

El cuerpo como termómetro del planeta
Nuestros cuerpos no están diseñados para resistirlo todo sin decir nada. Cada bocanada de aire contaminado, cada golpe de calor que acelera el pulso, cada niñez vivida junto a zonas industriales deja una huella. Lo que vivimos no pasa en blanco: el cuerpo lo registra todo, y por fin, la ciencia comienza a prestarle atención.
La más reciente edición del informe Lancet Countdown muestra con contundencia cómo los efectos del cambio climático se han convertido en una crisis de salud global. Este monitoreo científico‑periodístico recoge 57 indicadores y nos avienta en la cara una verdad incómoda (de tantas): el cuerpo humano también está midiendo el calentamiento del planeta.
No es solo que los glaciares se derritan o que suba el nivel del mar. Es que respiramos peor. Nos enfermamos más. Nuestras células ya están reaccionando a lo que ocurre afuera.
Las olas de calor provocan hospitalizaciones. La contaminación del aire agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Los vectores de enfermedades tropicales se expanden hacia regiones donde antes no estaban. Cada uno de esos datos es una alerta escrita en lenguaje corporal.
Piensa en un niño cuya escuela está junto a una planta industrial. Ese niño respira dióxido de azufre, lo acumula, lo metaboliza. Su cuerpo lo guarda. O piensa en una persona mayor, caminando en la calle 42 °C porque no tiene opción de quedarse en casa ni acceso a aire acondicionado. Su temperatura se funde con la del ambiente. Y todo eso cuenta. Todo eso enferma. ¿Quién habla de ese cuerpo? ¿Quién lo mide? El informe responde: ahí están los datos. Ahora falta escucharlos.

Y las inundaciones, que cada vez son más frecuentes y extremas, también dejan marcas profundas. Sabemos que destruyen casas y arrastran pertenencias. Pero también dejan tras de sí agua contaminada, enfermedades gastrointestinales, brotes de infecciones en la piel, y sobre todo, miedo. Miedo a la próxima lluvia, a perderlo todo otra vez. Para muchas comunidades, sobre todo en zonas periféricas o sin infraestructura adecuada, cada temporada de lluvias es una amenaza directa a la salud. Lo que parece un fenómeno climático, termina siendo una experiencia corporal que persiste por meses o años.
Y aquí pasa algo que nos atraviesa: la ciencia ha tardado bastante en escuchar al cuerpo, sobre todo cuando ese cuerpo es mujer, indígena, migrante o racializado. Lo bueno de este informe es que los pone en el centro. Nos dice: lo que está pasando.
Podemos exigir que las políticas públicas de salud no solo lleguen cuando el daño ya es visible, sino que prevengan desde antes: ciudades con sombra, agua limpia, alimentos accesibles, espacios seguros. Que nuestros cuerpos no sean receptáculos de la crisis, sino instrumentos de cambio.
El cuerpo recuerda. Recuerda el humo, el calor, la incertidumbre, la desigualdad. Y la ciencia, cuando se deja atravesar, también puede recordar. También puede transformar. El Lancet Countdown es eso: una traducción urgente de datos que gritan. Nuestros cuerpos ya no pueden esperar.
Cuando escribes, respiras o simplemente estás, piensa: ¿Qué parte de mí está marcando una temperatura que nadie más ha querido leer?


