En tiempos de incendios, sequías y guerras que no terminan, solemos explicar la migración como resultado de la pobreza o la violencia. Falta algo clave. Lo que empuja a millones no es sólo la suma de malas noticias, es la forma en que se organiza la vida en el planeta. Vivimos en un orden que necesita extraer, desechar y desplazar para mantenerse. Ese orden fabrica territorios sacrificables y también convierte cuerpos en zonas de sacrificio.

Pensemos qué significa vivir al lado de un río contaminado por la minería, trabajar cada día en campos rociados con químicos, o esperar meses en una ciudad frontera sin agua, techo ni papeles. La violencia no siempre llega en forma de balas. A veces se acumula lentamente en los pulmones, en la piel, en los riñones, en el sueño roto por la incertidumbre. Esa violencia lenta hace del cuerpo un territorio que se gasta, que se usa, que se abandona. Cuando ya no hay tierra habitable, el cuerpo se vuelve el último lugar que defender.

A nivel global se habla del Antropoceno, como si “la humanidad” fuera una sola y toda por igual responsable de romper el equilibrio de la Tierra. Pero no es lo mismo el consumo de las élites que la vida de quienes huyen. Más preciso es decirlo de otro modo. Lo que tenemos enfrente es un régimen que desde hace siglos convierte la naturaleza y el trabajo en mercancía, que expande sus fronteras extractivas y que externaliza los costos sobre los de siempre. En esa economía del desgaste, las comunidades empobrecidas, racializadas y expulsadas cargan con la factura ambiental y social.

Por eso las “zonas de sacrificio” no son accidentes geográficos. Son decisiones. Son mapas donde se concentran residuos, tóxicos, megaproyectos, desalojos. Son también fronteras que filtran, detienen y castigan para disciplinar la movilidad. El resultado es una cadena de sacrificios encadenados. Del lugar de origen a la ruta, de la ruta al trámite, del trámite al trabajo sin derechos. Cada eslabón pone algo del cuerpo y siempre deja una marca.

Miremos lo que ocurre cerca. En la frontera sur, ciudades como Tapachula se convierten en embudos de espera. La gente llega, pide, hace filas, vuelve a pedir, vuelve a esperar. La ayuda escasea, los trámites se digitalizan sin transparencia, la vida queda suspendida. No hay barrotes visibles, pero la inmovilidad funciona como castigo. El tiempo se usa como otra forma de control. La espera duele, desgasta, desespera.

Más al sur, el Tapón del Darién sintetizó la crudeza del abandono. Allí la selva impuso su ley y el Estado se retira. Quien cruza lo hace con miedo, hambre y cansancio. El territorio no está vacío, está militarizado por la indiferencia. La “estrategia” es clara. Si el camino es lo bastante peligroso, tal vez menos personas lo intenten. La muerte se vuelve mensaje político.

Y cuando la frontera por fin se cruza, el sacrificio continúa. En el Soconusco, por ejemplo, muchas mujeres centroamericanas trabajan en plantaciones bananeras y cafetaleras. Jornadas largas, salarios bajos, exposición a agrotóxicos, violencia normalizada. El cuerpo sigue pagando. La frontera es una relación de poder que te acompaña a donde vayas.

Por eso insistir en “la persona migrante como zona de sacrificio” cambia el foco. No es contar solo tragedias. Es mostrar la composición material y política de esas tragedias. Es entender que hay un diseño que expulsa del territorio y otro que, ya expulsado, te inmoviliza, te precariza, te usa. El cuerpo queda en medio. Es archivo, prueba y trinchera.

También es cierto que en medio de todo esto hay agencia. Migrar es una apuesta por la vida cuando el lugar de origen se volvió invivible. Es una decisión que reordena los mapas, que inventa rutas, que teje redes. No romantiza, pero tampoco reduce a víctima. La movilidad puede ser un gesto político que reclama el derecho a habitar el mundo de otro modo.

¿Qué hacer desde aquí? Primero, nombrar bien. No es “crisis migratoria” a secas, es crisis de un modelo que sacrifica territorios y cuerpos para sostener privilegios. Segundo, conectar luchas. Justicia climática sin justicia migrante se queda corta. Tercero, cambiar el lente en la política pública. No basta con abrir albergues o agilizar ventanillas si el resto de las decisiones empuja a la gente al borde. Hay que frenar proyectos que expulsan, prohibir la exposición tóxica que enferma, garantizar estatus y derechos laborales donde ya están trabajando, desmontar las “estrategias” fronterizas que administran el sufrimiento.

Y algo más. Necesitamos una cartografía del cuidado. Una que parta del cuerpo-territorio y siga los hilos que conectan selvas, desiertos, plantaciones, puertos, ciudades. Esa cartografía sirve para ver quién paga el costo de la electricidad que consumimos, del alimento que comemos, del cemento que construye nuestras casas. Sirve para no repetir la mentira de que todos contaminamos igual, de que todos huimos por lo mismo, de que las fronteras protegen a todos por igual.

Cuando entendemos que la persona migrante es tratada como zona de sacrificio, cambia la pregunta. Ya no es cómo “contener” la migración. Es qué vidas y qué territorios estamos permitiendo que se consuman para que el sistema siga igual. Si la respuesta es “los de siempre”, entonces la agenda urgente no es la del control, es la de la reparación, el cuidado y la redistribución del daño. Porque ningún cuerpo debería ser el último territorio que nos quede. Porque ningún territorio debería sostener el bienestar de otros a costa de su propia vida.

*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Foto: UdeG

Víctor Villarreal Cabello