


José Manuel Meneses Ramírez[1]
Esta semana ha barrido con la ficción del estado de derecho en México. En menos de siete días la fragilidad de las autoridades de nuestro país, una vez más, ha sido exhibida. La misma presidenta de la república fue acosada, en lo que ya es uno de los actos más cobardes y desagradables en contra de un presidente en plena vía pública, a escasos pasos del Palacio Nacional. Desde luego, el acto es totalmente reprobable en la dimensión personal por lo que implica la violación de la dignidad, la integridad y la intimidad de que fue víctima la titular de la presidencia de la república.
Sin embargo, hay otra dimensión que también ha sido exhibida por este acosador solitario y que nos increpa a todos, pues este acto detestable también puede verse simbólicamente, ya que hace patente la fragilidad de nuestras autoridades. Lo que se confirma en el asesinato del presidente municipal de Uruapan, una vez más, queda de manifiesto que el monopolio de la violencia (desde hace mucho tiempo) ya no le pertenece al estado mexicano, al menos no en todo el territorio, al menos no de manera constante, sino más bien por intervalos, digamos de manera intermitente y en ciertas zonas. A propósito, podemos recordar que el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana también fue blanco de un ataque armado, muy a pesar del olvido que ha envuelto la magnitud de ese lamentable hecho.
Todo esto nos lleva a plantearnos una interrogante, así como simples ciudadanos, ¿realmente nuestras autoridades tienen la capacidad de resguardarnos? Para ensayar una respuesta hobbesiana, dejemos de lado todos los bienes jurídicamente tutelados y apostemos todo por el bien supremo de la vida, es decir, como una concesión a la vulnerabilidad de nuestras autoridades y como parte de este ejercicio reflexivo tiremos por la borda la tutela estatal de nuestro patrimonio, salud y libertad, y pensemos si estas autoridades nos garantizan nuestra vida ¿Cómo podrían hacerlo si son incapaces de garantizar su propia vida?
Lo decía muy bien el filósofo de Malmesbury, en el estado de naturaleza la vida es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta (solitary, poor, nasty, brutish and short). Las estadísticas de nuestro país y la suma de diez presidentes municipales asesinados durante este sexenio así parecen confirmarlo. Sin embargo, no todo es una referencia erudita al pensador de Malmesbury, ya que la situación en México es demencialmente original, pues, así como no podemos afirmar que el estado de naturaleza en México sea absoluto, tampoco podemos decir que el estado constituido tenga el monopolio de la fuerza, al menos no como lo teorizaba el filósofo del Leviatán. Acá el estado de naturaleza se encuentra más bien atravesado, parasitando al monstruo estatal, lo que nos plantea uno de los peores escenarios posibles: cedimos nuestra libertad para crear el estado, sí, claro, el monstruo estatal existe pero ya no contiene a los criminales, por lo que no garantiza la seguridad prometida en el pacto; por el contrario, únicamente tiene la fuerza y la voluntad para fustigar a sus ciudadanos, quienes debido a esto, sufren una doble carga: la del estado y la de los grupos criminales. Dentro de este infierno meta-hobbesiano al mismo tiempo debemos vivir bajo la amenaza real, tangible y constante de la muerte violenta que, a lo largo del territorio nacional, se asoma en cada esquina, además de estar sometidos al control y la carga estatal.
Después de repasar una y otra vez los acontecimientos que nos ha dejado noviembre, no queda sino un profundo sentimiento de lástima y tristeza, claro, pues se trata de un golpe severo a ese nexo humano que al saberse vulnerado empatiza con el otro y se sumerge en el abismo de la desesperanza. Así, con ese sentimiento de lástima y tristeza recordamos las pifias del estado mexicano: ya sea en el Culiacanazo, en los horrores del rancho Izaguirre, en la reciente atrocidad de Uruapan o en la vulnerabilidad de la investidura presidencial exhibida en el corazón mismo de nuestra capital.

Después de todo esto, ¿qué nos queda? Si volvemos a las páginas del pensador inglés debemos cuidarnos las espaldas, pues en esta situación cualquiera es capaz de dar muerte a cualquiera, habitamos el páramo del bellum ómnium contra omnes. Así, plantados en un espacio público inédito, en el que convergen en amasiato la soberanía estatal y su negación manifiesta y cínica. Desde la mismísima boca del lobo únicamente nos queda recuperar los dogmas, entregarnos al llanto o recurrir al sigilo, para esperar que alguien o algo proteja a nuestras autoridades, y ojalá la suerte, la bastedad de las estadísticas o alguno de los miles de dioses que abarrotan las religiones tenga a bien resguardar a los ciudadanos en este páramo mexicano donde se escucha por todas partes: ¡sálvese quien pueda!
-
Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos. ↑

