A/

No hay un lugar

El cura de Los Mangos, el presidente municipal de San Miguel de Afuera, los editorialistas de La Voz de la Costa, unas chilangas que estaban indignadas porque «el Ser» les parecía una imposición machista y los representantes de una sociedad de poetas de la isla que veían con alarma la facilidad del marinero para citar versos ajenos, protestaron por el hecho de que su vaga doctrina fuera vertida desde una cantina.

—El conocimiento —respondió el marinero desde la barra, cuando se lo contaron— no está atado a ningún lugar. Si la enseñanza es torpe, sucia, mentirosa y criminal, si busca dinero y poder, así lo será aunque se exponga en una catedral. El desprendimiento, el cuidado del prójimo, la unidad con el Ser tienen el valor más alto aunque se enseñen en una cantina.

—En cualquier sitio —dicen que dijo luego, pues le pareció que no estaba completo lo que había dicho—, lo que más estorba al conocimiento verdadero, a la unidad con el Ser, es creer que uno decide, que uno se acerca al Ser, que uno tiene importancia. El sabio sabe que es sólo un testigo y no el autor de lo que sucede. Por eso vive en paz. Cuando se aprende que el cuerpo y el espíritu son una misma cosa, todas esas pretensiones de ser el autor, de ser quien sufre o quien goza, ya no importan. A partir de ese momento, los dolores y los placeres dejan de atormentarnos.

—¿Y cómo sabré quién es de veras un sabio? —preguntó el carnicero.

—El sabio —dicen que dijo después el marinero se comporta como un niño. Vive siempre en el presente. El niño puede estar contento y un minuto después estalla en llanto; no se aferra a nada. Apenas termina de hacer algo, apenas le sucede cualquier cosa, en seguida lo olvida; la felicidad y el pesar desaparecen como si nunca hubieran existido. El niño no se molesta por el pasado ni se preocupa por el futuro. El sabio se comporta como niño y es feliz porque es libre.

B/

Lo que no se compra

Apenas aquellos forasteros llegaron a San Miguel de Afuera, se supo que venían a contratar al marinero para que hablara en El Casino, en la capital del estado. El sostuvo su negativa, aunque la oferta creció en un cero.

—El dinero —dijo— hace falta, pero no compra lo que en verdad importa. Compra un velero, pero no el conocimiento para navegarlo; compra un lápiz, pero no la habilidad para dibujar; compra libros, pero no la sabiduría. La capacidad de navegar, dibujar o saber se ganan con el tiempo. Mis palabras podrán comprarse, pero no el conocimiento verdadero, que es la experiencia del Ser. Los libros santos ni la palabra justa ni las buenas compañías son suficientes. Además, hace falta la experiencia. Si no sigues el camino, de nada sirve conocerlo.

—Para ser útil, la experiencia —dijo al día siguiente— exige que haya fe, sinceridad y disciplina para dominar los sentidos y la mente, y además buscar al Ser. Exige tu esfuerzo, pero el esfuerzo es vano sin la gracia del Ser. Hay que esforzarse sin sentirse orgulloso del esfuerzo, porque allí donde hay soberbia la gracia no tiene lugar.

—¿Como sabes que estás esforzándote? —preguntó el carnicero.

—Lo único que está a tu alcance es la disciplina: las buenas obras, buscar la Palabra, poner tu mente en blanco.

Poco después llegó a la cantina un forastero que se decía poeta. De pie frente a los parroquianos, hablaba de atardeceres y olas que reventaban en los acantilados; cuando terminó, le aplaudieron y le ofrecieron ron.

Entonces el marinero habló de su vida. De que no siempre conseguía embarcarse, del dinero que le hacía falta, de la pesca del tiburón. Y a medida que hablaba comenzó a balancearse y sus palabras traían el estruendo y el olor del mar y no se detuvo hasta que el forastero se sintió mareado y tuvo que recostarse en una banca.

—Tus palabras son hermosas —le dijo el marinero—, pero les falta el conocimiento verdadero, la experiencia.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido