

“La relación con mi papá era difícil, tensa. Cuando iba en cuarto de primaria, tenía yo diez años, mi papá, drásticamente, me levantó la canasta:
“—De aquí en adelante, si quieres seguir viviendo en esta casa, tienes que arrimar dinero, te tienes que ganar lo que te comas, ya no estoy para mantenerte. A ver cómo le haces, pero te pones a trabajar.
“En realidad, desde que vivíamos en Temimilcingo yo me ganaba el sustento. No me sentía mantenido. Desde pequeño ayudé barriendo el patio, rozando el zacate o la hierba, cortando leña, juntando barañas para la lumbre, acarreando agua en aguantadores, haciéndola de tlacualero incluso levantando bordos y melgas para plantar arroz, dando beneficio y abonando milpas o cañas, haciendo manojos de zacate. Mis primeros centavitos me los gané en el titiche de cacahuate. Hasta llegué a tener mis ahorritos. Así de que, encantado de la vida, asumí la responsabilidad de sostenerme y ayudar a sostener la casa.
“Mi mamá me puso de puntero cinco pesos. Compré una caja de chicles. En una tarde le saqué diez pesos. Le repuse su dinero a mi madre e invertí la ganancia en más chicles, pastillas de menta, nueces, chocolates. El negocio lo fui aumentando, en menos que canta un gallo yo ya tenía un cajoncito pesado repleto de golosinas. Sábados y domingos, desde temprano, cargaba canastas en el mercado. La hice de bolero, a duras penas me cargaba el cajón. Vendí periódicos. Sacudí y barrí pelo en una peluquería, aunque no aprendí el oficio. Por lavarle el coche a la profesora Juventina me ganaba un peso. Algunas veces me empleé de mozo en casas, otras, de aseador en las oficinas del Tribunal de Superior de Justicia donde me ganaba tres pesos por jornada. Por necesidad desde mocoso aprendí a ser adulto.
“Mi madre nos mandaba a la escuela con una torta de huevo con frijoles o con chorizo y veinte centavos para una nieve o una paleta.
“Mi papá tenía sus detalles, como el de nunca faltar a los eventos donde yo participaba. A lo mejor lo hacía porque le gustaba que hablaran bien de mí. Por lo que fuera, le estaré agradecido que en ese aspecto nunca me falló.

“Cuando iba en cuarto de primaria gané el primer lugar en un concurso de composición sobre la ONU. A esa edad ya gozaba de una memoria privilegiada. Poco después, para cosechar otro primer lugar en un concurso de declamación, memoricé el famosísimo Credo de Ricardo López Méndez, aquél que al inicio de cada uno de sus doce versos dice: “México, creo en ti…”
“Cuando terminé la primaria mi papá me regaló un pantalón de vestir, compré un pastel e hice chocolate con ayuda de mi madre. Escogí de madrina a la profesora Juventina, quien me regaló una camisa y una loción. Los domingos mi madre me despertaba a las seis de la mañana para ir a misa de siete en la iglesia de Amatitlán. Los días de Semana Santa nos hacía guardar la vigilia e incluso ayunar. Nos llevaba a la visita de las siete casas. Insistió en que hiciera la primera comunión. Me condujo a la catedral. El padre Rogelio Orozco me preparó. Éste, no satisfecho con que hiciera la primera comunión, quiso meterme al seminario a estudiar para cura. A mi madre le encantó la idea. Yo me rebelé.
“Gestioné mi ingreso a la secundaria en la Anexo de la Universidad. El primer año lo hice de mañana, pero segundo y tercero los hice de tarde. Las mañanas de esa época tuve trabajos más estables, por ejemplo, fui ayudante en un taller de platería, luego entré a una imprenta, después en el semanario Saeta, donde fui todólogo, conseguía las notas y anuncios, redactaba, armaba las planas, imprimía, distribuía los ejemplares y cobraba los anuncios.
“El gusto por participar y destacar no sólo me siguió, sino que se me acentuó. Paraba oreja para enterarme de los actos oficiales que se celebraban en el Jardín de los Héroes o Plaza de Armas. Perderme uno era como no comer. Con o sin invitación, me arrimaba a los organizadores, a la caza del micrófono. Hablar en público me fascinaba.”

Foto: José Aguiilar

