

Alejandra Gotóo ha transitado de la espontaneidad juvenil hacia una escritura que se detiene en los detalles, que observa con paciencia. En El amor está en otra parte, cada cuento se presenta como estampa: fragmento de vida, escena que podría ser una persona, un gesto o una fractura, ¿o todo junto? Esta forma de narrar se traduce en poética donde lo aparentemente insignificante se vuelve revelador resignificando una posible ontología de quien ama y de quien se deja amar en tiempos en que Eros agoniza o es envilecido, entre otras causas, por las redes sociales.
Si el cuento es, como decía Cortázar, una fotografía del ahora, Gotóo logra capturar momentos límite que se vuelven eternos. Hay en sus textos una tensión contenida, una gota de veneno que no necesita estallar para transformar. Cada historia puede ser semilla de baobab: pequeña, pero capaz de crecer desmesuradamente en la imaginación del lector. Los vínculos que retrata —afectos que se desvanecen, pasiones que desafían al tiempo, emociones que susurran en la sombra— son tratados con sensibilidad que no busca el dramatismo, sino la verdad emocional.
La prosa de Gotóo es clara, reflexiva y cercana. No hay artificios ni ornamentos innecesarios. Hay observación, escucha, y una voluntad de entender lo humano desde sus gestos mínimos. Como bien se señala, “cada cuento es un espejo delicado”. Esa delicadeza no es fragilidad, sino precisión: una forma de mirar que ilumina lo que ocurre en los márgenes de la vida diaria.
Como lectora, como profesora, como testigo de su proceso, celebro esta obra como un punto de inflexión. El amor está en otra parte no sólo confirma la voz narrativa de Alejandra Gotóo, sino que la proyecta hacia una literatura que sabe que lo íntimo también es político, que lo cotidiano puede ser perturbador, y que el amor —en todas sus formas— siempre está en movimiento.
por sí mismo como un instante suspendido.
En El amor está en otra parte, Gotóo nos entrega pedazos de existencia: Alicia, Coral, Chela, Cristóbal, Antonio, Isadora… nombres que podrían ser cualquiera, pero que aquí se vuelven únicos por la forma en que sus amores —posibles, imposibles, abisales— se despliegan en paisajes lluviosos, en postales del alma, en la interminencia de la misma vida.

Pero hay otro amor que atraviesa el libro y que no se pronuncia: el amor a la literatura misma. Ese deseo de ser autora reconocida, de escribir desde el sueño y la llaga, esa emoción se filtra en cada página. También está el amor de la lectora, cuyo bovarismo canta en las alusiones a los clásicos, en las citas veladas o explícitas, en esa otra manera de nombrar a personajes como Lolita o los ecos de Ovidio. La intertextualidad no es aquí ornamento, sino confesión: una forma de decir “yo también he leído, yo también he amado desde los libros”. Compruebo esa erótica con la siguiente evidencia:
Cuando uno piensa que solo existe un Dios, si uno considera que solamente hay un libro sagrado, entonces mis acciones son despreciables. En cambio, si uno siente que no basta un ser omnipotente, que los libros son muchos más de los que en la vida humana se podrán leer, entonces, mis acciones no son más que intentos de crear una historia feliz.
Gotóo escribe desde la cercanía, pero también desde la conciencia de que toda escritura es un espejo roto. En sus cuentos, lo íntimo se vuelve político, lo cotidiano se vuelve símbolo, y el amor —ese que está en otra parte— porque para ser necesita no serlo, todos los amores si en verdad existen, no están en este mundo, sino en la idea del amor como absoluto peligroso. He ahí lo que la autora también comunica.
El relato más logrado, sin duda, es el de Isadora y Josué. Bien pudo ser una novela: a dos voces, muestra la imposibilidad de la comunicación, el vacío que trata de llenarse adentro sin lograrlo. Cada uno de los amantes expone una vincularidad fallida, un horizonte de espera godotesco, una insaciable necesidad del otro. Las cartas cruzadas que se envían son como flechas que van a ningún lado —o a otra parte— pero no al centro del ser de cada uno. Es relato que duele por lo que no se dice, por lo que se confiesa demasiado tarde, por lo que se grita sin ser escuchado.
Todo esto se demuestra con frases como: «Nuestros dedos quieren tocar cosas, agarrarlas hasta hacerlas suyas, pero todo se nos resbala. Tampoco vemos claramente, y puede ser por dos razones: hay demasiada luz o hay muy poca; a veces los árboles cubren toda la luz. Yo me encuentro hoy en un claro, pero aquí no hay nada más que vegetación y esa humedad que no me deja pensar. Aquí tengo luz y supongo que puedo beber agua.» En este pasaje, lo que Elena Garro o María Luisa Bombal han descrito desde la penumbra de sus sueños literarios, Gotóo intenta narrarlo desde las texturas de un realismo lúcido. Hay humedad, hay luz, hay cuerpo, pero también hay extravío. La conciencia de estar en el claro no implica claridad, sino una forma de desorientación que se vive con los sentidos abiertos.
Por último, la ruptura de la cuarta pared en el texto «Isadora o el amor absoluto es un abismo» ofrece una rica oferta metatextual en su ambigüedad y riesgo. Tal vez no era necesario llamar al lector —o sí—, pues con la presencia de Milán Kundera bastaba: esa llamada del pensamiento de la literatura como toma de conciencia de su propio discurso. La búsqueda, diría Roberto Bolaño, es lo que cuenta. Y aquí, esa puesta en abismo del deseo ciego por la letra y el narrar la fuga amorosa —un tema sin salida— convierte en centro de gravedad del libro, en una hermenéutica del deseo inmantado del análisis de la idea de quienes somos si nos atrevemos a amar.
*Escritora


