La muerte vedada

 

Como sabemos, en nuestra cultura, el mes de noviembre se identifica con la muerte, tema por lo demás ambivalente y polisémico. En un muy interesante trabajo de investigación sobre la muerte, el historiador francés Philippe Ariès (1914-1984) presentó su resultado en una serie de conferencias para la Johns Hopkins University, de Estados Unidos. Dichas conferencias, sumadas a una serie de artículos escritos previamente sobre el tema, resultaron en la publicación, en 1975, del libro “Historia de la Muerte en Occidente: de la Edad Media hasta nuestros días”.

La reflexión sobre el tema la hace desde distintas disciplinas, como la historia, la etnología y la antropología cultural, y da cuenta del cambio gradual sobre la concepción y comportamiento frente a la muerte, en lo que respecta a Europa y Estados Unidos de América, desde la visión familiar y “domesticada” del mundo medieval, hasta la visión más moderna que trata de evadir el hecho.

El autor busca explicarse el porqué tardó quince años investigando y reflexionando sobre el tema, y señala que la razón más profunda de ello es la naturaleza metafísica de la muerte, y la inacabable dinámica de preguntar y responder.

Confiesa que le impresionaban ver cada noviembre los peregrinajes que conducían a los cementerios, tanto en las ciudades, como en el campo. “Me pregunté de dónde venía esa piedad. ¿De la noche de los tiempos? ¿Era la continuidad ininterrumpida de las religiones funerarias de la Antigüedad pagana?”.

Este fenómeno lo llevó a investigar sobre la historia de los grandes cementerios urbanos y todo lo que les rodea, sobre los servicios religiosos y las comitivas fúnebres, sobre las relaciones con la familia, el clero y las cofradías, y sobre lo reflejado en los testamentos. Recurrió también a fuentes literarias, arqueológicas y litúrgicas.

Rescato ahora algunos hallazgos vertidos en la Segunda Parte del libro citado (Itinerarios 1966-1975), en el artículo denominado “La muerte invertida. El cambio en las actitudes frente a la muerte en las sociedades occidentales (1967)”. Trata el tema de cómo al moribundo se le priva de la muerte. Señala que uno de los rasgos extraños, pero significativos de nuestro tiempo es el contraste, entre lo prolijo de la “muerte libresca”, y la forma vergonzosa y silenciada con la que se trata a la muerte real. Todavía, hasta el siglo XIX, y desde luego en un tipo y forma de muerte, se le concedía al moribundo el papel protagónico, en preparación para la muerte. El sacerdote estaba presente, pero era uno más en el ritual de despedida. El moribundo sabía cómo conducirse, por haber sido testigo en situaciones semejantes. Daba órdenes y recomendaciones, se despedía, pedía perdón, y daba la bendición.

Hoy en día, por el contrario, señala que no queda clara la noción de lo que corresponde hacer al moribundo, y se ha perdido la solemnidad pública que tenía ese hecho. En el siglo XX, al enfermo se le trata como un menor de edad. El cónyuge o la familia le privan el derecho de conocer, preparar y organizar su muerte. “La muerte de hoy en día es una comedia -siempre dramática-donde uno representa el papel del que no sabe que va a morirse”. La sociedad moderna priva al hombre de su muerte, y sólo se la devuelve, si no la utiliza para perturbar a los vivos. Prohíbe a los vivos mostrarse conmovidos por la muerte, y no les permite llorar y mostrar que extrañan a los difuntos.

Concluye el autor, que “los cambios del hombre frente a la muerte, o bien son muy lentos en sí mismos, o bien se sitúan entre largos períodos de inmovilidad. Los contemporáneos no los advierten, por cuanto el tiempo que los separa supera el de varias generaciones y excede la capacidad de la memoria colectiva.”

Como ya mencioné, esta investigación histórica fue hecha en el contexto europeo y en el de Estados Unidos, y cubre hasta los inicios de la segunda parte del siglo XX. Gira alrededor del cambio de visiones, actitudes y acciones frente a la muerte de los demás, a la muerte de uno mismo, y a lo que hemos llegado que es a lo que el autor llama “la muerte vedada”.

Es desde luego una visión eurocéntrica que habría que contrastar con la visión de los actuales pueblos originarios latinoamericanos y de otros lugares que fueron sujetos de conquista y sometidos al coloniaje, para ver cuánto de ella fue asimilado, en las diversas subculturas que componen las sociedades pluriétnicas.

Específicamente me pregunto, cuál es nuestra visión actual frente a la muerte de otros, cuando conocemos el gran número de muertos causados por el impune genocidio cometido en Gaza por los gobiernos anglosajones y sionistas, con la complicidad de los patéticos gobernantes europeos. Al igual, frente a la innecesaria muerte de miles de personas, debido a la artificial guerra provocada y sostenida por los mismos líderes occidentales en Ucrania.

¿En qué medida esta sinrazón modifica la visión de nuestra propia muerte? ¿La significamos o la resignificamos en alguna forma? ¿En qué medida, si alguna, está modificando nuestra manera de estar en la vida?

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Imagen evocadora sobre la muerte con un fondo oscuro y una figura etérea.

Imagen cortesía del autor

Vicente Arredondo Ramírez