

Memorias desde lo pictórico
*María Olivera
Hace unos años hice una encuesta en Twitter (ahora X) sobre el peso de las mudanzas y en ella preguntaba si era más complicado cargar con los sentimientos o con los libros; las personas que votaron –románticxs en su mayoría, al parecer– eligieron los sentimientos en un 57% sobre 43% de los libros. La segunda encuesta que hice fue sobre aquello que nos hacía sentirnos en casa después de mudarnos; las opciones eran las plantas o los cuadros. En esta encuesta ganaron los cuadros, como si el gesto de perforar los muros implicara atrevernos a habitar un espacio con más certezas.
De este lado de la vida, por su parte, Manuela G. Romo inauguró una exposición titulada “Afectos propagándose en los pasillos de mi memoria” en la galería del Centro Morelense de las Artes (CMA) y la experiencia que atraviesa la muestra tiene que ver justamente con las mudanzas, pero también con la construcción de espacios emocionales y físicos en donde sucede nuestro cotidiano: la representación de la casa, las escaleras y los cuartos desde perspectivas abstractas que desdibujan los límites de las habitaciones. En la muestra hay una colección de memorias creadas a partir de los espacios y su transformación sutil pero certera, ya sea por la manera en la que los atraviesa la luz o por la relación que mantiene la artista con estas imágenes. Hay piezas de 2013 a 2023, diez años de insistencia en el tema y en el oficio, diez años de crear un lenguaje pictórico que va de la geometría a lo abstracto y de regreso.
Tras visitar la exposición, recordé un texto que escribí en las mismas fechas en que hice las encuestas y que justamente hablaba sobre mi experiencia con las mudanzas, de cómo pasé de rentar una habitación propia, muy a la Virginia Woolf, a un espacio en pareja donde la relación y el contrato de renta terminaron al mismo tiempo, también cómo, después de esa experiencia, había prometido no volver a mudarme, dejar de comprar libros, no poner clavos ni hacerme de más plantas y cómo, en contraste y naturalmente, volví a guardar los libros en maletas y mochilas, volví a cuidar plantas y volví a poner cuadros en otros espacios.
Manuela G. Romo comentó mientras visitábamos la exposición que ella no solía hacer bocetos pero que estas piezas habían sido para ella un ejercicio de memoria para recrear los espacios en los que había vivido. En esta colección de obras destacan motivos como rejas y escaleras que encontramos constantemente en su trabajo acompañadas de perspectivas que muchas veces dan la sensación de que podrían continuar fuera de su cuadro. Creo que la concepción de los espacios resignificados como propios comparten mucho la relación que establecemos con el arte: hacernos de recuerdos y resonar con ellos en la pintura, por ejemplo, implica poner nuestra sensibilidad al encuentro de la obra y viceversa, que la obra alcance nuestros recuerdos.

En la exposición de Manuela, además, hay un cuidadoso diálogo con el espacio de exposición no sólo por el montaje de la obra sino por el texto de sala, a cargo de Héctor Julián Coronado, que aparece en los muros de la galería como un ejercicio de poesía expandida. A la obra le debemos la perspectiva y al texto la línea de horizonte. La muestra me hizo pensar en la manera en la que vamos adaptando un espacio cuando nos mudamos y también cuando creamos curadurías en ellos: el clavar o no clavar cuadros en las paredes define la relación que tenemos con los tiempos y las permanencias y, al final del día, todo está íntimamente ligado con los afectos.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.


Fotos: Cortesía de la autora

