Ihovan Pineda

Entre el horror, la fantasía y el misterio se mueven los cuentos de Umbral (UAM, 2024). El libro transita por los géneros especulativos y por los mundos paralelos, por todos los mundos posibles. Roberto Abad bebe de las literaturas fantásticas de los siglos XVIII y XIX. De ahí rescata la figura del monstruo clásico, aquel cuya naturaleza es hacer el mal. Si bien la imagen del monstruo ha cambiado —porque hoy tenemos otros—, no deja de ser un monstruo moderno que se apoya en la tradición.

Así, en este conjunto de cuentos se demuestra que todos llevamos un monstruo dentro; y por ello, a veces —o acaso siempre—, se relaciona con nuestros temores y con las realidades que encarnan nuestros miedos más primordiales.

En Umbral, los monstruos a veces son divertidos: como ese tumor con dientes que le extraen a una niña; o el vampiro que no se alimenta de sangre, sino de metales, de los metales que las personas llevan dentro del cuerpo; o aquel hombre que busca una casa en una dirección que no existe, en un mundo en el que él tampoco existe; o el hombre al que llaman el Brujo, por borracho, que maltrata a un perro y, al rescatarlo de una alcantarilla, descubre que no es un perro, sino un niño; o ese misionero que llega a un pueblo llamado Laureles, donde se rinde culto a una Biblia apócrifa, con niños albinos capaces de sanar y causar daño, y donde se cometen rituales sangrientos en nombre de la luz y la redención.

Umbral es cruzar esa línea entre lo real y lo irreal, entre la luz y la oscuridad, entre lo creíble y lo increíble. Según el Diccionario de la Real Academia Española, es el “paso primero y principal, o entrada de cualquier cosa”.

Se trata también de un libro-objeto, un juego que dialoga con los textos y con sus lectores (recuerdo aquí, por supuesto, algunos libros de Cortázar). Este es un libro-ouija, por su estructura y por la forma en que está diseñado. Al inicio de cada cuento, el autor —o el libro mismo— formula una pregunta; preguntas que exigen una interpretación, que generan una duda. Entre esas preguntas y la lectura sucede algo. Al respecto, Roberto Abad comenta: “Lo que intenté hacer fue emular una especie de sesión espiritista en la que yo le preguntara al libro y el libro me respondiera con cuentos”. Esto, para quienes lo sabemos —y para quienes no también—, muestra las posibilidades del libro y las nuevas formas de abordarlo, las formas en que los lectores pueden adentrarse en sus historias.

El libro está compuesto por trece (13) textos, número cabalístico, oscuro, y algo (o alguien) posee al lector y lo envuelve hasta el final. Las páginas no sólo están compuestas de letras: las acompañan símbolos e imágenes de probabilidad. En la primera, por ejemplo, un oráculo se abre, un juego de azar, que incluye a un integrante que no habita con nosotros, pero que vive de nosotros. Ahí está el horror. Ahí comienza. Y parece que no tiene fin.

Finalmente, para que se queden con esa curiosidad que inquieta más de lo que sacia —la misma que impulsa a mirar donde no deberíamos o a cruzar la puerta que intuimos peligrosa—, con esa curiosidad que también tienen los libros cuando buscan a sus lectores, estas palabras de Valeria Esparza:

“En Umbral descubrimos historias que nos poseen, que nos hacen desconocernos y cuestionarnos… con sorpresas en cada historia, pero no de las sorpresas que se dan después de partir el pastel en un cumpleaños, sino de aquellas que terminan en una cama de hospital o en una morgue”.

Pero no quiero terminar sin resaltar el cuento que más me gustó —bueno, uno de los que más me gustaron—, y que curiosamente es uno de los más breves del libro. Me refiero a “Al otro lado del sueño”, donde un personaje observa a su mujer a su lado, dormida o en coma, pero la observa desde lo que parece ser un sueño; ella no responde. Está en un lugar donde ya no hay hambre ni sed. El personaje dice que la última imagen o el último recuerdo que conserva es una discusión con su esposa. En algún momento, se sueña dormido en la cama de un hospital y se da cuenta entonces de que es ella, su mujer, quien lo cuida. Sin embargo, aun así, no lo sabemos. No sabemos quién está de qué lado. Este cuento juega con la idea de los mundos paralelos: los de la física cuántica de principios del siglo XX, los de la física moderna. Los personajes cruzan a ese otro lado desde una casa que no existe, una oscura alcantarilla, una cueva, una habitación o un sueño. En Umbral nosotros somos los monstruos. Sin duda, un merecido reconocimiento el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2025 otorgado a este libro, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana dentro de su colección Molinos de viento (2024).

*Ihovan Pineda es poeta, ensayista y profesor mexicano, Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Colima. Autor de más de siete libros de poesía, entre ellos Principios de Incertidumbre, Por las calles de L.A. y Del otro lado llegaba mi ausencia, por el que obtuvo el Premio Estatal de Poesía Manzanillo Mar Adentro 2024. Ha sido becario del FONCA y del PECDA, y su obra figura en antologías y catálogos literarios nacionales e internacionales.

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