

Una política editorial horriblemente mala de tan arrogante
Durante siglos, las mujeres firmamos como “Anónimo”. Nos fue prohibida la lectura, la escritura y, claro, la publicación. Y ahora, en pleno 2025, con una presidenta al mando y una historia entera detrás de nosotras, vuelve a ocurrir un hecho lamentable.
Sí, ya sé, usted dirá que han pasado semanas desde que Paco Ignacio Taibo II decidió hablar con la lengua llena de polvo patriarcal. Perdón por llegar tarde, pero algunas heridas se sienten en la memoria histórica del género, no en la inmediatez del trending topic.
Debe ser agotador pertenecer a esa corriente de pensamiento horriblemente mala. Cargar con tanto ego, tanta nostalgia de revolución perdida y tanto machismo de cantina disfrazado de sabiduría popular. Desde su trinchera de tinta y saliva, el autoproclamado defensor de “la cultura del pueblo” vuelve a recordarnos que el problema no es la falta de lecturas, sino que algunos hombres siguen creyendo que la cultura es suya por decreto, que pueden seguir confundiendo el micrófono con un acto fálico.
Ya lo había demostrado hace años, cuando entre risas celebró su nombramiento en el Fondo de Cultura Económica con aquella joya de prepotencia: “Se las metimos dobladas, camaradas.” ¿Camaradas? Más bien manada. Aquella frase, que a muchos les pareció pintoresca, es la metáfora perfecta del poder masculino en acción, un acto de penetración simbólica, de apropiación y de desprecio.
Y lo confirma cada vez que abre la boca. Ahora, desde su pedestal institucional, el señor Taibo ha decidido que “lo mejor de la literatura latinoamericana” cabe en una lista de 27 libros donde solo siete son autoras mujeres. Veinte hombres, veinte egos, veinte micrófonos repartiéndose la palabra como quien reparte territorios conquistados.
Lo que Taibo no entiende —ni le interesa entender— es que el desprecio por el trabajo de las mujeres no es cultura, es patriarcado con presupuesto público.
Aún tuvo el descaro de lamentarse porque las y los jóvenes “ya no leen el boom latinoamericano”. Quizá no lo leen, y qué alivio. Tal vez porque hemos aprendido que la genialidad no redime la violencia. Que detrás de muchos de esos próceres de la pluma hubo manos que golpearon, cuerpos que violentaron y obras robadas o plagiadas.

Y luego vino la frase, la que duele más que un golpe en el orgullo colectivo:
“Un poemario escrito por una mujer horriblemente malo no merece ser mandado a una biblioteca.”
Eso no es crítica literaria es misoginia encuadernada en pasta dura, con olor a cigarro rancio y tinta vencida. La suya es la voz de los clubes de caballeros que confunden el talento con los privilegios, que aún creen que las mujeres somos un subgénero de la humanidad y, por tanto, un subgénero literario.
Mientras tanto, allá afuera, el mundo cambió.
El 51% de la población joven en México son mujeres: lectoras, autoras, editoras, gestoras culturales. Mujeres que no esperan permiso de ningún patriarca para leer, escribir o decidir qué libros merecen ser guardados. Son ellas las que leen a las que narran el cuerpo, la rabia, el duelo y la memoria. A las que escriben desde las heridas del feminicidio, desde la orfandad de las desaparecidas, desde la precariedad que ni las izquierdas han querido mirar de frente. Ellas están narrando este país, el del miedo y el silencio, el de las que siguen buscando a sus desaparecidas.
Y una no puede evitar preguntarse: ¿qué espera que le respondamos, Taibo?
¿Un aplauso?, ¿O un premio por sostener con tanta coherencia la desigualdad cultural que tanto daño nos ha hecho? Le respondo que; su frase no es una anécdota: es un síntoma.
Un síntoma del sistema literario que todavía decide quién merece ser leído y quién no, quién existe y quién se borra.
Lo triste o lo cómico, según su humor de martes, es que la familia Taibo ha vivido del presupuesto público casi tanto como de su retórica de “rebeldía”. Porque el lenguaje que elige, la forma en que reparte el canon y su modo de hablar de las mujeres dicen más de sus arraigos misóginos que de sus lecturas. Revelan que, incluso en tiempos de transformación, algunos hombres de izquierda siguen creyendo que el feminismo es una molestia, y no la verdadera vanguardia ética y cultural de este siglo.
Quizá sería hora de callar un poco, señor Taibo. De escuchar lo que tantas mujeres llevamos siglos diciendo entre dientes, con miedo o con rabia, pero diciendo al fin. O de sentarse, sí, pero con cuidado. No vaya a ser que, en su prisa por sentirse defensor de “la cultura del pueblo”, termine acomodándose junto a los mismos camaradas que aplauden y respaldan aquello de “se las metimos dobladas”.
Porque una cosa es jugar a la irreverencia y otra muy distinta es quedar atrapado en su propio chiste. Y mire, con tanto ego y tan poco pudor, no vaya a ser que esta vez el que salga lastimado sea usted.

Paco Ignacio Taibo II. Foto: Roberto García Ortiz / La Jornada Archivo

