

¿Puede un museo transformarnos?
*María Olivera
He tratado de pensar en la primera vez que entré –o que recuerdo haber entrado– a un museo, en la impresión que me causó, en cómo sentí ese encuentro con piezas sobre pedestales y un límite de proximidad determinado por una figura de autoridad. Probablemente pasé de largo frente a muchas cosas, no leí los textos de sala ni reparé en las fichas técnicas. Seguramente sólo escuchaba una voz que me decía: aquí no se corre, no te acerques tanto, cuidado por donde caminas. Ahora, claro, entendería que esa voz es el acompañamiento de lxs custodixs quienes nos ayudan a relacionarnos con las piezas desde el cuidado y la atención necesaria, que aquello que a veces se siente como una prohibición es en realidad una invitación para entender cómo se mueve nuestro cuerpo en el espacio y de qué manera este vaivén va creando un diálogo con las obras expuestas.
Cuando entramos a una sala de exhibición solemos hacerlo con la expectativa de ver y recibir información, ya sea en los códigos o lenguajes de la pintura, la escultura, la instalación o la performance, por ejemplo, y en ese sentido la atención está puesta en los estímulos externos, pero muchas veces olvidamos que la manera en que nos relacionamos físicamente con el espacio y sus lógicas va determinando el tipo de vínculo que establecemos con las instituciones culturales, por eso me animo a pensar que nuestro cuerpo es el primer territorio de conocimiento en un museo. Quizá por ello –y con mayor énfasis en los últimos años– se ha insistido tanto en repensar las curadurías en relación a las necesidades de sus públicos desde una mirada más incluyente, hacia las infancias, hacia las personas con capacidades diferentes, hacia los grupos, etcétera.
Históricamente, muchos museos han sido vitrinas del poder colonial, patriarcal y bélico, y nuestros cuerpos –especialmente el de las mujeres, personas no binarias, racializadas y de las minorías–, han sido expuestos a estos mismos parámetros. Por eso, reconocer cómo habitamos los espacios destinados a la cultura y sociedad y cómo pensamos en nuestros movimientos en la sala, puede ser otra manera de reescribir la historia del arte y hacernos de estos espacios como propios pues el museo finalmente existe por y para su comunidad.
Actualmente nos encontramos con más prácticas curatoriales que buscan incluir a las comunidades, reinterpretar colecciones con perspectiva de género, decolonial o antirracista, o abrir el espacio museístico al debate y la experiencia viva. Estos gestos no sólo transforman la institución desde dentro sino que también nos invitan a imaginar una relación distinta con la cultura. ¿Y si el museo no fuera un lugar donde simplemente aprendemos cosas, sino uno donde nos involucramos, donde imaginamos futuros posibles, donde podemos desobedecer miradas impuestas? ¿Qué pasaría si, en lugar de ver al visitante como un sujeto pasivo, lo pensáramos como un agente capaz de intervenir, reinterpretar o incluso incomodar la narrativa oficial?

Habitar un museo implica un diálogo entre nuestro cuerpo, el espacio y la historia que ahí se expone. Si entendemos el museo no sólo como un contenedor de objetos, sino como un territorio vivo, entonces nuestra presencia adquiere otro sentido. En ese gesto cotidiano –caminar, detenerse, observar, cuestionar– se manifiesta una posibilidad de cambio. Las nuevas prácticas curatoriales que buscan incluir, decolonizar o repensar la relación entre institución y público nos invitan a imaginar museos más humanos, más abiertos y sensibles. Tal vez el verdadero aprendizaje ocurre cuando comprendemos que cada cuerpo, con su historia y su mirada, también puede ser un vehículo para repensar los límites del discurso. Fue Wittgenstein quien dijo “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, y hoy agregaría: los límites de mis movimientos en la sala son los límites de mi relación con el mundo.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

Foto: Cortesía de la autora

