

Octubre se fue. Lo despedí disparando con la mano a la media sonrisa de luna que asomaba por la ventana de mi apartamento. Bang Bang.
Hace días que una gata negra, con un cuello color café, ronda afuera de la casa.
¿Qué pasa conmigo y los gatos últimamente? Me siento muy conectado con ellos. Parece que, tanto a ellos como a mí, nos gusta la libertad y la ausencia de un dueño. Aunque, de vez en cuando, busquemos desesperadamente un par de mimos… ¿qué se le va a hacer?
—A ella la vamos a llamar Bruma —me dijo D.
“La vamos”, dijo, y en esa forma de hablar me hizo parte de su mundo. Me volví cómplice de sus acciones. La vamos a nombrar Bruma.
Me pregunto si yo hago lo mismo con ella. ¿Hablaré del mismo modo?
Ayer fue mi cumpleaños. Esta vez no tuve ganas de organizar el jaleo de una reunión. El año pasado fue diferente, lo celebré en casa de Lalo: una fiesta alegre, llena de amigos, que terminó en mi bar favorito. Pero este año mi batería estaba en rojo, agotada.

Me siento como uno de esos pájaros que recoge las alas y mete el pico para quedarse un rato consigo mismo. Me gustaría imaginarme como un zanate: nada especial, solo un pájaro astuto de plumas negras, con reflejos azulados y morados.
“Ese cansancio emocional viene de la contención, lo sé”…
Hace unos días viví un episodio doloroso. ¿Cómo se protege, más allá de las paredes y de los brazos, a quienes amas? La verdad es que no se puede. Cada quien vive su vida, camina sus calles, y tú andas las tuyas. Lo peor es no saber cuándo un imbécil decidirá hacer daño.
“Voy a besar cada una de tus heridas”, le dije, mientras apartaba su ropa, y empuñaba una ira que me quemaba el cuerpo. Pude sostener eso un par de días, conteniendo. Después simplemente salí a correr por horas y horas. Mi terapeuta me dijo que tiendo a hacer eso, que hay un término para describirlo: adjudicarme la cura, la responsabilidad de sanar a los otros y después —solo después— a mí mismo. Aunque esta vez quedé totalmente deshecho.
Por eso quizá ahora mis alas me pertenecen.
Las aves negras rozan el pico por cada una de sus plumas para limpiarlas y repartir aceites: hacen lo necesario para dejarlas listas para volar de nuevo.
Pronto estaré listo para andar de nuevo, pienso. Para emprender el vuelo.
“Hay cosas que tengo que hacer”, me digo, y me levanto del mismo sillón donde en medio del llanto la abracé sin saber qué hacer.
Sin saber qué hacer.


