicamentos. Esto ha ido de la mano de los programas de transferencias monetarias que se han implementado desde hace décadas en la región. Sin embargo, cuando los padecimientos demuestran ser de mayor complejidad como los aquí abordados, el panorama se complica. Muchas familias suelen acudir a una tradición de larga duración que contempla que las afecciones que tienen manifestaciones poco comunes, que impactan de modo importante en las vidas de las personas, que evolucionan en sentido negativo y para las cuales no sirven los tratamientos implementados, son males producidos de forma intencional. Una parte importante de la población cuenta con un complejo sistema de interpretación que se basa en las experiencias sensoriales, en la observación de los contenidos de los sueños, de las tensiones sociales y del entorno, ya que buscan señales que evidencien la participación de seres humanos y no humanos en la producción del daño. Estos signos suelen ser descifrados por curadores tradicionales y populares que comparten esa misma lógica interpretativa, quienes pueden concluir que el agente ha sido algún mal aire, un dueño, el espíritu de algún animal o de alguna persona finada, o alguien que hace “maldad” (tyä’läñtyel).

*Gabriela Eugenia Rodríguez Ceja. Investigadora en el Centro de Estudios Mayas, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM. gabriela.rceja@gmail.com

Viviendas en un ejido en Calakmul, Campeche. Foto tomada por la autora del texto.

La Jornada Morelos