

Cuando el conocimiento florece desde la tierra: ciencia con rostro de mujer
Tania de Jesús Adame Zambrano[1] y Denise Díaz de León Bolaños2
En las regiones rurales de Guerrero, como en gran parte del campo mexicano, la ciencia no siempre nace en los laboratorios ni en los congresos académicos. También emerge de la experiencia cotidiana, de la observación paciente del clima, del cuidado de las plantas y de la transmisión oral de los saberes que las mujeres han resguardado por generaciones. Ese conocimiento, acumulado a lo largo del tiempo, constituye una forma de ciencia viva, situada y profundamente social, aunque históricamente invisibilizada.
La Cooperativa Xochineutl es un ejemplo luminoso de cómo puede tejerse un puente entre la academia y las comunidades rurales. Este grupo de mujeres guerrerenses combina la sabiduría ancestral con herramientas técnicas aprendidas en talleres y programas universitarios de extensión, generando productos naturales a base de miel y hierbas medicinales. Cada miel o jabón que elaboran es el resultado de un proceso que articula conocimiento empírico con saber científico, demostrando que la innovación también florece en los territorios donde el trabajo colectivo sustituye a la competencia.
Desde una perspectiva académica, experiencias como la de Xochineutl permiten repensar el sentido mismo de la ciencia: ¿para quién y para qué investigamos? Las universidades que acompañan estos procesos no solo transfieren tecnología, sino que aprenden de los pueblos. En ese intercambio se produce una doble transformación: la de las comunidades, que fortalecen su autonomía económica y ambiental, y la de la ciencia, que se humaniza al reconocer su raíz social y su deber con la vida.
La Red de Productores Solidarios de Guerrero, a la que pertenece la cooperativa, encarna esa alianza entre conocimiento científico y saber popular. Allí, campesinos, artesanos y académicos construyen juntos una economía solidaria basada en la cooperación, la justicia social y el respeto a la naturaleza. Este tipo de redes demuestran que la sostenibilidad no puede reducirse a una moda o a un discurso tecnocrático, sino que debe entenderse como una práctica social guiada por la equidad y el compromiso ético con los territorios.

Las cooperativas de mujeres son hoy laboratorios sociales donde la ciencia dialoga con la vida cotidiana. En ellas, la investigación se convierte en herramienta de emancipación y la producción en acto de resistencia. Reconocerlo no solo es una cuestión de justicia, sino de futuro: la ciencia que no escucha a los pueblos pierde su sentido, y las comunidades que no se apropian del conocimiento quedan a merced de la dependencia. En las manos de las mujeres del campo, la ciencia se hace miel, semilla y esperanza.

Imagen cortesía de las autoras
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Universidad Autónoma del Estado de Guerrero/Instituto Politécnico Nacional/Red de Difusión y Divulgación de la Investigaciones en Ciencias y Humanidades (REDDICH).
2 Instituto Politécnico Nacional ↑

