Los hombres salamandra

 

Últimamente escribo mucho sobre los hombres, y no, no es que sea mi tema favorito ni que tenga traumas sin resolver. Es, simple y llanamente, porque no están poniendo de su parte.

De verdad lo intento. Cada semana me prometo escribir sobre otra cosa, algo más ligero, más universal, más humano. Pero entonces alguna amiga o una seguidora en Instagram me cuenta una historia reciente con un prófugo del ácido fólico, uno de esos que parecen escritos por Almodóvar, y claro, tengo que documentarlo. Esto ya no es una columna semanal, es servicio a la comunidad.

Hoy quiero hablar de los hombres salamandra. Y estoy segura de que muchas sabrán enseguida de qué especie hablo.

La salamandra, el animal, es un anfibio de piel húmeda y fría, pariente de las ranas. Nace en el agua con branquias, pero al crecer desarrolla pulmones para respirar aire. Lo fascinante, y lo perturbador, es que muchas especies nunca completan su transformación y conservan las branquias toda la vida. A eso la biología lo llama neotenia. El psicólogo Dan Kiley, en cambio, lo bautizó en los años ochenta como el síndrome de Peter Pan, es decir, hombres que crecieron por fuera, pero no por dentro.

Los hombres salamandra son parecidos. Viven entre dos mundos, flotando en una adolescencia emocional que parece no tener fin. No son crueles ni villanos, solo están en pausa. Varados en una orilla que nunca se deciden a cruzar. Tienen la madurez de un adulto funcional entre semana, pero los viernes al salir del trabajo, por ahí de las 5.30 pm, vuelven a ser ese chico confundido que no sabe lo que quiere.

Son los que te hablan de relaciones modernas y te dicen que todo debe ser “50-50”, pero lo que en realidad quieren decir es que tú pagas la cena, planificas el viaje, sostienes la conversación y además entiendes sus traumas.

No prometen nada, pero dejan pistas como migas de pan. Dicen que no están listos, pero no se van. Juran que no quieren una relación, pero se quedan a dormir tres veces por semana y dejan su cepillo de dientes en tu casa. Niegan que hay algo entre los dos porque “las etiquetas son del pasado”, pero se ponen celosos si subes una foto con alguien más.

Y tú, que supuestamente ya no te chupas el dedo, pero sí te tragas migajas, crees que, si esperas un poco más, si no lo presionas, si eres paciente, un día se quedará contigo para siempre.

Porque tú no eres como las demás, ¿verdad? A todas nos seduce la idea de ser la excepción, la que logre lo que ninguna otra pudo. Creemos que, con paciencia, cariño y un toque de intuición femenina vamos a domar al hombre emocionalmente intermitente. Que, si somos lo bastante empáticas, él va a descubrir en nosotras su refugio definitivo.

Pero, alma de cántaro, lamento decirte que el hombre salamandra no está buscando una casa donde quedarse. El hombre neoténico solo quiere un escenario, y tú, sin darte cuenta, terminas siendo el público de su drama principal. No busca ser salvado, busca ser visto.
Quiere que lo escuches, que lo comprendas, que le rías los chistes tristes y le aplaudas la evolución que nunca llega, y que jamás, escúchame bien, jamás llegará.

Las salamandras, las de verdad, tienen fama de resistir el fuego sin quemarse. Por eso los alquimistas las usaban como símbolo de purificación. Pero resistir no es lo mismo que transformarse. Y eso es exactamente lo que hacen estos hombres. Sobreviven al fuego de la pasión sin dejar que el amor los toque.

He visto mujeres brillantes, fuertes, independientes, con carreras sólidas y vidas plenas, caer en las redes de un “salamandro”. No porque sean ingenuas, sino porque el hombre salamandra no se vende como galán, se ofrece como herida, como proyecto.

Y nosotras, que crecimos con las telenovelas de Televisa donde el amor todo lo cura y todo lo perdona, terminamos creyendo que sentir lástima era una forma de amar. Confundimos compasión con conexión y toxicidad con pasión. Nos acostumbramos a enamorarnos de los hombres que más necesitaban ayuda, no de los que estaban listos para amar.

A veces pienso que la peor adicción femenina no es el azúcar ni los carbohidratos, sino la fe ciega de “yo lo voy a salvar”. Pero la verdad es que nadie madura a fuerza de besos, ni de orgasmos, ni de segundas oportunidades.

No los culpo del todo. Son hijos de una generación que les exigió ser sensibles sin enseñarles a sostener su sensibilidad. Les pedimos que lloren, pero no les explicamos qué hacer después del llanto. Les dijimos que fueran vulnerables, pero no responsables. Así que sí, en parte, los criamos entre el fuego y el agua.

Pero comprenderlos no significa esperarlos, ni cuidarlos, mucho menos justificarlos. Si reconoces a uno, no intentes rescatarlo. No le des luz, ni discursos, ni tiempo. Déjalo con sus branquias, su humedad y sus excusas. No conviertas el fuego de tu amor en su hábitat.

El mundo no necesita más mártires que se queden a explicarles cómo crecer ni cómo transformarse. Necesita mujeres que sepan cuándo marcharse, que comprendan que amar no siempre es quedarse, que a veces el mayor acto de amor es cerrar la puerta con dignidad y no volver jamás a la Tierra de Nunca Jamás.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara